martes, 2 de agosto de 2011

Buscame en tu espejo



A veces el invierno viene con siestas regaladas: son las horas del día en que no hay que inventarse el calor, viene solo. Y a mí me busca en un banco de la plaza, uno solo, que es mi banco de pasar la siesta.


A veces, la siesta al sol viene con otras sorpresas. Como la de ayer, camino a mi banquito, cuando el sol empezó a parpadearme luces, aureolas de colores, reflejos intermitentes.


Eran cristales rotos entre las cáscaras de mi mandarina. Eran espejitos brillando de tarde, resortes a dónde iba a impulsarse la luz para repartirse, para quedarse.


Dicen los magos, los niños y algunos poetas que los espejos son ventanas de mirar y que nos miren, ventanas que separan tu mundo del mío, uno a cada lado del cristal.


Yo no creo en casi nada. No tengo varita, ni una pluma de poeta. Los años me han visto correr detrás de la niñez, llegando siempre tarde a despedirla.
Pero, por las dudas y por el acaso, me llevé un espejo. Uno chiquito, del tamaño de mi puño. Porque estos espejos no pinchan ni cortan y, en cambio, quizá sanen un poco.


Lo tengo en un cajón y es lo primero que miro de mañana.
A la siesta lo saco al sol, lo espío. Quiero ver si te veo del otro lado, si me ves, a mí, haciendo lucecitas de colores en tu siesta.
Quiero ver si nos vemos mirándonos y todo, todo, cabe en un espejo.

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