jueves, 20 de agosto de 2009
Por lo bajo
Por lo bajo empiezo la canción
y me acuerdo que abajo de todo está el sitio
donde resistimos a todas las bombas
de la duda y el temor.
Bajito, casi en secreto
te regalo mi voz, y con ella los duendes
el color, los guiños, las palabras
que disfrazan el amor.
Desde abajo hicimos crecer este sueño:
nos gastamos el día en el último intento
y del naufragio quedaron mareas y tiempo
que arrastraron los malos restos.
Dormimos subterráneos destierros
y de un fuerte grito quebramos el cielo
hermoso de estrellas y soles tempranos
desde aquí abajo.
Nos tocamos por debajo de la ropa
la piel, y en el fondo del pecho asustado
suena un corazón agitado
latiendo bajo.
Por lo bajo estuve llamándote un rato
como si este eco quebrara el espacio,
como si la flor hiciera primavera
y bajo una excusa y un cielo volvieras.
lunes, 10 de agosto de 2009
Cosas que no sé (mi problema)
No escribo de cosas que no sé. Ése es mi problema.
No escribo tu nombre.
No escribo tu casa, tus cosas desordenadas, tus huecos de tiempo, el lugar que te hacés para llorar.
No escribo tu voz, cómo podría, si no tengo ni un color para pintar mis sílabas, si no hay cómo seguirla en la oscuridad, cómo sacudirle los silencios.
No te escribo ni una carta, no me sale. No sé decir lo que no sé, imaginar un destinatario antes de mis dos puntos, soltar al viento palabras boomerang que terminen aquí, conmigo otra vez. No puedo con la correspondencia no correspondida, qué torpeza la mía.
No escribo lo que sentiste, no sé cómo agarrarlo y hacerlo tinta sin que se me haga agua y se resbale de mis manos.
No escribo que también lamentaste tanto desencuentro. Ojalá lo supiera para hacerlo letra y pasar en limpio esta historia, volverla quizá una canción que pidan siempre los tristes en sus peores momentos.
Intentaría borradores con todo lo que nadie me asegura: yo, por mí, lo haría.
Pero serían los tachones más largos e inútiles que queden dando vuelta sin gracia ni remedio.
No escribo tus fronteras, o el número donde encontrarte en horario de trabajo. No escribo recuerdos que no guardo, memorias que no pasan de un deseo o la voluntad (a dientes y puños apretados) de que alguna vez sean ciertas.
¿Cómo hago yo para escribir cosas bonitas sin saber cuáles te pueden, a vos? ¿De dónde saco la poesía? ¿Cuál es la lengua que hay que conocer para hablarte a vos, justo a vos?
Todavía no encuentro los mapas de donde iremos a parar, ni me marcan los relojes las horas que querré guardar. No se me ocurren rincones donde rastrearte ni promesas con qué tentarte: no tengo idea de lo que buscás y no puedo ayudarte a acortar camino.
Otro sería el cuento de conocer todo eso.
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De amores y desamores,
Palabras sobre palabras
Vuelta al mundo
De vuelta de la vuelta al mundo, allá donde la altura es sacar la lengua y no mirar hacia abajo, supe con seguridad que me había enamorado. Hay besos que no saben decir otra cosa, los del sin lugar a dudas, y aquél había sido de esos.
Ocurre con las historias de amor que todos pueden decir, con estruendosa seguridad, dónde terminan pero nadie es capaz de arriesgar un comienzo, el momento de dar el brazo a torcer o de dejarse torcer y entregarse a lo que tenga que venir.
En mi caso fue claro: el principio fue esa vuelta al mundo herrumbrada de algún parque berreta que se instaló por dos o tres semanas en la ciudad. No sé si estábamos en invierno, pero hacía calor (cerca de los besos siempre hace calor) y yo había anotado la fecha para no olvidármela cuando tocara recontar. Creo que tuvo la distinguida suerte de ir a parar al basurero un día de urgente y descuidada limpieza general de mi cuarto, y la fecha se hizo olvido, trágico destino de los números fríos que parecen querer salvarse diciendo "somos la memoria de algo más que un número". Y no, en realidad, no.
El caso es que era amor, repartido, repatriado luego de los peores exilios, los más sonoros fracasos. Era amor como para hacer dulce, amor de sobra que no sirve más que para el derroche, amor a la manchanchi, para atajar en el aire y soplarlo al mundo para no ser mezquinos.
Amor amordazado, desamorado, amoratado; amor atado al fino hilo de los eventos, de los días con sus años.
Amor de esos en que la ciudad podría ser cualquiera y se echa a perder el calendario, que decide no tirar sus hojas y detenerse a mirarnos pasar.
Y cómo pasamos... borrachos y abrazados, a carcajadas y en pedazos, desarmados de noches y de resabios de las cosas que ya no estaban más. Pasamos hasta en los sueños, llenos de papel picado, hechos de carnaval y buenos augurios, de cabeza y pies decalzos. Pasamos y allí nos quisimos quedar.
Después dicen que fue el verano, pero yo me lo perdí: estaba agarrada a un final que olvidaría años después, convirtiéndome en la excepción a la regla, guardando para mí sólo el buen comienzo, el beso, el calor y las alturas: el día que di la vuelta al mundo de un beso y supe, quebrada de luz, que algo de todo eso quería decir amor.

lunes, 3 de agosto de 2009
Del azul
Del azul vienen naciendo las cosas.
De un color inventado para llenar un vacío y hacerlo profundo.
Tenía que ser azul, cósmico y hermoso, el lugar donde se hundieran los planetas como bolillas petroleras de colección.
Al azul fueron a parar todas las luces. Y del azul salieron para quebrar los intentos de nocturnidad, y a sus nocturnos, seres azules por antonomasia, alados de sombras.
Del azul, un engaño, un tono sobrio de disimular tristezas, como si el dolor no estrujara la azul entraña, rota en colores sin brillo.
Sale fuego del azul destrozado, mata con roja precisión. Y es el color de la luna cuando nadie la ve, azulada luna de las cosas escondidas, las más hermosas jamás descubiertas.
Después de la vida, o entre medio de ella, vendrán azules a buscarnos y a quedarse. En Darío, en ciertas desarmadoras miradas o en florcitas silvestres que se llaman contra el olvido y lo que venga detrás.

sábado, 1 de agosto de 2009
Poema de empezar a irse
Me voy a abrir puertas.
Y a cerrarlas.
A abrir unas y a cerrar otras,
como hacen los enamorados
y los psicólogo-dependientes.
Y a cerrarlas.
A abrir unas y a cerrar otras,
como hacen los enamorados
y los psicólogo-dependientes.
Voy a llevarme colgadas algunas cuantas verdades,
y también las mentiras que tanto me ha costado
aprender a mentir.
y también las mentiras que tanto me ha costado
aprender a mentir.
y canciones de sonar a la siesta,
y el beso que rompe,
de momento,
el impulso de estar bien.
Voy a romper el silencio
y en el punto de partida
a decirte que debiéramos esperarnos siempre,
que la vida está soplada de tiempo,
de olas que no rompen y vidrios frágiles
que no se quiebran
ni con tu amor más impreciso.
Voy a volar apretando las muelas,
pensando que el cielo es siempre el mismo
y que abajo me esperan sucursales de este mismo abrazo,
almohadas que estrenar soñando el día de mañana,
como ha sido siempre
que estuvimos vivos.
pensando que el cielo es siempre el mismo
y que abajo me esperan sucursales de este mismo abrazo,
almohadas que estrenar soñando el día de mañana,
como ha sido siempre
que estuvimos vivos.
y a perfumar los aires extranjeros
de este color local, algo como naranjas
y zambas distraídas.
Voy a aprender a cantar otros sonidos
y a no dejar que se desafine el mío,
para que suene como a llamada de ultramar
y vengan flotando las voces
que me dejé en la ciudad.
y a no dejar que se desafine el mío,
para que suene como a llamada de ultramar
y vengan flotando las voces
que me dejé en la ciudad.
Me voy a que el mundo se llame en otro idioma
y a putear en el de siempre
porque el odio el amor y se hacen siempre
de la lengua de donde
es oriundo el corazón.
Voy a extrañar con la piel y todos los huesos
el espacio que tanto me costó llamar mío,
tanto tiempo, tanta gente, tantas palabras,
todas enormes, bajo la lupa del exilio.
Un exilio buscado y encontrado,
uno que pide pista de ida y vuelta.
Me voy a ver si volver es como el tangoy a putear en el de siempre
porque el odio el amor y se hacen siempre
de la lengua de donde
es oriundo el corazón.
Voy a extrañar con la piel y todos los huesos
el espacio que tanto me costó llamar mío,
tanto tiempo, tanta gente, tantas palabras,
todas enormes, bajo la lupa del exilio.
Un exilio buscado y encontrado,
uno que pide pista de ida y vuelta.
y el soplo que es la vida
me oxigena el alma
los años
y la voz.
viernes, 10 de julio de 2009
La misma canción
A los amigos musicales, musicales amigos
¿A dónde tiene que llegar la canción? Y, más importante, ¿de dónde tiene que salir?¿Qué hay en juego mientras todo eso pasa? ¿Cuántas cosas se revuelven y salen del pecho? ¿Cuántas se acomodan adentro y ahí se quedan a vivir?
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.
Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.
¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?
Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.
Todo es cuestión de encontrar otra vez la misma canción. Esa que perdimos no sé dónde, en qué vuelta desorientada, en qué vórtice de la mala memoria. Esa que ya casi no llamamos.
Pero yo la quisiera de vuelta. El día que fuera, yo quisiera que volviera, sin apuro y sola la canción.
La misma canción de siempre, la de los tropiezos más dulces, la que hice sin saber escribir, la misma que da vida y te la quita en menos de un estribillo y sin razón.
Quisiera que volviese la canción enamorada o el amor hecho canción, que es casi lo mismo.
La canción que nos hace parte de lo mismo, la marea interminable que nos arrima a las mismas costas de siempre. La que nos dice que hay que aprovechar el mismo latido y latir con él, acomodándonos a su ritmo, bailando con él.
No es mucho lo que pido, es apenas un visto bueno, una luz de faro viejo y gastado, pero una luz…una misma y vieja canción.
La canción que soñábamos en la escuela, cuando solamente queríamos cantar…y cantar las cosas que no nos animábamos a hablar, como si la canción tuviera algo de máscara y de espejo, como si fuera una musical manera de decir la verdad (y será que siempre fue un tanto así).
La canción que no afinaba con nada, que solita se bastaba para armar el mundo de un verso y soplarlo en medio compás. La de mis amigos y sus secretos, la de todo lo que nos divertimos y lo que dejamos escapar.
La canción que nos quedó del derrumbe, la que pedimos prestada y rompimos sin querer. La que adoptamos con inocencia, con ilusión y hoy se nos va, crecida, dejándonos el nido vacío.
La canción rompecabezas, con su pieza secreta durmiendo perdida bajo tu cama.
La canción vagabunda, sin asidero, la que acampa en los zaguanes y suena más bonito cada vez que toma de más.
La canción inundada pero sin ganas de llorar.
La canción desvelada que se queda despierta para oírte llegar.
La canción paracaídas que nos salva del suelo y de golpe, la que nos mantiene en vuelo, siempre a la altura de nuestros ojos.
La canción de los intentos, la que se pone a hombros el mundo y su paz, y de tanto peso se cae, pero siempre vuelve a andar.
La canción que rompe a llorar y se hace querer por frágil, por sensible y porque como esa ya no hay.
La canción que todo lo mira, la que quiere llevarse con ella a toda la ciudad. La verborrágica, la que nunca habla por hablar.
La canción que nos reúne, que nos cose a todos a la misma estrella, la que nos encuentra en las razones y en los enviones, en los pasados golpeados y en los futuros necesarios que nos habremos de inventar.
La canción que se renueva, que es una sola y un millón: que volverá en muchas voces a alargarnos la voz, la que va a llenar de flores las calles que hace rato queremos caminar.
La canción del amor por la canción, la del lugar menos pensado, la que nunca acaba de empezar. La que nos vuelve de fondo en todos los sueños, la que remueve los recuerdos y vaticina otro final. La que nos ha visto llorar y, desde entonces, no nos deja de abrazar.
La canción que cantan nuestros muertos, la que nos quisieron enseñar. La canción que duerme cerca de tu oído y es a veces una nana, y es a veces un beso de los buenos días que te ayuda a despertar.
La canción que siempre se canta al revés, la que suena torcida, tan parecida a tantas cosas que mejor no enderezar.
La canción que se lee en los ojos, la que llega por correo atada a un ramito de azahares, de azares. La que tenemos a mano, en la mesita de luz, en los bolsillos, en tus manos que no se van.
La canción envalentonada, la que va al choque y a veces sale perdiendo pero nunca del todo, porque no hay quien la sepa callar. También la tímida, la del bajo perfil, la que nos dice por lo bajo lo que sabe mejor.
La canción de las ventanas y las puertas, a saber, la canción-escapatoria, la que queda en el horizonte y tiene todos los nombres.
La canción que empaña los vidrios, la que se llueve y de tanto hacer agua, tanto más se hace querer.
La que nos falta para empezar a creer, la canción-amuleto, la que juega a las escondidas para dejarse encontrar.
La canción que vimos en una vidriera y no llegamos con las monedas a comprar, la que después encontramos tirada una medianoche en la puerta del bar. Porque todo vuelve y la canción también. Porque es leve, porque se deja llevar. Porque vive cerca de tu casa, que es tan cerca de tu entraña, que es tan cerca de mí. Porque es toda ella lo mejor de cada intención, de cada estación, lo mejor de lo que nos queda.
Esta canción, la de siempre, es el atajo hasta donde no acertamos nunca a llegar. Es el lugar de los primeros besos y del grito pelado, de la bronca y la sencilla ternura, del clavel y el fusil.
¿Qué fue de toda esa canción? ¿Qué se hizo de esa canción solita que tan bien recuerdo yo?
¿De dónde nos sacamos tanta cosa encancionada?
¿Dónde pudimos guardar, en cuál melodía, en qué voz, tanto de corazón?
¿Cómo es que alcanzaron las palabras y los ritmos para hacerla sonar? ¿Cómo fue que fuimos tan torpes de dejarla ir?
Que vuelva. Que vuelva esa canción, la misma canción.
Que vuelva y se nos haga aire, que nos hinche de orgullo, que se ponga cómoda y como en su casa, y se aguante este tiempo que no puede más que cambiar.
Que vuelva y se deje acariciar.
Aquí la espero, ya la conozco. No dudaré al verla llegar.
lunes, 6 de julio de 2009
Historias con barbijo I
Nos enamoramos en lo que fue un ejercicio de la imaginación: tuvimos que adivinarnos las bocas detrás de los barbijos protectores, esos que sólo se los habíamos visto a los cirujanos de ER, y ahora llevaban todos, como un ultimísimo grito de la moda, y que salían convenientemente, el triple de lo que habían costado siempre. Pero no importaba: las sonrisas también se dibujan en los ojos y a mí, dentro de todo, me convenía para disimular la chuequera de mi boca cuando se pone nerviosa.
Tuvimos que aprender a tocarnos estratégicamente, a recorrernos con tacto precavido, con afecto desinfectado (no desafectado). Nos acariciamos con palabras ante el menor signo de un resfrío, y anticipábamos la fiebre con otras calenturas.
Y nos frotamos con alcohol en gel y nos soñamos despiertos, mientras dura la cuarentena y no queda otra que cambiar la vida por el tele, el té con limón y miel y los paños tibios.
Qué duro querernos en la enfermedad, hoy que se apaga y se guarda la ciudad. Nos cansamos de las salas de espera y pasamos directamente a la terapia intensiva: pacientes de riesgo de todo esto que no terminamos de entender. Por algo hay tanto escrito sobre el amor y la enfermedad. Será eso del contagio y el peligro, o la verdad universal de que es tan amargo el jarabe que lo cura, que preferimos soportar estóicamente el dolor agridulce, con diagnóstico reservado y bastante poco alentador.
A veces me parece que te trajo todo este apocalipsis, que viniste a ponerlo todo de cabeza, que es como decir que viniste a ser noticia, a dejar huella y también a asustar, claro, porqué no. Un susto que acelera el pecho y baja las defensas, con vos no sirve la inmunidad y una se deja caer en cama sin temer arrepentirse luego por su mala salud.
Un amor pandémico el nuestro, que va globalizándose porque hicimos que se enteren todos, de acá hasta Japón, de cómo nos conocimos y de lo contagiados sin remedio que ya estamos (con el agua hasta el pupo y chapoteando de gusto).Yo sé, que la lluvia y la peste siempre se terminan. Yo sé. Pero quizá cuando todo pase aprenda mi cuerpo a convivir con ciertos virus, y cambie el signo y te hagas parte de mi metabolismo y no haya que temer otra recaída. Quizá. Cuando todo pase.
Mientras tanto, alguien deberá ir escribiendo sobre el amor en los tiempos de la gripe A. Otra página en la historia de la literatura. Y del amor, claro.

A Ceci, que se la vio venir... ("...Próximamente: historia de amor entre dos barbijos'...")
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