Nada sé, nada sé. Bueno, un poquito. Apenas.
Cosas chiquitas. Verdades de cartón. Secretos de quita y pon.
Los comparto para no andar el camino tan cargada, porque me los sé de memoria y por si a alguien le sirven. Son un compendio mínimo de mi corta vida. Los hay tristes y esperanzadores, los hay prolijos y más desordenados, infantiles y seriotes de cuando una se hace más grande.
Quería decir, por ejemplo, que vienen cajas que guardan cajitas que guardan otras más chiquitas, y así hasta el infinito, donde ninguna mano es lo suficientemente pequeña para seguir abriendo misterios que no son más que lo que son.
Y hay en una calle una baldosa floja en donde guardé toda esa lluvia. Es tanta, es tan toda, que no volví a pasar por ahí nunca más: tengo miedo de pisarla y desatar el tan dilatado diluvio, de abajo hacia arriba, de la baldosa al cielo, inundando toda la ciudad.
Es que, ¿saben qué cosa? Los meteorólogos no saben nada, este clima tan seco soy yo que ya no paso nunca más por la calle de la baldosa con lluvia.
Y, algo más: en el segundo exacto entre que metemos la cabeza bajo el agua y aquel en que abrimos los ojos, el hacedor de burbujas las va soplando para nosotros. Un día, a mis ocho años, abrí los ojos tres milisegundos antes de lo esperado y lo vi. Se puso colorado y me regaló una burbuja a la mitad, esa misma que mis ojos abiertos no lo dejaron terminar de completar. Hace tiempo regalé mi media burbuja y, de a ratos, cuando veo burbujas enteras, me da por extrañar mi bonita mitad.
Tengo un papel de caramelo que, sin saberlo él, es el tiempo. Cuando lo saco del bolsillo y lo huelo viajo a otra parte, y tengo muchos años menos, y la impunidad de dar unos besos que ya he gastado, que ya en otras bocas me dejé.
La primavera nos tuvo mucho tiempo engañados con eso de que es una estación. No se crean, la primavera es un estado de ánimo, es una excusa para unos versos, es el cruce de dos miradas, y es un segundo, como cantaba Joaquín. La primavera es estrenar el corazón.
Hay curvas en algunos cuerpos donde, les juro, vive el diablo. Y hay otras curvas, ay, otras curvas, que le dan nombre y motivo a las estrellas. Curvas que conviene nunca pasar de largo, curvas que hay que doblar con las manos y con la boca, porque diablo y estrellas valen la pena de un momento, un paréntesis en la vida de uno.
Y no sé cuántos secretos más me caben en un poco de blanco. Diría otras cosas pero, ésas sí, mucho menos secretas. Diría un sueño, una oración inventada, una cura, una canción.
Diría un amuleto al oído de los más mufa. Explicaría a dónde es que voy cuando canto y como duele volver. Y contaría dónde queda la poción del azar.
Se hace tarde y cuesta desempolvar la memoria. Ya me volverán en sueños los demás secretos, mis verdades de poca monta, mis inútiles saberes, como el de un beso bien dado, un adiós elegante, o la mejor manera de soplar un diente de león.
No hay comentarios:
Publicar un comentario