Era muy chiquitito. No sabía cómo se hacía una letra, y las palabras eran cosas que sonaban desde las bocas: largas, más cortitas, a los gritos, en la oreja, nuevitas y, algunas, imposibles.
En el jardín le habían pedido que
dibujara su casa y su familia. Pero no podía. Lo intentaba y no podía, se le
escapaban las formas y ni todos los crayones de colores le inspiraban a sus
manos lo que sus compañeritos hacían con tanta facilidad.
Se puso chinchudo, como se ponía
cuando las cosas no le salían como quería, y se fue a sentar solo a un rincón,
pensando en su casa y su familia, atorados en alguna parte entre su cabecita y
su brazo mareado.
Tenía tantas cosas para
dibujar...Los olores a comida, el perfume de su mamá, el calor en los pies de
la cama que compartía con sus hermanos, el nosequé de un beso antes de dormir.
Quiso dibujar todo ese tanto,
tanto ese todo, y su manito resignada se quedó muda.
Pero sus pocos años lo habían
criado peleador y mañoso, cabezadura y un poco torpe, así que se enjuagó los
ojos al borde de la lágrima, y en la pared (convenientemente forrada con
papeles blancos, para el desborde creativo de todos los niños) dejó que su
mano, que no sabía dibujar, hablara.
Empezaron a aparecer unos
garabatos de colores, idas y vueltas, firuletes a lo largo, de izquierda a
derecha y sin descanso.
Sin querer, queriendo, el que no
sabía dibujar se estaba inventando la palabra. Y eso ahí, amontonado y sin
abecedario, era para él el recuento de toda su vida conocida.
- ¿Y eso? ¿Qué dibujaste ahí? -
preguntó la señorita.
- Mi casa... Dibujé el perfume de
mi mamá, que me pica en la nariz...y los gritos de mi hermana cuando no quiere
el jarabe... y el ruido que hace el perro cuando se entera que llegué.
El que nace para contar, apenas
puede empieza a contarlo. Todo. Como sea.
El primer día del resto de su
vida, encontró a las palabras empuñando un crayón y trazando firuletes que para
el resto nada significaban
Desde entonces no las soltaría
más: esos firuletes iban a salvarle la vida.
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