miércoles, 8 de agosto de 2012

Una que era



Por ese tiempo cantaba mucho esa que empezaba con ''...Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del Edén...''
Tenía 16 años y tocaba la guitarra para hacer tiempo y no entrar a clases después de los recreos.

No había estrenado aún el corazón: el amor era para mí un poema de Benedetti ('...porque te tengo y no...') que no entendía muy bien y esa de Silvio en que gastaba papeles recordándote y a final, siempre, te regalaba una canción. Todo tenía más de mito que de verdad, pero ay, si me miraba...si me miraba, yo sentía más fuerte la sangre y estaba segura, segurísima, de nunca más volverme a enamorar.

Me creía que escribía, tenía raptos de inspiración y llevaba a todas partes un cuadernito de tapas forradas con recortes de revistas. Me inventaba idilios, historias que nunca acababan de empezar, y me había embarcado en una novela donde volcar una nostalgia por lo que todavía no me había pasado.

Había visitado un observatorio astronómico y esa cúpula redonda y transparente me había dejado con la imaginación patas p'arriba: quise estudiar astronomía, pensando en que mirar las estrellas debía ser el trabajo más hermoso del mundo. Después me enteré de toda la física que tenía encima una estrella y, pensando en lo que me costaba el cuatro arañado en los exámenes de la escuela, desistí de mi poética ilusión.

Compartía el cuarto con mi hermana menor que heredaba mis guardapolvos de la escuela y mi gusto por los discos de Sui Generis. 
De noche solía llorar bastante (yo, mi hermana era una nena y se dormía chocha con algún cuento). Yo lloraba por miedos que no entendía; de mañana salía tempranito y no volvía hasta las 8, llena de abrazos amigos y proyectos que me salvaban las horas de luz.
Ya entonces soñaba un viaje que no haría sino muchos años más tarde y me aburría hasta el ronquido en la clase de francés. 

Mis amigas y yo nos escapábamos del baile que organizaba nuestro curso para tomarnos una cerveza: la emocionante aventura de escaparse a probar un trago de cualquier cosa, lo que fuera. Cruzábamos la vía y nos íbamos a Déjà-vu que por entonces era un barcito de esquina recién abierto. No brindábamos por nada, porque brindar era como mirar hacia adelante, y nosotras teníamos los cordones de las zapatillas atados al de la vereda, a esa calle, a esa exacta hora que nos juntaba ahí, hasta que pasaba el último colectivo y tocaba volver a casa.

Tenía un perro salchicha que lloraba siempre al lado de la puerta a la hora en que yo estaba por llegar, de quien yo solía decir que era más mío que del resto de la familia porque él podía sentir que era yo la que más lo quería.

Me había teñido varias veces el pelo de rojo, de morado y hasta de azul, con papel crepe o alguna tintura barata que duraba un par de días. No sé para qué. Supongo que me (nos) gustaba sentirme otra cada vez que me miraba al espejo.
Quería hacerme un tatuaje que dijera 'wish you were here', pero nunca ahorraba lo necesario.
Algunas noches soñaba con mi abuelo que no llegué a conocer, y con que me lo encontraba por la calle y me decía que nos parecíamos y me hablaba en su idioma y yo, sin entenderlo, lo entendía y lo quería más.

El país se sacudía con saqueos y corralitos, y había mucha gente haciendo las valijas. 
Mis compañeras y yo salíamos a la calle con una cinta negra en el brazo, que decía 'No al recorte a la educación'. Había algo divertido, como una adrenalina, en todo eso. Pero ya teníamos edad para saber que era una cosa seria: no sabíamos mucho de banderas ni de marchas, pero entendíamos que debíamos muchas cosas a la escuela pública y que nos correspondía, por pequeñito que fuera nuestro grito, defenderla con cuanto estuviera en nuestras manos.

Ésa, más o menos, era yo.
Tenía 16 años, unas adidas tipo botines (modelo Sl 76, ¡como para olvidarlas, con todo lo que anduvieron conmigo!), y caramelos de menta y chocolate en el bolsillo.
Estaba escuchando por primera vez a un hombrecito que cantaba para que pasara el vértigo, y algo en mí también se mareaba de sólo pensarlo, sin saber todo lo que vendría ni saber bien cómo haría la canción para exorcizar tanto terror de altura.

Tenía remeras pintadas con aerosoles de colores, un amigo por carta de quien no sabría nunca más nada y la sensación de que todo era eterno.
Odiaba la poesía cursi que nos hacían leer en clase de literatura, los 20 poemas de Neruda, las rimas de Bécquer, los versos de Catulo; y, en cambio, me la pasaba con El libro de los Abrazos en la mochila, y Las Venas abiertas... en la mesita de luz. Yo quería leer cosas que se parecieran más a lo que había detrás de mi ventana, y que me contaran, además, que había que luchar por lo que en ese paisaje faltaba.

Me acuerdo de sentir que estaba creciendo. Y de, un día, amanecer un poquito más alta.

Ésa era yo antes de muchos ciclones y de muchos soles, antes de varios tropiezos y de varios besos apresurados.
Ésa era yo hace unos años. La misma que todavía hoy me sacude por dentro si alguna vez pretendo olvidarme de ese tiempo amontonado por allá, en algún lugar de mi caos, en algún rincón de este presente, el de 'la chica grande', la que también pierde y encuentra y, en fin, la que también busca cómo hacerse al lujo de estar viva.




Las cuatro y diez by Luis Eduardo Aute y Silvio Rodriguez on Grooveshark



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