jueves, 26 de julio de 2012

Visitas ciertas (ciertas visitas)



Abrí los ojos, como para salirme un rato de mí, y ahí estaba.


Le faltaban los dientes o algo porque daba la sensación de incompleto. Quizá fueran las piernas. Sí, habrán sido las piernas aunque yo, de tan dormida, no tuviera más que una leve sensación de ausencia.
Me senté en la cama para entender lo que estaba viendo. El frío de las cuatro de la mañana me subió apurado por la columna hasta la nuca y el cuerpo se me sacudió torpemente. Fue entonces cuando supe definitivamente que ya no dormía y que al frente tenía un fantasma o su intención mirándome impaciente, como si no tuviera tiempo para perder.


A esa hora y por esos días, cualquier cosa me hubiera parecido normal, corriente y hasta simpática. Salirme de la rutina había sido mi manera de lidiar con los días y hacerlos más habitables. Comparado con los vuelos de siesta, los dragones que se comieron mis mandarinas, el desdoblamiento que me había permitido tomarme un vino en un bouchon de Lyon y un asado en la casa de mis amigos aquí a la vuelta, esto era una tontera. Habiendo vivido y sobrevivido a todo eso, un fantasma desvelado a los pies de mi cama en día de semana no era nada del otro mundo.
Me refregué los ojos, di un bostezo de esos en los que cabe un planeta y alguna que otra estrella circundante, y lo miré esperando que me contara qué hacía ahí.


Lo que dijo exactamente no lo recuerdo. Ocurre que hablaba con la voz profunda de los fantasmas que bien podrían haber sido (o quizá lo fueron en tiempos pretéritos) cantantes de tango arrabalero. Una voz que, demás de acunarme, me paseaba un poco por mundos igual de roncos y profundos. 
Cuando pude salir de su voz de cosas hondas, empecé a escuchar lo que venía adentro de ella y supe enseguida que éste era un fantasma del reproche. Venía a ocupar el lugar de mi madre que no se dedicaba a la tarea desde la vez en que, con todos mis 21 años encima, le dije que todo lo que me pasara de allí en más sería culpa mía y sólo mía y que ya tendría tiempo yo solita para regañarme, ponerme en penitencia y hasta cachetearme si hiciera falta. 
Mi mamá entendió el mensaje y se dedicó a morderse los dedos cada vez que tenía que verme dar un paso en falso. Y ahora, por esas cosas de la vida, una noche cualquiera de invierno, me iba yo a cruzar con un fantasma con la voz de Goyeneche que llegaba para señalarme con el dedo como si tal cosa.


Mientras se fumaba unos Parisiennes llenando mi pieza de un humo que hacía sombras divertidas en la pared, como de jirafas y nubes con forma de nube, me disparaba a quemarropa unas cuantas verdades que iba sacando de una bandolera verde-agua.
Me sacudió de palabras, eso hizo, y yo no supe cómo atajarme (sabrán ustedes, las palabras cuando van al cuerpo y con violencia, cortan rápida e imperceptiblemente, como el papel del que en el fondo están hechas todas ellas).
Me dijo que hago mal lo que hago, que no aprendo las cosas en las que ya bien podría doctorarme, que esas medias ya se me están rompiendo en los talones y que debería mejorar mis hábitos de estudio.
Con la soltura que le diera probablemente su condición de fantasma incorpóreo (nadie puede, a pesar de todo el odio que lo invada, intentar siquiera darle un tincazo a un personaje de esos, pensaba yo), vino a contarme las cosas que siento, a hacer gárgaras con mis lágrimas, y a dibujarme muecas en la cara como a los payasos. Se dedicó a hacer la limpieza de mi habitación, a guardar y a descartar, a contarme chistes y a cantarme baladas tristísimas; en fin, a hacer de mi ánimo la montaña rusa que hacen de su vida los más perdidos.
Eso sí, me aclaró, él venía con las mejores intenciones: este vaivén de puteadas y caricias madrugadoras, no buscaba más que mi propio bienestar.
- Yo soy un buen tipo - me dijo de pronto.- Míreme. Un tipo transparente.
Efectivamente, cualquiera podía ver a través suyo como por un espejo tembleque, líquido y claro.
- Yo no miento, no me deja el cuerpo...O, lo que sea que tenga por cuerpo. Yo no puedo más que decir verdades. Me llaman las ventanas de madrugada, una racha de viento, no sé. Se corta algo que ata el reloj a las horas, y, sin entender porqué, alguna cosa me hace aterrizar en habitaciones como la suya. Vengo a decir la verdad. 
Le dije que era una dura tarea la suya, y que, seguramente, no debía de ser muy bien recibido en la mayoría de los casos. 
Me lo confirmó mostrándome unos rayones como caladuras en su transparencia líquida y de espejo, eran las cicatrices que le dejaran los violentos embates de aquellos que no habían estado muy cómodos con sus verdades (entonces, concluí, también los fantasmas transparentes se lastimaban: pretender la inmunidad en esta vida era una ilusión o un delirio, y yo ya estaba lejos de llevarme bien con ninguna de las dos).


Me dio un poco de pena y bajé la cabeza, resignada a la guillotina de cosas ciertas que tendría para soltarme encima. Pero las que siguieron no me hicieron doler ni me desordenaron el horizonte. 
Más tranquilo, y muy sentado sobre mi mesita de luz, me dijo cosas hermosas, con su mano izquierda en alto y la derecha sobre el pecho, como dando su palabra de transparencia cierta.
Fue entonces cuando hizo aparecer desde su boca las estrellas que se me fueron a pegar al techo, como precarias lucecitas navideñas intermitentes, a punto de apagarse. Habló de lo que se inventa y lo que late, y me sopló un par de claves para musicar tanta cosa que vive en el aire. Describió la exacta trayectoria de una risa y con un hilo que nunca vi, y que empezó a estirar con sumo cuidado como un gigante que maniobra con una miniatura, enganchó de un anzuelo la comisura de mis labios y tiró hasta que me reí grande y con dolor de panza.
Todo eso también era cierto. Y los abrazos que me dibujó como siluetas que me envolvieron para hacer de la noche helada, el mediodía de un septiembre. Y las canciones que desempolvó y fue colgando sobre mi cama, como un móvil bailarín sobre mi cabeza, para que no quisiera olvidarme yo de que ahí vivirían siempre, arriba de mis ojos, a la orilla de todos mis días.


- La verdad es una cosa sencilla. Es el elefante que tiene frente a sus ojos y no sabe ver. Es el árbol del que usted sólo ve la sombra. Está bien cuidarse el corazón, pero la verdad es también que el corazón es un descuido y si no anduviese por ahí, desnudo y loco de remate, nadie querría tener nada que ver con él.
Dicho esto levantó la vista hacia mí y con una sonrisa de media boca, me invitó a ver a través de su cuerpo de espejo de agua. Adentro vi un par de anhelos y otros tantos secretos. Vi algo que se parecía al futuro pintado en acuarela, las canciones que aún no he planeado siquiera, detalles de dedos que no conozco. Vi las fallas del próximo poema, el lugar de mi imaginación en donde haré agua, una promesa demorada, el final de muchos finales y una noche para hacer de tripas corazón y estampidas de lo que nos regale la luna y su inverso.
Adentro, o a través, del fantasma vi lo mejor del día, las cosas que no se tocan, un nombre desacomodando el mío, distrayéndome las sílabas, enseñándome el color de los colores, el mejor refugio y la vida de rodillas sucias y sonrisa manchada de chocolate, como nos gusta a los dos.
A través del fantasma vi el porvenir secreto que sólo sabe él y algunos pajaritos mañaneros. Vi lo perdido y lo que hay por hallar y, en las cuentas, ningún número rojo. 
- De borrones improlijos están llenas las hojas de todo el mundo - dijo apagando en un torbellino nuboso su proyección de futuro.- ¿Cuál será la caligrafía que los disimule? He ahí la cuestión.


Fue entonces que quise ser fantasma también, para abrazarlo.Su transparencia me hacía temblar, tintineaban cascabeles en mis tobillos, vibraba otra vez mi infancia aplastada por cada día de hoy, rompían las olas de todas las penas y el mundo parecía recién pintado.
Quise abrazarlo pero no pude. En cambio, nos quedamos fumando Parisiennes hasta la madrugada (yo un poco ahogada porque el negro nunca me encantó)contándonos mentiras que ya ninguno se creía y sintiendo que, de tanto ventilarlas, ya casi que nos estábamos volviendo cosmonautas de lo cierto.


Cuando se despidió, dejó escapar un papelito por el bolsillo de mi pijama. Lo leí mucho más tarde, cuando me despertó el mediodía.
Arriba de un borrón y con una caligrafía tan bonita como el espejo en la panza de un fantasma, decía: 
''...No se vaya a dejar olvidada una verdad en la punta de su nariz...''

Me reí como si su hilo invisible todavía me inventara la sonrisa y me lavé la cara, el rumbo y la noche de encima.


Balada Para un Loco by El polaco Goyeneche on Grooveshark




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