Yo no quise ser poeta
porque hubiera tantos
ni por el libro
y la tapa con mi nombre.
Yo quería hacerme dueña de la lluvia
y que todo lo que ella arrastra
y que su olor y su nube de color,
que todo lo que ella toca
con su caricia de humedad
también me pertenezca.
Yo no quise ser poeta
por la letra con sangre
(que no entra)
No quise para mí el título
el epíteto de la mano extendida
la obsesión por la palabra
ni siquiera porque fuera el arte
la única salida decente.
Yo quería masticar el silencio
de un año que se me perdió.
Quería desarmarlo
y encontrarle el mecanismo
para romperlo y que nunca más...
Quería una voz que oliera a estruendo
que saliera
que quebrara
que supiera abrir la puerta
para ir a jugar...
Yo no quería ser poeta
porque lo fueran mis mayores
No fue la necesidad de la mentira
ni el mejorar la ortografía
No fue querer revertir el hechizo
y volver
siempre volver
y que todo tiempo pasado
estuviera hecho de papel.
Yo quise que el acero se doblara
y no fueran todos colores primarios.
Quise la magia
y tu mano
(sobre todo quise tu mano)
todo de un solo golpe
y como envuelto para regalo.
Yo no quería ser poeta
ni por los acantilados
ni en la ternura.
No quería ni la pasión en cada espejo
ni el desamparo;
ni el frío de toda la tinta
ni el consuelo de ser de ayer.
Yo no quería ser poeta.
Será por eso que no lo soy.
Sin embargo algunos días
siento que todo eso que quería
se me desborda
como una estación
y las palabras se hacen solas
como incendios
de algún fuego escondido.