lunes, 4 de mayo de 2009

Desgajando otra espera


Qué duras tus costuras, los huecos por donde siempre hacés agua. Qué duro que sabiendo que es una locura te vuelva a esperar.
Y que otra vez resten las horas todo lo que se hacía extrañar. Y que otra vez sume motivos el desencanto, que se queda como una pelusa, pegada a las esquinas más sucias, de tan olvidadas, del corazón. Y otra vez duele, pero de otra forma, nunca verte llegar. Duele adivinarte, mirá qué cosa, como una pitonisa que ve la muerte en la mano de quien había querido querer, ya hace tanto que, quién sabe, quizá ya no valga de nada.

Qué jodido que haya dejado de correr el viento que te arrastra y te hace remolino donde no pueda sufrirte yo. Y qué jodido que la que solía llevarte de mascarón de proa, siempre tan cerca del pecho, sea la misma que se decida a quemar las naves y la misma que, por fin, se quede a morir con el barco, la capitana en su naufragio, igual de sola.
Me da por lagrimear tanto desencuentro, especie de yuyo invasivo que no deja crecer las flores, tanto que yo las había cuidado, tanto y tanto de esperar la primavera. Y me preocupa que esta tierra quede yerma, cansada de crecer brotecitos quebradizos que ahí abajo siempre se quedan.

Me da miedo, tanto miedo me da, que no me quede nada más que dar cuando además se me vuelen, del miedo, el llanto contenido y hasta la palabra agolpada de puro maltrecha en el corazón. Miedo de que ni la palabra prospere en el vacío este que se me empieza a hacer piel, que se me empieza a hacer voz, a ser vos.

Cómo aturde que quede el mundo dado vuelta, con lo complicado que se está haciendo enderezarlo y echarlo a andar. Yo no sé cómo se le da una muerte digna a las cosas que debiéramos de una vez enterrar, no sé cambiar de aires y por eso es que vivo intoxicada. Yo no sé y no sé con qué ganas aprenderé la ciencia del tropezón mil veces con la misma piedra, no sé siquiera si quedarán ganas todavía de andar. Y andar, y andar, llamando por lo bajo al niño de mis ojos, haciéndolo canción, como si la flor hiciera primavera...y no, eso sí que no.

Qué duro que faltes otra vez allí donde alguna vez te esperaba.
Qué jodido que eso remueva tanta agua turbia.
Qué miedo que toda esa oscuridad se me quede dentro.
Y cómo aturde, cómo aturde saberlo todo así.





domingo, 3 de mayo de 2009

Amanecer más vieja


Amanecer más vieja es mentira. Nadie crece así, tan de sopetón. Es un poco más difícil hacerse grandes, no se puede dormir y con dos o tres vueltas en la cama, despertarse del lado mayor de la vida. Porque es que la vida tiene esa cosa de pedir que la anden y le den vueltas, que le saquen el jugo como a una naranja o, en todo caso, que la acaben a mordizcos rabiosos. La vida no se duerme ni se amanece, por más temprano que una intente despertarse.
De cuando le tenía miedo a los años (miedo que, sospecho, volverá cuando éstos sean cada vez más) me quedaron muchas cosas escritas, como me ocurre con todo: la mala maña de escribir no te permite olvidar muchas cosas. Y el terror a los años era terror al cambio, a que algo se me diera vuelta, a que se quebraran los esquemas, y se cayeran los castillos de arena y de aire, a que me robaran el sueño o, peor, a que lo renunciara yo solita. No me culpo, eso todavía me asusta un poco. Pero hoy conozco algunos secretos, algunas cosas que me dan por sobrevivir y por celebrar que tengo tiempo para seguir hablando, tropezando, rompiendo a llorar y agradecer. Sé, por ejemplo, que el tiempo sólo se lleva lo que puede, que derrapa, sí, como la creciente de un río, pero hay cosas tan mezlcladas dentro, tan atoradas en el pecho de una, que no hay caso. Y a veces todo nos desgarra, y sufrimos los arañazos más hostiles del calendario, pero lo de adentro no, y no se toca, y no hay quién pueda, y no hay quién deba, dejarlo partir.
Sé que adelante estamos nosotros también, los mismos, los de siempre, y temerle al espejo es una torpeza. Es mejor pensar que mañana es un mundo habitable, como dijera el trovador, y buscarlo de a trocitos, de a retazos, en las cosas buenas que hoy nos hacen guiños, y en las cosas torcidas que tendremos que enderezar. No sé si contaremos con muchas manos, pero están las tuyas, y están las mías, y las de algunos más, quiero decir, están las nuestras...y si no es suficiente, entonces, es una pena, porque tendrá que alcanzar. Tendrá que alcanzar.
Cuando tenía, ahora, 8 años menos, escribí para cuidarme, para resguardarme del olvido, del cambio, de los años, y del miedo de que todo se terminara y no quedara un rastro de quien era entonces. Creía que venía esa creciente de río y que iba a quedarme sin hogar. En cambio, ocurrió que la creciente no logró inundarme la habitación, ni me deshizo los papeles ni me embarró el camino aquel por donde volvía de la escuela, el de la casa de los amigos, el de la mía propia que es, y esto es lo mejor, todavía la misma.
A los 16 años escribía yo:

Te voy a hacer un mapa de lo que soy yo en este momento.
Quiero que te acuerdes bien de las cosas de las que hoy estoy segura:
No sé olvidar, todavía no lo aprendo aunque lo busco.
Por propia experiencia, soy capaz de asegurarlo: La única libertad que le queda a la gente hoy en día, es la libertad del alma.
Las personas nunca dejan de sorprenderme.
El abandono tiene que ser algún tipo de “deja-vú”.
Intentar burlar al destino, se está convirtiendo en una especie de misión para mí.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme vacía, y eso es sano.
A veces cuando lloro alcanzo a sentirme demasiado vacía y eso es preocupante.
Me gusta masticar un chicle de menta todos los días. Ahora sospecho que con eso estoy matando toda la ansiedad.
En el fondo no entiendo nada de nada, pero estoy casi convencida de que, en realidad, los otros tampoco.
Silvio Rodríguez, a fin de cuentas, tiene razón: eso de lo eterno es un invento, o como dice él “La eternidad no es más que un truco para continuar” (¿era así, no?)
Siempre me guardo los boletos de ómnibus, aunque ni me fijo si me tocó capicúa.
El tiempo tiene que ser una ilusión, igual que la muerte.
Quiero dedicarme, de ahora en más, a conocer: todo, lo que sea, no me importa. Me imagino que para eso se está, ¿o no?
“Escapad gente tierna, que ésta tierra está enferma. Y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer”
Quiero saber cómo será en realidad, ver hasta dónde morir es dejar de existir y desde dónde morir es renacer en otro y de otra forma. ¡Lo que no daría porque así fuera!Tengo ganas de ser otra aunque de nada de mi vida me arrepienta.
Quiero saber lo que es alcanzar una meta, si realmente es como tocar el cielo con las manos o esa es sólo la imagen que nos venden.
Quiero tener que morir de pie.
Es verdad eso que vos decís, que hablo sola. Y sé que no soy la única. Nosotros, yo y todo los que hablan solos como yo, somos la prueba viviente de que el deseo de soledad absoluta no existe, porque es insoportable, hasta para mí.
Sartre siempre tuvo la razón, o por lo menos, a mí me cierra perfectamente.
Cuando hablo de dios algo me tiembla adentro, como si por alguna parte me estuvieran amenazando con un cuchillo: “Cuidado con lo que vas a decir...”Y en una de esas es así, ¿O no viste como cada vez que alguien dice “no creo en dios” donde sea que esté todos los ojos cercanos se dan vuelta para mirarlo?
A esto de tener la capacidad de repeler cierto tipo de gente, siempre lo vi como una desventaja, y sin embargo empiezo a darme cuenta de que dentro de todo es un buen negocio...o por lo menos me garantiza que nadie que se me acerque puede ser tan distinto a mí...al contrario...
Hablando ya de frivolidades, me gusta mucho más el azul que el turquesa, y el rojo que el fucsia; me gusta caminar por la lluvia hasta que las zapatillas hagan ese ruidito al caminar llenas de agua adentro; me gusta reírme a carcajadas y hasta que me duela la panza; me gusta el viento; me encanta cuando las dos, vos y yo, decimos la misma palabra o la misma frase al mismo tiempo y vos me mirás extrañada como si no supieras que parecemos nacidas de lo mismo y que nuestras conciencias trabajan juntas, consultándose.
¿Nunca sentiste que todos somos más simples de lo que creemos? Y no nos vamos a terminar de descubrir nunca porque estamos hechos para cosas más complicadas.
Tengo miedo de estar por morirme y que, en ese momento, en el que la vida entera pasa frente a tus ojos, no vaya a ver más que un par de imágenes tristes del pedacito, ese mínimo, de almas y de lugares que llegué a tocar y a pisar, que tenga que ver, sintiéndome lástima, nada más que el mundito que conocí, y que siempre fue el único para mí.
Creo que sí existe, claro que existe, el fin de toda fuerza humana, el último y final “me rindo”, el ineludible dejarse vencer y para siempre tirar todo, porque a esa altura nada lo vale. Y creo que la gente ha llegado a eso sin darse cuenta, muchas veces más de lo que se imagina.
¿Viste como las presencias de las personas están siempre en ciertos lugares, los que son de propios de ellos, sus lugares particulares, pero las ausencias, todas, cualquiera de ellas, te persiguen y están en todas partes?

A los 23, lo firmo, todo. Todo está intacto. Hoy sólo querría agregar algunas obviedades que entonces no aclaré (quizá porque a la adolescente que era le parecían evidentes).
Y entonces quiero decir que me gusta latir, aún con toda la taquicardia que me aqueja, porque sospecho que estar viva es un juego y una promesa, una apuesta y un paseo, y habría que ser bruto para no querer probarla.
Me gusta cuando mis amigos se me adelantan en lo que voy a decir. No es magia, es sólo (y no es poco) tiempo y afecto compartidos, mucho de ambos. O sí, es magia.
Me gustan los nocturnos de Chopin, el claro de luna de Debussy, ese llanto musical que sabe componer Morricone: música desnuda de palabras que me habla de la tristeza, de un domingo a la tarde o de las cosas que a la fuerza se agarran al alma y no se pueden arrancar.
Me gusta, me encanta, este barrio, y esta casa: conservar el lugar donde di los primeros pasos y me choqué a los primeros miedos, salir a ver el cielo desde el mismo balcón.
Me gusta la casa sola y los crepúsculos, la música y el mate mientras corre el aire, suenan llamadores de ángeles y todo huele a sahumerios.
A veces me da por llorar bajo la ducha, para que no lo sepa nadie. Hay que llorar cuando el cuerpo así lo pide. Llorar para hacerse fuertes contra el llanto, algo así como una vacuna contra la enfermedad.
Soy azul oscuro, casi, casi, negro. Estoy buscando los colores y las luces. Buscar es mi signo, yo sé, nací bajo esa estrella y renegar de una cosa así, sería inútil.
Lo que quiero es conformar al espejo, a las ilusiones, a este tiempo. Quiero creer que el amor es para todos, que se tropieza, que se demora y al final, más temprano que tarde, nos hace el guiño que faltaba. Y no basta con desearlo. Lo que quiero es oirlo, de una vez, oirlo.

Lo que quiero es vivir a la altura de mis ojos, de mis manos y de las caprichosas exigencias de mi corazón, que me pide terremotos y eso de nunca estarse quieta.

Hoy que 'amanezco más vieja', lo que quiero es vivir.

lunes, 27 de abril de 2009

Nuestras seguridades

A quienes me habitan el mundo de copas, canciones, palabras y abrazos. A los amigos.

No entienden tus señas. No entienden todo eso que quisieras decir y en cambio callás con una gracia, con tal pericia, que pareciera que es un juego que llevás años jugando. Y cada vez que querés decir y te quedás en silencio, y cada vez que lo adivino y me siento segura de conocerte, de saberte leer, entonces, respiro más tranquila.Hace que el mundo ruede más...distendido, ¿viste?, esto de conocernos y adivinarnos, eso de que haya unos cuantos que puedan decir que se tienen siempre a mano, para la caricia o la cachetada, para descargarse en amores y en broncas, es igual, pero a mano. Muchos no lo entienden y pueblan un mundo en donde las seguridades son otras, un mundo que, ciertamente, no es el nuestro. Porque no nos preocupan las corbatas ni la media estación, ni casarnos a tiempo ni pisar cabezas y subir y subir para ser los más subterráneos de los hombres que, con todo, no saben más que mirar como por encima del hombro.

A nosotros nos asusta que el corazón no aguante ciertos embates, que se nos llueva el patio (vale decir, que nos entre de a gotones la nostalgia), que los amigos se nos muden de ciudad, que los archi-enemigos siempre se quieran quedar. Y no nos asegura nada un sueldo fijo, ni dios, ni patria, ni hogar. Tan ilusos somos, mirá, que nos tranquiliza dormir sabiendo que al otro día, pasando el umbral de madrugadas, siempre estarán los de siempre, o su recuerdo, su espíritu juguetón rondando los bares y las plazas, su nombre en todas las cosas queridas, qué sé yo: sabiendo, en fin, que aún quedamos de los nuestros a pesar de los pesares y las cortas y engañosas dichas que vienen y van.

Por eso me hacen tan bien tus señas, las cosas que dicen que por aquí estuviste, frases que patentaste y ya nadie se atreve a usar, palabras que son tuyas (¿qué te sorprende?), tuyas como tu casa, tu sonido, tu manera particular de darme un abrazo. Y nadie lo entiende, este placer de conocernos y que sea cierto todo eso que pensábamos de chicos, te acordás, que así cuando muriésemos siempre habría alguien para decir que me gustaba escribir con tinta negra, la vista desde el mirador y los ojos negros profundos de mi vecino de la vuelta; alguien para decir que planeaba vivir siempre pero no se dio, que me habían traicionado algunas veces pero también que por mí habían puesto las manos en todos los fuegos, y eso era lo importante.

La seguridad para nosotros es tenernos cerca, que haya otro día detrás de la ventana, que nos hagamos fuertes con miradas, que queden aún casualidades buenas y que aprendamos a creerlas, a crearlas.


martes, 21 de abril de 2009

Aviones de papel

"Yo no quiero vivir siempre, yo sólo quiero vivir contigo. Ése es mi deseo, y ésa, mi ventana"

(Caótica Ana- Julio Medem)


Yo estoy segura, nosotros reencarnaremos en aviones de papel.
No podremos ser otra cosa, ahí está nuestro espíritu desde siempre, en esa sencillez que se humedece y se desarma queda nuestra esencia más profunda.
Es justo que volvamos al mundo de la mano de un niño que sueña con echar a volar, y rompe todos los cuadernos e ignora todos los preceptos y es sólo un niño con un sueño y ese sueño no es otro (no es más, no es menos) que el de volar.

Nosotros despegaremos junto con ese anhelo y caeremos tantas veces en picada, tantas como caemos ahora, en vida, sin ser aviones, ni papel, ni sueño. Será otra vez la lluvia la que nos tire pa'trás, la que nos apague y nos guarde, pero también la que prometa el próximo arcoiris y un cielo limpio que se deje surcar.
Bastará un soplo para partir hacia la aventura de vernos en otras alturas, y bastará un viento en contra para que volvamos otra vez, escapando de la intemperie.

Qué dóciles seremos, no necesitaremos más que el calor de una mano para sanar las alas y revivir, nada más que el espacio de una palma para nacer y ser de nuevo. Qué sencillos seremos, reclamando apenas una tregua de las nubes negras por si se les ocurre querer aguarnos el vuelo.
Estaremos llenos de preguntas, preguntas de toda la vida; cargaremos con nosotros los más sinceros mensajes de amor, que leerá quizá una niña en el patio de una escuela a la hora olvidada en que despierta la primera ilusión. No alcanzará el cielo para todo el amor que alzaremos a volar, pues tanto, tanto, será el peso que tendremos descansando sobre nuestras alas de papel irresponsable.

Nuestros serán todos los trayectos del aire por él nos deslizaremos como si nadáramos sobre el viento, para que nos acaricie y nos haga cosquillas hasta el fondo de nuestra entraña de turbina, hasta el final de nuestro corazón en pleno vuelo.
Planearemos por sobre la ciudad dormida, por sobre las cabezas frías que ya no imaginan qué habrá más allá, al borde de esta brisa.
Volaremos tan parejo, de la mano de todos los pájaros, y con ellos le cantaremos al día que se asoma sobre el cielo aquel en donde resistir es volar y hacerse al aire libre.
Otra vez, qué frágil será tu estructura y qué predecibles tus dobleces sobre tu piel blanca de hoja sin llenar. Nuestro precario material delatará que estamos hechos de poca cosa pero que somos algo más, otra vez algo más, que la suma de nuestras partes, pues saldremos de manos enamoradas y de sueños inconclusos.

Vamos a poblar juntos la atmósfera, a llenarla de aviones de papel, y nuestro será el reino de los cielos, en nombre de la infancia enamorada, de la ilusión esforzada y de las puras ganas de lanzarse a volar.
Entre los dos haremos que se justifique esta fragilidad de papel, porque acabaremos siendo millones revoloteándole la vida a los perdidos, zumbando memoria en todos los años nuevos, predicando la ternura de un sólo vuelo raudo por el más acá.
No dejaremos en paz ninguna ventana y nos colaremos en el sueño de los más taimados, a ver si así viramos el rumbo y evitamos las turbulencias. Aterrizaremos en las bocas para llenarlas de versos, cantos y besos, a ver si ellas también echan a volar por sobre el silencio y sus oscuros sicarios. Sobrevolaremos el odio y le cambiaremos el signo: truncaremos en flores cada golpe bajo, y cada noche cerrada será luminosa, como un cuerpo desnudo después del amor.


Reencarnaremos, digo yo, en avioncitos de papel. Y será aquella vida un regalo de las alturas, el capricho de un niño sin alas ni volantines, el deseo más hondo de escapar a mirar el mundo o lo que sea que haya más allá.
Volveremos a la vida como origamis descuidados, hechos de papel e inocencia, de nostalgia y un cachito de esperanza, que cruza los dedos por lo que vendrá.
Si hemos de reencarnar y es así el tiempo que nos toca, volveremos a ser los de siempre, vos y yo, y todos nosotros: la misma fragilidad que se desarma, el mismo envión de sueño, el mismo amor que nos sopla las alas y las mismas ganas, estas ganas puras, estas ganas locas, de echar a volar.


lunes, 13 de abril de 2009

La guerra por mano propia


Ningún entierro es cualquier entierro. Los hombres se mueren tan únicamente como han vivido. Algunos, incluso, hacen de la muerte su vocación y la buscan en todas las oscuridades, sin improvisaciones, con cuidado obsesivo.
Hay hombres que mueren despacio, como aspirados por un silencio. Mueren en secreto los hombres sin miedo al miedo, los de la vida en guerra contra la vida.
Se tocan los cuerpos, se palpan grises y se huelen lisos. Temen, entonces, al sopor de estar mal viviendo, sueñan calas y vidrios rotos, y aman hasta la locura viejas fotos del amor y los juegos.

Van cayendo los hombres libres en la guerra por mano propia. El mundo les ha quedado chico, les sobran las manos, tienen fácil el 'no'. Mueren de pena y de refilón y no lo cuentan los diarios porque es tan íntimo como la familia, o el amor. Legan agendas con citas pendientes, canciones tristísimas, amigos rotos y familias mutiladas. Legan años que rifan al que los quiera vivir, ropa nuevita, algún amor trunco y los apuntes del colegio o la facultad.

Los suicidas dejan volcar su sangre azul de noble resignación. Lloran los ángeles guardianes su ineptitud y las coronas de flores vienen con jóvenes capullos que apenas asoman al mundo real.
Gente torpe pero convencida, de una pasión no apta para cardíacos, mareados de la calesita sin saber cómo bajarse. Cierran los ojos y se imaginan un mundo sin ellos, y no se extrañan. Sobran en su proyecto de mundo y faltan los días para hacerse fuertes contra el espanto.

miércoles, 8 de abril de 2009

Escribo y pare de contar

Conté un cuento que me sabía, un cuento que no me pertenecía a mí sino a un amigo cuentista de esos que no saben lo que dicen pero lo van descubriendo en el camino. Digamos entonces que le robé la historia pero él no supo reconocerla. 'Me encantó' me dijo, '¿cómo? ¿no la reconociste? ¡Es tuya!', 'No, eso no es mío', se atajó: Yo había contado algo nuevo porque su dueño no se había encontrado ahí.
Así se hacía un cuento, entonces: la creatividad, como la vida (Kundera dixit) estaba en otra parte. Contar era elegir el mejor disfraz, era cambiar de voz todo el tiempo y ponerle la propia caligrafía a cualquier historia que anduviera rondando. Oficio de aprovechadores, de descarados. Por eso supe tan pronto que era para mí.
Escribir era desaprender, gramáticas y ortografía, poner los puntos donde hicieran más ruido, donde pesaran y obligaran a llorar, a decir basta, a mirar más hondo.
Me hice cuentista porque para contar bastaba con tener ganas de hablar. Todo lo demás eran palabras más o menos llenas por el humor del día o la mochila que el escucha/lector quisiera cargarles encima. Pobres palabras, tan leves ellas y tan llenas de cosas, tan jodidamente comprometidas con todo en el mundo.
Me puse a escribir porque me enamoraban ciertos sonidos que hacía la lengua en ciertas posiciones dentro de la boca, sonidos que eran, por otro lado, sólo su hobbie, algo que hacía cuando no acariciaba, cuando no estaba besando que es, todos lo sabemos, su oficio y su pasión. Digo que me enamoré de sonidos que eran también palabras, inventos que se soltaban de noche si querían salir de verdad, palabras que no entendía y usaba con total impunidad. Entre dormidas y despiertas, palabras con mucho para decir, para decirme, a mí, que andaba más bien vacía.
No estaba en los libros escribir, era otra cosa, un ejercicio sin punto de llegada, una caminata a ninguna parte que era todo camino, todo paisaje, lugares donde los dioses habían puesto sus ojos, cumbres a donde no se llega ni en un gemido.
Nunca aspiré a ser Cortázar (aunque sí quizá a ser su mejor lectora, otro imposible) porque rápido entendí que su voz era más gruesa que la mía, que en su tiempo no había internet, que ya había una Rayuela en todas las bibliotecas y que con sólo esas claridades yo ya tenía mucho que contar. Contar que no era Cortázar, ni Borges, ni Paco Urondo, ni Oliverio, ni Juan Rulfo, ni el Gabo, ni Carpentier, ni Lorca, ni Vallejo ni aquel que pasara por su ventana el exacto día en que del corazón a la tinta y de la tinta al papel se espantaba los heraldos negros con el más hermoso de los exorcismos. Hay golpes en la vida tan fuertes. Yo no sé. Yo no sé...
Sin embargo había algo que sí tenía de todos ellos, algo que en general todos prefieren barrer bajo la alfombra, la mugre del hombre moderno de lo que mejor ni hablar. Pero lo digamos: hablo del lado humano, las ganas de llorar en dos de cada tres noches, el grito pelado de la soledad, los golpes en el aire, toda el agua podrida que chorreamos sin remedio ni alcantarilla. Y también tenía, claro, una mano alfabetizada, o sea, tenía la suerte de la letra y de estar viva en el tiempo.
Empecé a escribir como quien se decide a cocinar determinado postre sólo porque tiene aquellos, y no otros, ingredientes: la necesidad de hacer algo con el tiempo libre y las cosas a mano. Las historias no importaban, todo es susceptible de ser contado y el juego es, justamente, practicar algo así como un malabarismo de palabras (un término demasiado preciso para habérseme ocurrido a mí, aclaro) sabiendo que al principio, sin duda, van a caerse todo el tiempo. Palabras para manipular y desarmar, una plastilina a donde caben todas las formas. Las palabras son para quebrarse y quebrar, para tutearlas y enseñarles cierta insolencia que nunca les viene mal.
Soy cuentista y no contadora, porque no enumero, yo reúno. No importa si mil o un millón, son las combinaciones de palabras las que cuentan, como manchones de color que hacen otro nuevo.
Y cuento, a qué seguir ocultándolo, porque no quiero olvidar nada. Porque no uso agenda ni diario personal y sólo puedo asegurar que han pasado los días si algo de ellos escupió mi tinta en un papel.
No quiero olvidar ni el amor ni los excesos, ni de cuando te vi llorar y no pude hacer nada, ni esa vez en que nos dimos tregua para siempre y ya ves...Cuento para recontar, para concatenar la vida con el sueño y que nada de nada quede suelto. Para descargar la verborragia. Para no pagar psicoanalista. Para morirme mañana y seguir hablando igual, siempre, en un eco que despertará el más póstumo de los odios de familiares y amigos. Para darle cuerpo a la memoria y alma a los proyectos, a la quimera que se encapricha en no venir. Para que salga la luna y estés en alguna parte. Para que mis amigos me tomen en serio y mis enemigos se rían de mí, que también hay que darles algo de tregua.
¡Debiera ser tantas cosas! Debiera ser paracaidista, actriz de reparto, catadora de fernet. Tendría que integrar la banda de Robin Hood, especializarme en sacar fotos sepia y marcar tendencia andando descalza por la ciudad. No me vendría mal ser buena en matemáticas, hartarme de todo y romper a volar. Ser prodigio y doctorarme a los ocho años, dibujar a mano alzada, saber todo de protocolo y urbanidad.
En cambio escribo. Escribo y pare de contar.Escribo en cuclillas para intentar hablar de pie y, aunque no me salve, tengo que aclararlo: todo lo que digo es cierto en tanto que sale del pecho. Aunque lo ponga en otra boca, sale del pecho. Que es mío. Que es siempre, agridulce e irrenunciablemente, mío.

viernes, 3 de abril de 2009

A 27 años de un olvidado desembarco


"La guerra de Malvinas es como una gran cámara oculta que filmó a los argentinos en calzoncillos. O desnudos: en pelotas. Nos dejó con todas nuestras miserias y todas nuestras grandezas al aire. Eso es Malvinas. La cara y la moneda de lo que somos. La cara que mostramos y la cruz que llevamos. Las dos caras de la moneda. El coraje y la cobardía. El corazón valiente y la ropa sucia. Las dos islas que son un solo corazón. La melancolía de la Soledad y la euforia de la Gran Malvina.
Vistas desde arriba, las islas son como dos aspirinas en el mar de nuestro dolor de cabeza nacional. Son como la escarapela temblando en el pecho del guardapolvo de un chico argentino, con el pelo engominado y las medias tres cuartos, que canta el himno y afirma con una certeza celeste y blanca: 'Las Malvinas son argentinas'.
Las hermanitas perdidas. La tierra irredenta. Las Malvinas. Como si nuestra identidad tan buscada estuviera fuera del continente. Fuera de nosotros. Más allá. Allá en el frío, en el sur, en el mar y entre gente que habla inglés.
- Subí la ventanilla, nene. Apurate, mirá para otro lado. No, señor, no necesito curitas...Sí, sí...ya sé que usted es un ex combatiente de Malvinas. Lo sé y lo respeto. Pero no necesito curitas, gracias señor. Gracias, disculpe, el semáforo ya se puso en verde. Gracias, disculpe.
Malvinas es la patria que se nos sigue muriendo. Esas Malvinas. Es la patria que se suicida. Ya son más de 200 los ex combatientes que se mataron y casi ni salen en los diarios. Los barrimos debajo de la alfombra, como aquella noche que llegaron. Ni bola: yo, argentino, si te he visto no me acuerdo. Entraron por el patio del fondo, por la puerta de servicio. Casi clandestinos, como si fueran delincuentes. Con sus heridos, con sus muertos, con sus mutilados. Vencidos, derrotados, rendidos, o juremos con gloria a morir.
O a sus plantas rendido un león. Malvinas es nuestro espejo más brutal. El espejo en el que menos nos gusta mirarnos. Porque ahí está un general como Galtieri, valiente para la tortura de mujeres indefensas, majestuoso para los Estados Unidos y borracho de soberbia, borracho de ignorancia, caricatura de dictador que quiere eternizarse y es capaz de cualquier cosa para lograrlo. De tomar las Malvinas, por ejemplo. De tomarlas de un trago, sin pensar, sin creer, sin vergüenza, sólo con el mínimo objetivo de engañarnos y quedarse.
Pero en este espejo también están los colimbas argentinos. Los que conocieron por primera vez el frío y murieron congelados. Los que gritaban sapucai en las trincheras para calentarse por dentro. Los del coraje mesopotámico, los de abajo, los de la esperanza.
Es verdad que están los Astiz y los Menéndez, los que se rindieron en el primer amague y los que no tuvieron dignidad para hacerse cargo de la derrota. Pero yo no me olvido de los pibes que fueron estaqueados por robar comida, o los que están sepultados en el mar después del hundimiento del Belgrano.
Yo no me olvido de Malvinas. O por lo menos creo que no debo olvidarme. No se olvide de Malvinas. Fueron 74 días de guerra y todavía hay gente que dice que este país no perdió ninguna guerra.
Quizás Malvinas sea la confirmación de lo que otros dicen de nosotros: que los argentinos somos buenos de a uno, que somos buenas individualidades. Como César Milstein, como Atahualpa, como Maradona, como los aviadores militares, verdaderos valientes, ingenieros del aire, como cada colimba que luchó sólo con su hambre, como Gardel, como Borges, como Cortázar. Como Sábato y Favaloro.Eso dicen de nosotros: que por eso hay argentinos buenos en todos lados y que, sin embargo, no hay una Argentina buena. Dicen que en equipo nos cuesta construir un país digno. Que de a uno valemos la pena pero que de a muchos damos vergüenza.
¿Será que necesitamos subordinación y valor para entender a la patria?
'-Papá, ¿es cierto que les robaban los chocolates y la plata que se juntó para los soldaditos? ¿Es verdad que ni las cartas les llegaban a los pobres? ¿Vos escuchaste a los periodistas que decían 'vamos ganando' mientras nos estaban destruyendo? ¿Se puede creer todo eso, papá?'
Insisto: Malvinas es un argentino desnudo frente al mundo. Sin psicoanalista que valga. Cantando en un acto de plaza de Mayo que 'tras un manto de neblina no las hemos de olvidar'. Gritando '¡Ar-gen-ti-na!' aferrados a una bandera con un sol de guerra, entre los tanques, entre las tumbas, entre los militares, entre los asesinos sin ver claramente qué ocurre más allá de nuestras narices patriotas.
Malvinas también es la plaza reprimida, es la plaza con la espalda rota a bastonazos, es la plaza de la protesta, del grito y del reclamo. Malvinas es también tomar conciencia, sumar el rock a nuestra cultura, pedir con Charly que no bombardeen Buenos Aires y cantar con León, entre miles de pibes temerosos en Obras, que sólo le pedimos a Dios que la guerra no nos sea indiferente.
A ese Dios que, como todos saben, es argentino. Todos lo saben, menos los ingleses."

Alfredo Leuco, periodista argentino.