sábado, 21 de julio de 2012
Un montón de días
Se desataron ciclones hacia el norte, y los cordones de mis zapatillas hacia el sur, haciéndome perder el equilibrio.
De jeta al piso, conocí todos los huequitos de las baldosas en donde iba amontonándose la tierra que nos sacudíamos de encima los descorazonados.
Mientras, la guitarra me puchereaba que volviera a sus cuerdas, porque así son ellas, cuando no las atraviesa una canción se humedecen y no hay madera que aguante: se pudren de silencio, las cosas empiezan a darles igual, y ahí se queda todo, detenido. Así es ella de musical y de frágil. No sé yo a quién salió.
Viró de rumbo la sangre, crucé un par de puentes, quise llorar a la orilla de unas vías con nostalgia de andenes y, secos, se me partieron los labios, para avisarme que asomaba julio, el mes que duele amanecer.
El frío me sopló un par de secretos. Si usted tiene miedo de enfriarse, me dijo, tenga siempre a mano un fuego o, mejor, un fuego en las manos. Un fuego para quemar las naves y para ser otro desde las cenizas.
El frío y yo nos entendemos: nunca pasa de mi piel, ni aún cuando se pone intratable en lo peor de la estación. Hay otros fríos mucho más crueles que nada tienen que ver con el invierno, y esos llegan hasta los huesos. Contra esos nada puedo hacer, y nada hago.
Con tanto frío, y sangre, y amanecer lastimado y ciclones, no me di cuenta de dar vuelta el reloj de arena.
Me distrajo el invierno, la punta helada de mi nariz, y este tener que aprenderme otra vez una confianza, un buen deseo y otro color.
Anoche, volví a encontrar el reloj de arena, mezclado entre olvidos. Vi un montón de días, todos apretados ahí abajo, con la arena de todos los desiertos.
Y también vi arriba, vacío de arena y de días, el aire suspendido, el aparente vacío. Es el tiempo que espera a que lo de vuelta para pasar.
Pensé en el montón de días, la pena y la gloria, las emociones paseando en boomerang, mi sonrisa que es a veces un gajo en mandarina a la hora del sol más fuerte, la tos que me sacude el sueño.
A veces todo se cifra en un montón de días que van a amontonarse al final de un reloj de arena.
Eso pensé. Entonces lo di vuelta. Y suspiré.
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1 comentario:
A veces, a pesar de que sea pleno invierno, descubrimos un nuevo color que nos inspira buenos deseos y cierta confianza.
Me gustò tu espacio, un saludo.
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