martes, 24 de julio de 2012

Lo (in)útil



- A ver, ¿quién quiere contestar? Levanten la mano.


Nunca nadie la levantaba. Todas bajábamos la cabeza esperando, con cierta resignación, no ser la elegida a dedo.
Esa tarde fui yo la afortunada.
- Bueno, a ver, usted... ¿cómo era su nombre?
Se lo recordé.
- Cierto, sí ¿Y cómo se pronuncia eso? ¿Como una jota o como una ge-u?
Le dije que como ninguna de las dos y se lo volví a pronunciar.
- Ah, pero se escribe...?
- La primera con jota, la segunda con ge.
- Ah, claro...porque ¿de qué origen es?
- Francés.
- Ah, sí, sí.
(Nunca supe a qué iba a esa pregunta de los orígenes: si uno desconoce el idioma de origen, preguntar por él no puede servir como dato para la pronunciación. En todo caso, no es más que un dato curioso).
- Bueno, entonces dígame, señorita (aquí mi apellido otra vez mal dicho)...¿para qué piensa usted que sirve la literatura?
A mí me gustaba mucho leer, desde siempre. Pero no tenía la menor idea de cómo responder a esa pregunta. ''¿Para qué sirve?''. Nadie sabía eso. Un sacacorchos sirve (para sacar corchos), un guante, una soga, un paquete de arroz. Todas esas cosas sirven para algo. La literatura no abría botellas, ni tapaba el frío, ni ataba ni daba de comer.
- ¿Cómo que 'para qué sirve'? - pregunté un poco para ver si me lo aclaraba y, otro, para ganarme algo más de tiempo.
- Para qué sirve, cuál es su utilidad, qué proporciona...Vamos, no me va a decir que no se le hace evidente...


Me acordé de la vez que le había escrito un cuento a mi mamá. En verdad era una especie de micro-relato de cinco líneas en letra de carta gigante sobre un puercoespín que pinchaba sin querer a un conejo y después de pedirle perdón se hacían amigos para siempre. Yo tenía siete años y quería que mi mamá me perdonase por haberle roto de una corrida un jarrón viejísimo que tenía en el comedor. El cuento me trajo su abrazo y su perdón también (tan enojada no habrá estado, ahora que lo pienso), para eso me había servido. Pero, ¿quién podría decir que el cuento de una nena de siete años sobre conejos y puercoespines ('cuerpoespin' en mi relato) tenía algo que ver con la literatura de la que hablaba mi profesora casi diez años más tarde?


Mientras la profesora sermoneaba al resto del curso por mi falta de una respuesta decidida y el casi nulo entusiasmo general del aula, yo seguía dando vueltas en utilidades y literaturas.
Hacía unos pocos veranos un libro me había quitado el sueño. Me escondía del sol de enero para que todo eso siguiera ocurriendo adentro mío. Los personajes me hablaban a mí, sus penas me sangraban como raspones en las rodillas. En casa creían que estaba anémica, o deprimida de puro adolescente que era. Pero yo estaba pisando otras nubes, viviendo en otra parte, y no quería que nadie me molestase. Ese libro, seguramente mucho más 'literatura' que mi cuento del puercoespín, me había servido para sobrevivir a un verano de esos en que hay que crecer de golpe.
Sin embargo, tampoco pensé que ésa fuera la respuesta esperada.


Lo último que me vino a la cabeza fue un episodio de hacía unos días atrás. Una compañera me había pedido una carta. Se había cansado de escribir un nombre dentro de un corazón en todas las hojas de su cuaderno, y quería hacérselo saber al dueño del nombre, que andaba por ahí, ajeno a los litros de tinta que mi amiga gastaba en él.
Ella se había declarado incompetente y pretendía que fuera yo la que le escribiera todas esas cosas que a ella se le desbordaban pero no sabía decir. Quería que yo le tradujera el sentimiento, que de mí salieran las verdades de su amor de tan pocas palabras, su amor sin dobleces ni abecedarios. 
Entonces yo había escrito una carta de un amor que no conocía, como si eso poco importara, como si el amor fuera un asunto de todos y entregarse a él en unas cuantas letras, el destino de cualquier mortal. También el mío, la mano que escribía unas promesas que probablemente también estaría feliz de cumplir cuando le llegara el momento.
No pude saber bien si había funcionado o cuánto, pero esas últimas tardes después del envío, yo había creído descubrir en mi compañera unos ojos de brillo nuevo. Y quizás los vi de la mano, unos días después. 
No, no era literatura mi carta de amor, que era la suya en realidad. Pero, de haberlo sido, para eso servía: para el brillo nuevo y para andar de la mano.


La profesora terminó de perder la paciencia.
- Bueno, entonces (aquí mi apellido otra vez mal pronunciado), ¡¿para qué sirve la literatura?!
- Para nada...No sirve para nada, profesora.


Un par de años después de ese 1 en literatura, me inscribí en la carrera de letras. 
Quería que alguien ahí adentro me contestara la pregunta que en cuarto año me dejó pensando. 
Al cabo de varios entendí que no iba a saber nunca si tenía una o cuál era esa utilidad. 
Me bastó saber que a mí me había servido para un perdón, para salvar un verano, y para enamorar.
Y así de inútil, la quise más.

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