Un paraguas. Y en el paraguas, una gota. Una gota que va cayendo, que se desliza, y es un paraguas llorón. Todas las lágrimas han ido a dar allí, pero se llaman gotas, o se llaman lluvia. Y eso de arriba, el llorón de arriba, es el cielo gris.
Eso es lo que hacés conmigo, ¿lo ves? Me das paraguas que escribir. Me hacés pensar en la lluvia y en los llantos que chorrean de ese semi-cielo, de ese techo individual que es el paraguas, del no mojarme yo y que vea el resto...
También hay otras cosas, misterios de una espalda, firuletes en las palabras, lo que habrás querido decir. Es lo que hacés conmigo, que aún me lo pregunte.
Hoy cuesta verte tan claro. Antes era más fácil. No sé cómo leerte, ¿qué letra primero, cuál sílaba después?
No me sirve lo que aprendí en el primer grado. Entonces bastaba mirar para leer, y querer decir para escribir. Hoy no sé cómo alargar mis ojos, cómo detener lo que rebalsa de la boca.
Es lo que hacés conmigo: dejás inútil la escuela, me anulás los seis años o allá me dejás otra vez, flotando en una sopa de letras.
Vuelvo al paraguas. Un petit coin d'paradis...¿Te mostré a Brassens? No estoy segura. Es probable que ya lo conocieras: no es precisamente un hallazgo mío.
Tenía algo de ángel, dice la canción, y después se pierden, no se ven más.
Hasta ahí la canción, la vida es siempre un poco más ambiciosa. Nos seguimos encontrando, nos prestamos ratitos mientras decimos que nos ponemos al día y hacemos planes que a mí me saben igual de sólidos que la novela imposible esa que quiero escribir: es fantástica por donde se la mire, pero no existe, no es.
No sé porqué pienso en paraguas, o en espaldas o en palabras torcidas cuando pienso en vos. Es lo que hacés conmigo, que escriba. Y es lo que decís que te hago a vos: te miento que escribiendo se está mejor. Y me hacés caso pero todavía no leo qué cosas hermosas salen de todo eso. Todavía no te leo.
En cambio, te espero.
Siempre te espero.
Y es eso lo que hacés conmigo.
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