domingo, 22 de enero de 2012

Una víbora a flor de piel


'...Pero se destruye cuando llego a su estómago y planteo con un verso una verdad...'




No se sabe cómo entró una víbora de esas a una reunión de tanta gente. Pero ahí estaba.
Y ella parecía ser la única preocupada porque anduviera por ahí, tan suelta.
Quizás porque la única descalza era ella, y en eso no había nada muy raro: era su costumbre sacarse el calzado casi apenas llegar a un lugar.


Cuando la vio tan cerca de sus pies, se aterrorizó. Nunca había visto una víbora así.
Era de color rosa, como si la piel tan característica de estos bichos le estuviera cambiando y se encontrara, en ese momento, sin nada que cubriese la carne. Estaba casi segura de que así no era la mudanza de piel de una serpiente, que nunca podían quedar en un estado como ese, ni aún temporalmente. Pero en ese momento sólo pensaba en cómo cuidarse los pies.


Como si oliera el miedo, la víbora se quedaba siempre a su lado. Amenazante. En posición de ataque. O eso era lo que ella sentía. 
Cuando se permitía mirarla sin que los nervios la vencieran, encontraba marcas en esa piel rosada. Marcas redondas y negras, manchas como de quemadura, ardientes, como de estaqueadas de fuego.
Tal vez por eso se movía más lento. Pero se movía.
La seguía por las habitaciones de la casa: era imposible voltear y que no estuviera ya allí, junto a sus pies.
No trataba de atacarla, pero ella sabía que era inminente, que sus pies descalzos corrían peligro...¡¿Por qué nadie más estaba asustado?! ¿Por qué él, a su lado, la miraba con tanta tranquilidad, como si encontrar una víbora lastimada fuera lo más común del mundo?


Una serpiente desnuda, despojada hasta de su piel, lastimada, debería ser inofensiva.
Tal vez lo era. Pero su fama la precedía. Dicen que traiciona, que suelta la lengua y habla por hablar. Dicen que, como la justicia (y como tantas otras cosas) muerde sólo a los descalzos, a los indefensos.


Ella también quería sentir la paz de estar a salvo. Y bailar, como el resto de la fiesta.
Y caminar descalza sin miedo a que la mordiera una víbora maltratada.


Justo cuando empezó a pelearle a su cabeza por quedarse quieta, amaneció y enero se hizo insoportable desde la ventana. Se buscó los pies por mordeduras, a ver si encontraba el lugar exacto en que había perdido esa batalla. Pero no había nada.


Las víboras que nos persiguen en sueños tienen otros venenos. Nacen de venenos viejos, sepultados, de esos que dan miedo de sólo pensarlos.


Ella soñó una víbora. Y soñó el miedo de vivir descalza.

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