lunes, 13 de abril de 2009

La guerra por mano propia


Ningún entierro es cualquier entierro. Los hombres se mueren tan únicamente como han vivido. Algunos, incluso, hacen de la muerte su vocación y la buscan en todas las oscuridades, sin improvisaciones, con cuidado obsesivo.
Hay hombres que mueren despacio, como aspirados por un silencio. Mueren en secreto los hombres sin miedo al miedo, los de la vida en guerra contra la vida.
Se tocan los cuerpos, se palpan grises y se huelen lisos. Temen, entonces, al sopor de estar mal viviendo, sueñan calas y vidrios rotos, y aman hasta la locura viejas fotos del amor y los juegos.

Van cayendo los hombres libres en la guerra por mano propia. El mundo les ha quedado chico, les sobran las manos, tienen fácil el 'no'. Mueren de pena y de refilón y no lo cuentan los diarios porque es tan íntimo como la familia, o el amor. Legan agendas con citas pendientes, canciones tristísimas, amigos rotos y familias mutiladas. Legan años que rifan al que los quiera vivir, ropa nuevita, algún amor trunco y los apuntes del colegio o la facultad.

Los suicidas dejan volcar su sangre azul de noble resignación. Lloran los ángeles guardianes su ineptitud y las coronas de flores vienen con jóvenes capullos que apenas asoman al mundo real.
Gente torpe pero convencida, de una pasión no apta para cardíacos, mareados de la calesita sin saber cómo bajarse. Cierran los ojos y se imaginan un mundo sin ellos, y no se extrañan. Sobran en su proyecto de mundo y faltan los días para hacerse fuertes contra el espanto.

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