Cuando sea grande, más grande, voy a inventar una magia que haga hablar a las paredes.
Ningún arte oscura, no: éste será un buen hechizo de esos que ya no vienen porque nadie nadie los quiere creer.
Con la sabiduría que me darán años y tropezones, me procuraré un conjuro infalible para ablandar los muros que se hacen los duros, los firmes y nada nos quieren decir.
Voy a interrogarlos hasta que desembuchen todo y la verdad se haga luz sobre los techos, luz que iluminando, va narrando de las tristezas y los heroísmos que vieron las paredes amontonarse contra sus lomos acorazados.
Con mi magia van a contar lo que pasó entre sus fronteras y nombrarán a quienes despojaron de todo y hasta de nombre, la cosa más de uno, junto con el corazón y la mirada.
Dirán que hubo muerte desalmada, que hubo verdugos, monstruos sin latido, macabras marionetas del horror. Pero también hablarán de la vida enamorada, del coraje y de ciertas certezas indomables. Dirán que hubo hombres entre las bestias, hombres de sangre encabritada y flores en las manos, jóvenes y hermosos. Y algo dirán también de las piedras de futura mirada que allí nos dejaron: porque la suya era una inversión de libertad regalada al porvenir.
Hablarán las paredes y se curará el aire del silencio que enferma y el olvido que mata a sangre fría.
Yo voy a inventar esa magia. Ya van a ver. Cuando sea grande...
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La Escuelita de Famaillá, el primer Centro Clandestino de Detención que funcionó en Tucumán durante el llamado ''Operativo Independencia'' (año '75, laboratorio de prueba de la que sería la dictadura más cruenta del país), fue declarado y señalizado como el lugar de terror que fue.
Algo de mí se perdió entre esas paredes, por eso algo de mí late contento por ese poquito de memoria que se desprende de todo esto.
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