jueves, 19 de julio de 2012

Supersticiones


Suspendida entre la razón y la intuición, entre el análisis y la manchanchi, siempre he vivido intentando el equilibrio entre las leyes prácticas del mundo y las misteriosas fuerzas que juegan con él a la generala.


Se me ríen todos, los amigos, los amantes, los casi desconocidos confianzudos y hasta con sorna. Ellos dicen que la superstición es cosa de ficciones y defienden la lógica de siglos de tradición occidental. Y es que, todos ellos son personas bien plantadas en la tierra, muchachos de mundo, señoritas universitarias, un poco como una se quiere pensar que es. Y un poco lo soy. Y un poco no. 
Porque a mí también me atraviesa el costado extraño de las cosas, lo que queda pendiendo como un móvil desprolijo de los sucesos del mundo. Hay historias a las que no puedo hacerles la radiografía y giros que me mueven el norte. Hay en la vida cosas que me hacen dudar hasta de las líneas de mi mano y pensar en que el mundo a veces se mueve solito con sus planes y, otras, nos da un codazo, para que le demos una mano y desempatemos su indecisión de futuros.

Por eso levanto siempre los pies cuando viajo en colectivo sobre las vías de un tren, mientras aprieto un puño y pienso fuerte en un nombre y un momento.
Evito las escaleras abiertas, guardo boletos capicúas como si fueran estampitas de santos en mi billetera, y los días 13 ni me caso ni me embarco ni de mi casa me aparto.
Aún flotando en sueños, siempre me aseguro de que el primer pie que asome al día sea el derecho, y me cuido de no derrochar la sal ni pasarla de mano en mano, porque dicen que eso aleja a la gente. 
Llevo unos ojos azul celestes atados a una muñeca, y las semillitas rojas y negras de huayruro en la otra, para cuidarme el corazón y el camino que haya por delante.


Todo lo hago por las dudas. Todo por si acaso y porque porqué no. Por el respeto a lo desconocido, por lo que duerme detrás de todo lo que vemos, porque creo en la voz de mis muertos y su revancha de estar vivos habitándome los espacios que a simple vista parecen vacíos. Y porque hay tanto que 'me late', que me suena a verdad irrefutable sin que pueda inventarle una razón más o menos convincente para que me la quieran creer.


No hay nada que explicar, y las discusiones con amigos, amantes y casi desconocidos confianzudos y hasta con sorna, nunca llegan a ninguna parte. Ellos dicen que mi superstición es un error y yo les contesto que, si lo fuera, no me cuesta nada. Ellos dicen que no me garantiza nada, y yo les digo que no lo sé: que quizá sí, que tal vez no, que quién podría decirlo. Y que si fuera un partido de fútbol todos trataríamos de evitar meter la mano, no sea que nos cobren penal; y que todos trataríamos de cabecear un centro, no vaya a ser que sea el gol glorioso del tiempo suplementario, el gol de oro, el definitivo.


Mi lógica no es ninguna. Ésa es la verdad.
Es sólo que una vez, boleto capicúa en mano, por ir pensando en mi azar desordenado, pisé sin querer el talón de tus zapatillas, y fue ese día algo así como un complot de estrellas torpemente alineadas.
Y es también que otra vez, se abrió sin querer ese paraguas negro dentro del living, y nunca más, por ninguna calle, nos volvimos a ver.

Creer o reventar. Yo todavía me prefiero entera.

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