martes, 17 de agosto de 2010

Sin querer


Yo no quise ser poeta
porque hubiera tantos
ni por el libro
y la tapa con mi nombre.

Yo quería hacerme dueña de la lluvia
y que todo lo que ella arrastra
y que su olor y su nube de color,
que todo lo que ella toca
con su caricia de humedad
también me pertenezca.

Yo no quise ser poeta
por la letra con sangre
(que no entra)
No quise para mí el título
el epíteto de la mano extendida
la obsesión por la palabra
ni siquiera porque fuera el arte
la única salida decente.

Yo quería masticar el silencio
de un año que se me perdió.
Quería desarmarlo
y encontrarle el mecanismo
para romperlo y que nunca más...
Quería una voz que oliera a estruendo
que saliera
que quebrara
que supiera abrir la puerta
para ir a jugar...

Yo no quería ser poeta
porque lo fueran mis mayores
No fue la necesidad de la mentira
ni el mejorar la ortografía
No fue querer revertir el hechizo
y volver
siempre volver
y que todo tiempo pasado
estuviera hecho de papel.

Yo quise que el acero se doblara
y no fueran todos colores primarios.
Quise la magia
y tu mano
(sobre todo quise tu mano)
todo de un solo golpe
y como envuelto para regalo.

Yo no quería ser poeta
ni por los acantilados
ni en la ternura.

No quería ni la pasión en cada espejo
ni el desamparo;
ni el frío de toda la tinta
ni el consuelo de ser de ayer.

Yo no quería ser poeta.
Será por eso que no lo soy.

Sin embargo algunos días
siento que todo eso que quería
se me desborda
como una estación

y las palabras se hacen solas

como incendios

de algún fuego escondido.





martes, 3 de agosto de 2010

Para creernos


Volantines a tu nombre.
Sobrecitos de colores
y en la lluvia sos las cosas
que yo digo y lloro
que yo digo y digo
y cuando callo
es porque me has florecido
en un recuerdo
me has florecido
y te hacés más fuerte
tallito, gajito mío.


Dibujos,
tierra mojada,
sombreros que nunca voy a usar.
Te vas amontonando en los rincones
pelusa limpia de mi acierto
que me hacés pensar en los andamios
o en posibilidades que me invente
para hacer pie
y que todavía cuente el cuento.


No miente la poesía.
Es mentira que edulcore la vida,
es ella la que amarga el verso
y el café.
Es la vida la que nos coarta el desayuno,
la que hace sonar los relojes
anunciando la hora de irse
de partir y partirse
y con el amor a otra parte.

Suerte que está la poesía
para curarnos tan bien
para que la creemos y la creamos
y nos creamos:
que lo que vimos es nuestro
que los volantines son tuyos,
todos tuyos
y que sólo a mí me salió quererte
en verso apurado.

La poesía es para creernos poetas
los dos.

Lo que hacés conmigo

Un paraguas. Y en el paraguas, una gota. Una gota que va cayendo, que se desliza, y es un paraguas llorón. Todas las lágrimas han ido a dar allí, pero se llaman gotas, o se llaman lluvia. Y eso de arriba, el llorón de arriba, es el cielo gris.

Eso es lo que hacés conmigo, ¿lo ves? Me das paraguas que escribir. Me hacés pensar en la lluvia y en los llantos que chorrean de ese semi-cielo, de ese techo individual que es el paraguas, del no mojarme yo y que vea el resto...
También hay otras cosas, misterios de una espalda, firuletes en las palabras, lo que habrás querido decir. Es lo que hacés conmigo, que aún me lo pregunte.

Hoy cuesta verte tan claro. Antes era más fácil. No sé cómo leerte, ¿qué letra primero, cuál sílaba después?
No me sirve lo que aprendí en el primer grado. Entonces bastaba mirar para leer, y querer decir para escribir. Hoy no sé cómo alargar mis ojos, cómo detener lo que rebalsa de la boca.
Es lo que hacés conmigo: dejás inútil la escuela, me anulás los seis años o allá me dejás otra vez, flotando en una sopa de letras.

Vuelvo al paraguas. Un petit coin d'paradis...¿Te mostré a Brassens? No estoy segura. Es probable que ya lo conocieras: no es precisamente un hallazgo mío.
Tenía algo de ángel, dice la canción, y después se pierden, no se ven más.
Hasta ahí la canción, la vida es siempre un poco más ambiciosa. Nos seguimos encontrando, nos prestamos ratitos mientras decimos que nos ponemos al día y hacemos planes que a mí me saben igual de sólidos que la novela imposible esa que quiero escribir: es fantástica por donde se la mire, pero no existe, no es.

No sé porqué pienso en paraguas, o en espaldas o en palabras torcidas cuando pienso en vos. Es lo que hacés conmigo, que escriba. Y es lo que decís que te hago a vos: te miento que escribiendo se está mejor. Y me hacés caso pero todavía no leo qué cosas hermosas salen de todo eso. Todavía no te leo.
En cambio, te espero.
Siempre te espero.
Y es eso lo que hacés conmigo.

martes, 22 de junio de 2010

No de la luna

No me hables de la luna. Que esta noche está más hermosa, que no la deje de mirar.
Porque yo no puedo entonces pensar en otra cosa, o en otra luna. Yo pienso en vos pensando en la luna, pensando en decirme que me acuerde de ella, que le hable, que le cuente porque ella sabe, porque es siempre la misma, porque es tan tuya como mía, porque la vemos igual.

No me hables de las cosas que no se pueden hacer más que al revés. No empieces a decirme que te cuesta igual, que al volver duelen también las alas y que algo de ese soplo, de ese aire viejo, soy yo.
No coincidamos más: ni por escrito, ni en la energía, ni en francés, ni por omisión, ni por casualidad. No coincidamos en todo menos los espacios.
Ni me creas tanto. Ni desarmes todas mis frases, ni deshojes mi pronunciación, ni te pierdan esos errores garrafales míos. Ni hablemos más de Virginia y Ofelia, de las mujeres y el agua, de los círculos y el tuyo que me dejaste para que llevara siempre en el pecho, ni en mi lengua que te di encancionada para que me conocieras en letra y música.
No me despidas en la esquina verde del bar. No me despidas. No sea que todo sea cierto y en cualquier idioma y en lo redondo de un mundo o de unos ojos, nos volvamos a ver.

sábado, 5 de junio de 2010

Tango y rodilla

Quisiera tener otra letra. Quizá así tendría yo algo mejor para decir. Algo más que la verdad de ser quien viste del color que le dejen y pide permiso para pasar entre empujones.

Hace poco vi bailar tango a una pareja joven en la calle. No podía dejar de mirar sus rodillas: la mujer con las rodillas más perfectas, más hipnotizantes que vi jamás. El único mérito del fulano es que sabía llevarla, y que ella se dejaba llevar, algo que todo hombre debe ganarse con esmero y paciencia.
Cuando terminaron y la gente les aplaudió y hubo un par de moneditas en el sombrero, yo me acerqué a decirle, a ella, lo que me había hecho sentir. No fue el tango, señorita. Ya sé bien yo cuáles son los efectos, a menudo patéticos, que me provoca la música del arrabal. Con ella hay otra cosa, algo más. Sus piernas me bailan a mí. Creo que la he visto, cincuenta años antes. Y era usted, todavía más joven, y yo un muchachito que iba a casarse, con más miedo que ansiedad, despidiendo resignadamente su libertad cerca del puerto y lejos de la futura mujer de su vida.
No es triste, señorita, no me haga esa cara. Ella ya está muerta, igual que el muchachito soltero aquel que tenía miedo...pero no se ha perdido nada. Es la vida solamente, que no se olvida nunca de dejar pasar los años.
No tiene usted la culpa de nada o, en todo caso, lleva cierta responsabilidad (agridulce siempre la responsabilidad) de haberme devuelto a la tarde-noche en que me escapé de mi nueva vida aún sin estrenar, para enamorarme por última vez. Yo era dueño de todo esa nochecita cerca del puerto: de todos menos de usted, que bailaba y me llevaba en sus rodillas. Menos de usted, que de tanto quererla ya era más mía que estas manos o que estos ojos, menos gastados de ver que hoy, tan rebalsados de historias. De todo menos de mí.
Y todo esto de sólo verla, mire usted. Y déjeme que la mire ahora, otra vez, que la mire bien así puedo regar el recuerdo que, de tan marchito, ya no estaba allí.
¿De mí no se acuerda?
Aquella vez fue usted la que se acercó a hablarme: me preguntó si era yo el primo de un tal Fernando. Yo negué con la cabeza y seguí a la hinchada, que empezaba a emborracharse de camino al bar. Ni siquier lo pensé, alguno de mis primos segundos, de los más de veinte que tenía, habrá sido un Fernando, y una excusa para hablarnos, confundirnos, perdonarnos la molestia y seguir coincidiendo hasta el amanecer o el amor imposible, lo que viniera primero.
Pero yo iba pensando en huir antes de que todo se viniera abajo y yo descubriera que la vida era para mí entonces ancha y vasta, llena de cosas con mi nombre esperando sólo mi manotazo. No pude ni pensar en mi primo Fernando, ni en usted, señorita de tango y rodilla.

No soy un viejo caprichoso: el tiempo y yo estamos a mano, apenas si nos debremos algunas tardecitas al sol, siestas de invierno donde contarnos qué hicimos y porqué. Por lo demás, no me quejo, otros serán los que quieran volver atrás, a mí me gusta abrir la ventana de cada día y ver lo que hay detrás. No me acerqué a decirle todo esto porque intente recuperarme y mentir que sí, que soy el primo de ese Fernando, que ya me había dicho él que bailaba usted muy bien. No le hablo para asegurarle que esta vez no he de dejarla escapar, ni para que luego se asuste usted y, entre apenada y convencida, me devuelva al asilo.
Me acerco nada más que para contarle que está usted todavía más hermosa, que son de otro planeta sus rodillas y para pedirle que me dijera, por favor, su nombre, el mismo que nunca supe aquella última vez.



lunes, 31 de mayo de 2010

Irse llevando...


En tu casa que tiene adoquines y cosas que no conozco bien; en tu casa hay cosas que no he sabido decir. O que no digo porque no me salen, porque no tengo ganas, porque me hacen mal.
En tu casa hay una mujer que llora en otro idioma, que es tu madre quizá, o alguien que se parece mucho a ella llorando, a ella que nunca llora y sin embargo ahora...
Y una nena, tapándose la cara con loas brazos porque entra mucho sol por la ventana y no sabe qué hacer con él.
¿No te entristece? Porque a mí se me hace un nudo el pecho de ver tu casa tan sin tus cosas. De ver tus cosas desparramadas por el mundo donde no estoy yo, o donde no llegan mis postales, mis buenos deseos de cumpleaños o navidad.
Tenés una casa luminosa pero oscurecida: no sirven los ventanales que dan al cerro no hay luz que alcance.
Los farolitos te los llevaste encancionados, y a eso no te lo perdonan.
Si buscás un poco más, seguramente hallarás que entre tus dedos duermen apagadas las luciérnagas de varios veranos. Y así es como, con toda la inocencia, te llevaste una estación.
No sé de abril, pero me consta que fuiste vos el que nos robó el mes de enero.

jueves, 6 de mayo de 2010

Cerrando el paréntesis

Andaremos todos por ahí, desperdigados por el mundo haciéndonos guiños desde internet…
¡Es tan raro! Sólo ahora pienso en la suerte de haber vivido toda mi vida en un mismo lugar: y es que mis amigos, mal que mal, están todos amontonados dentro de una distancia mas o menos salvable a pie, en bici o en auto, eventualmente. Tengo tantas puertas para tocar, una seguida de la otra…
En algun punto creo que una va naturalizando las cosas que antes sólo podía soñar. Como sentarse frente al Mediterráneo. Como pasear a orillas del Sena. Como abrazar a mi amiga catalana despues de 5 años de contárnoslo todo. Una va naturalizando que el mundo es enorme y torpe, que el caos es el orden más lógico y que Babel es un poroto al lado de lo que hay hoy por hoy.
Volver es siempre volver: eso que me pasé meses pensando en medio del frio y de la noche apurada, que llegaba a eso de las cinco de la tarde. Yo sé que el regreso tiene su parte de gloria, y a eso no se lo quita nadie pero, ahora, tan de sorpresa, aparece el gusto agridulce de partir… Y esta vez, sin promesa de regreso.
Ningún punto seguido. Lo que estamos haciendo es cerrar un paréntesis, un largo paréntesis hecho de meses y cuya lengua oficial venía siendo siempre el francés. Mechado con inglés. Y con italiano. Y con español desvelado y entre copas…Al final, como decia Benedetti, también la vida es un paréntesis, y esto fue la vida de este lado del mar, lejos de la casa y el árbol.
Antes de salir me dijeron que el ser humano tiene una capacidad de adaptacioón sorprendente, que no me asustara porque llegaría el día, sin que yo lo buscara, en que terminaría por adaptarme. No sé bien qué signifique, en este caso, ‘adaptarse’ ¿Quiere decir cambiar o ceder moldeándose a lo que haya que vivir? En ese caso, no sé si me adapté…O quizá sí, un poco.
Lo que sé es que un dia, me sentí mas cómoda. Así de fácil (o, en realidad, mucho mas difícil de lo que suena). Un día no me dolió tanto estar lejos. Ni pensé en la identidad como algo que corría peligro. Ni me rompí de estar triste lejos de mis amigos. No sé porqué, pero un día le cambié el signo, me saqué los anteojos del destierro y me puse los de la huida: y entonces lo vi todo más claro. Seguí el juego y llené el pozo con todo. Todo.
Todo eso que hoy tengo detras de los ojos, como fuegos artificiales prendiéndose y apagándose, uno detrás de otro. Lo mismo que tendré que ordenar cuando me pregunten ‘cómo me fue’, ‘qué me pareció’ o ‘si fui feliz’.
La Sorbonne bajo la lluvia. Los paninnis bajo el sol. El frio en Londres. Los trenes partiendo. Los trenes en huelga. La Part-Dieu. El Rhône lleno de luces. Mi viejo y el Pont des Arts. El mercado de cerca de casa, la cajera y ese acento. La cerveza más barata. El vino tinto. El vino rosado. Los quesos después de la comida. Anita, cuando decía ‘iwiiiu’. Antonio, cuando charlamos esa noche de diciembre a las 2 de la mañana en el kiosque. Y esa plaza.
La vista desde Montmartre. La vista desde la abadia de Saint Michel. La vista desde mi cuarto capicúa. Las clases intragables. Las clases de cantar con la guitarra. El monoambiente de Paula, donde entrabamos ocho desparramados por el piso. Las pizzas gigantes que pedíamos por teléfono. Euronews a las 7 de la mañana. El hielo y los tropezones. Ver pasar las horas, girando como un lavarropas, en la laverie. Todas las frases y ‘voiiiiiiilà!’. El lago de Bouvent y el plan eterno de ir al monasterio de noche. El paisaje desde el tren Bourg-Lyon. Raconte-moi la terre. Las callecitas del viejo Lyon y su qué sé yo, viste. La magia de ver a mis viejos esperándome en el andén. Le sablier, ese barcito con música en Rennes. La locura de Marseille. La carta que me dejara mi abuelo. Caminar por Toulouse, ciudad de colores. El mar en Nice. El mar. El mar. El mar.
El sofa cama de la Ceca y el año nuevo en español. Las charlas con Gem y esa satisfacción de saldar cuentas con una misma. Todos los museos en Paris. Sarte y Simone. Cortazar y El exilio de Gardel. Amélie.
Los idiomas, todos. En la calle. En los barrios. En mi casa. La gracia del malentendido. Las coincidencias de palabras y de pensamientos. Internet y las novedades desde lejos. La canción que tardé en escribir. Brassens. Tryo. Cantar y que se pudra todo. Y luego dejar de cantar por tristeza, por bronca, por falta de costumbre. Los planes. Los nuevos planes. Las historias de los otros. La familia y los árboles genealógicos. Romperse. Volverse a armar. El humo. Los tragos. La esquina verde del Galway. Los tramites eternos. Las palabras que faltan. Cuando lloraba antes de dormir. Cuando soñaba que volvía y nadie lo sabía. Cuando llegaba corriendo a la gare. La musica del timbre del liceo. Las preguntas de los chicos y el español con acento francés. Vivir con una rusa que vive sola. Las comidas agridulces de los franceses. La tartiflette. La nena del parque que se quedo oyéndome cantar. La fuente de la place Bernard. El empleado de la mairie que me hizo la vida imposible, pero le gané. La cara de culo del vice-director. Escuchar a mis amigos del otro lado del mar. El frio que gasta. El dia en que empezaron a salir las flores. La fiesta del Beaujolais. La fiesta de Saint Patrick. El “J’ai Jamais...”. La gente preguntándonos a Antonio y a mí en qué idioma nos comunicabamos: nosotros respondiendo que en todos. Las películas de la noche. Las clases a las ocho de la mañana. Los mails que contestar. Los mails que no llegaban. La maquina lenta y la cabeza a las corridas. Cooking with Quentin. Decir “c’est dommagio” o “à quelle heure do we meet tonight?”. Decir “Tu vas me manquer”. Ser extranjero. Ser nuevo. Ser otro, o jugar a serlo. Escuchar pronunciar (bien) mi apellido. Escuchar pronunciar (mal) mi nombre. La primavera en Bourg. Los Alpes. Las idas y vueltas. Las vueltas a casa. La casa, nueva, otra, también casa y en francés, chez moi. Chez moi.
Qué sé yo, las cosas llena-vacios, las cosas que hacen al caos y el caos que es el orden. Es siempre más complicado que esto, siempre es más dificil. No podría siquiera intentar decirlo en francés, esto que siento, esto de que algo se me estruja de tener que salir, otra vez, como si el tiempo se hubiera detenido. Y no es cierto. Todo siguio andando o, peor, todo corrió, a velocidades descomunales y yo todavía no lo alcanzo. Corrí una maraton que nadie vio. Y es para todos como si siguiera allá, esperando cruzar la línea de partida. Aunque no sea estrictamente asi, aunque si haya quienes me vieron correr, aunque si haya otros corredores fantasma cerca mío. Ellos, los demás, los compañeros de ruta. Los desperdigados, como yo. Los que compartieron conmigo el paréntesis y el esfuerzo por hablar francés. Los amigos del mundo, perdidos en su geografía que no es la mía. O tal vez lo sea un poco, también, quién sabe: al fin y al cabo, estaremos hechos de los relieves que pisamos...¿O será que nos vamos dibujando por dentro el mapamundi que queremos ver? Yo quiero uno sin distancias: ya hace muchos años se lo hice decir a Zoe y no me escuché ¿Como puede ser que haya gente que nunca más vayamos a ver? ...Y si no es tan así,
¿cómo hacemos para saberlo con tiempo? El plan es siempre volver, dejando que pasen algunos años. Y otra vez que sea lo que viene siendo, porque hay cosas que si cambian es porque no sirven o porque son mentira o porque estamos todos locos: todo lo demas, está en su sitio.
De sitios es casualmente el problema. Irse y volverse es cambiar de sitios. Y es también cambiar de piel. Duele un poco mudar tan seguido las valijas y la piel. Duele un poco pero de despedidas y reencuentros nos vamos haciendo, todo lo que sea levantar la cabeza y pensar fuerte en un momento.