lunes, 27 de abril de 2009

Nuestras seguridades

A quienes me habitan el mundo de copas, canciones, palabras y abrazos. A los amigos.

No entienden tus señas. No entienden todo eso que quisieras decir y en cambio callás con una gracia, con tal pericia, que pareciera que es un juego que llevás años jugando. Y cada vez que querés decir y te quedás en silencio, y cada vez que lo adivino y me siento segura de conocerte, de saberte leer, entonces, respiro más tranquila.Hace que el mundo ruede más...distendido, ¿viste?, esto de conocernos y adivinarnos, eso de que haya unos cuantos que puedan decir que se tienen siempre a mano, para la caricia o la cachetada, para descargarse en amores y en broncas, es igual, pero a mano. Muchos no lo entienden y pueblan un mundo en donde las seguridades son otras, un mundo que, ciertamente, no es el nuestro. Porque no nos preocupan las corbatas ni la media estación, ni casarnos a tiempo ni pisar cabezas y subir y subir para ser los más subterráneos de los hombres que, con todo, no saben más que mirar como por encima del hombro.

A nosotros nos asusta que el corazón no aguante ciertos embates, que se nos llueva el patio (vale decir, que nos entre de a gotones la nostalgia), que los amigos se nos muden de ciudad, que los archi-enemigos siempre se quieran quedar. Y no nos asegura nada un sueldo fijo, ni dios, ni patria, ni hogar. Tan ilusos somos, mirá, que nos tranquiliza dormir sabiendo que al otro día, pasando el umbral de madrugadas, siempre estarán los de siempre, o su recuerdo, su espíritu juguetón rondando los bares y las plazas, su nombre en todas las cosas queridas, qué sé yo: sabiendo, en fin, que aún quedamos de los nuestros a pesar de los pesares y las cortas y engañosas dichas que vienen y van.

Por eso me hacen tan bien tus señas, las cosas que dicen que por aquí estuviste, frases que patentaste y ya nadie se atreve a usar, palabras que son tuyas (¿qué te sorprende?), tuyas como tu casa, tu sonido, tu manera particular de darme un abrazo. Y nadie lo entiende, este placer de conocernos y que sea cierto todo eso que pensábamos de chicos, te acordás, que así cuando muriésemos siempre habría alguien para decir que me gustaba escribir con tinta negra, la vista desde el mirador y los ojos negros profundos de mi vecino de la vuelta; alguien para decir que planeaba vivir siempre pero no se dio, que me habían traicionado algunas veces pero también que por mí habían puesto las manos en todos los fuegos, y eso era lo importante.

La seguridad para nosotros es tenernos cerca, que haya otro día detrás de la ventana, que nos hagamos fuertes con miradas, que queden aún casualidades buenas y que aprendamos a creerlas, a crearlas.


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