domingo, 29 de marzo de 2009

Algo de mí


A veces no quiero irme a ninguna parte. Me olvido de soñar con alas y sueño, en cambio, con cosas que se quedan quietas, con fotos que son las de siempre, un momento suspendido, de esas que se te meten por los huesos y en ningún respiro te sale dejarlas ir.
A veces quiero doblar las mismas y eternas esquinas y que el camino a casa sea éste, siempre éste, que veo con los ojos cerrados (vale decir, los ojos abiertos para adentro, ¿no?).
Cuando quiero quedarme, cuando ocurre ese instante de peligrosa y anticipada nostalgia, sé que lenta y tercamente he comenzado a reconciliarme con el lugar de toda la vida, escenario de mis peores fracasos, trasfondo de las celebraciones más esperadas, espacio de crecer miedos y corajes. Me reconcilio casi sin esfuerzo, y me parece una locura no querer dejarme acá toda la vida, muriendo en las mismas sombras que ayer fueron luces, ese primerísimo día en que fui.
Aquí es donde el cielo me pertenece un poco, por todo lo que lo conozco, yo, a este preciso pedacito que he tenido sobre la cabeza por tanto tiempo.
Aquí entendí de poesía, porque fueron las servilletas de los bares de por acá las que albergaron siempre mis garabatos, porque de estas calles aprendí que afuera queda la mejor caligrafía.
Lloré en todas estas plazas por personas y circunstancias tan varias pero tan unas en el fondo, tan parte de lo mismo, inundando los verdes y los cementos y las estatuas y los próceres siempre por lo mismo. Porque aquí también es donde todo nace de lo mismo, y entonces nuestras miserias suelen entremezclarse con los amores y lo que sea que nos haga bien.
Siento que hay algo de mí en los perros que se doblan para entrar en las pocas sombras de las veredas, buscando refugiarse del ardor de las siestas.
Algo de mí en los viejitos que vigilan la calle sentados en sus zaguanes de casas viejas (de esas que ya no vienen más), como si quisieran cuidar que nada haya cambiado.
Algo de mí en el gesto de los chicos en bicicleta de la plaza, en los que rescatan la calle para los juegos, como si prefiriesen hacer como que el tiempo no ha pasado.
Algo de mí en las cosas que a la gente se le pierden, las que se quedan estancadas como el agua de las baldosas flojas, olvidos, descuidos, ausencias del bolsillo.
Algo de mí en los que ya no están y en los que no se deciden a llegar, en los descartes y sus puntos suspensivos, en la canción que aún queda por hacer.
Algo de mí en el aire sucio de hollín, en el acento y el grito, en los nombres que nombro y me saben llamar, quiero decir, en mis amigos, contemporáneos del alcohol, la risa y los desvelos.
A veces no quiero irme a ninguna parte. Será porque aquí está tan lleno de mí.

lunes, 23 de marzo de 2009

33 años de seguir cantando...

24 de marzo de 1976- 24 de marzo de 2009

A 33 años del golpe cívico-militar más sangriento de la historia argentina, quizá la única conclusión que salva es que de pie seguimos. Que no nos interesa 'reconciliarnos' porque nada bueno puede construirse estrechando manos cuando todavía, por debajo de los pies, corre la sangre. Que nos queda la memoria, que no es poco, y la voluntad de justicia, el puño cerrado y todos los gritos que en otro tiempo supieron callar tan estratégicamente. Que el sueño sigue intacto porque, como dijera el poeta, nuevos brazos y piernas han crecido de la carne talada, y todavía hay quienes queremos trabajar para la libertad. Que todavía cantamos y no estamos solos: muchos cantan con nosotros.


Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo era una cueva de ladrones
los aires ya no son tan buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos...

Si los nuestros quedaron sin abrazo
la patria casi muerta de tristeza
y el corazón del hombre se hizo añicos

antes que estallara la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos...

Cantamos porque el río este sonando
y cuando suena el río, suena el río
Cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

Cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
Cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

Si fuimos lejos como un horizonte,
si aquí quedaron árboles y cielo,
si cada noche es siempre era una ausencia
y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por qué cantamos...

Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

Cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
Cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota.

Cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta.

(Por qué cantamos- letra: Mario Benedetti. Música: Alberto Favero)






A 33 AÑOS, NI OLVIDO, NI PERDÓN.

CÁRCEL COMÚN PERPETUA Y EFECTIVA A TODOS LOS GENOCIDAS: NI UN SOLO ASESINO MÁS CAMINANDO POR NUESTRAS CALLES.

jueves, 12 de marzo de 2009

Quiénes vendrán...


Quién escribirá por nosotros, me pregunto yo, el día que nos cansemos o cuando tengamos algo mejor que hacer.
Quién se reirá de nuestros borradores, de nuestras verdades impublicables, irrenunciables, impostmodernizables.
Quién confiará en que, al final, éramos unos buenos muchachos, a pesar de las torpezas y las incertezas. Y sabrá que lo mío fueron todas corazonadas, como salir a volar barriletes en la tormenta, como elegir quererte y pedir todo lo del menú sin hojear siquiera los precios. Y entenderá porqué no cambio uno solo de mis moretones.
Quién se acordará de las flores que cortamos de los jardines vecinos y nos perdonará el atrevimiento.
Quién admitirá, con respeto y alguna que otra nostalgia, que va a extrañarnos y efectivamente nos echará de menos alguna noche de peligrosa serenidad.
Quién dirá, por ejemplo, que fuimos buena gente y unos ilusos (por no decir 'pelotudos'), que nos quedamos a medio camino de casi todo, mirando el paisaje, sacando fotos y jurando volver.
Quién para hacer nuestra merecida banda de sonido, melodías que cuenten la historia del miedo a quedarse despiertos, de los días a orillas del delirio, de besos tibios y la tristeza desbordante de llorar con los amigos. La música de nunca acabar, una que rompa la calma y luego la siembre, como única solución.
Quién encontrará nuestros zapatos, nuestras agendas y las ganas que tuvimos de crecer. Porque alguien, no sé yo quién, va a reírse de eso que te dije dos minutos antes de querer huir, de los fantasmas que juré que había bajo la cama, de mi dos más dos son diez.
Quién para convencerse de que nuestros garabatos, así de tartamudos como son, tienen mucho de que hablar; que no es alergia a las victorias sino que, si es a cualquier precio, preferimos perder. Porque al final no lo perdemos todo, al final siempre volvemos a arrimarnos a las sombras, a lo que queda aún con la casa desvalijada, al día de mañana, a los restos de todos los naufragios. Porque al final, aunque no nos lean ni nos escriban, ni nos llamen ni nos rediman, ni nos extrañen sin remedio ni se rían por no llorar, al final no perdemos. Nunca perdemos porque miramos por las costuras y nos alcanza a veces el aire para sentirnos volar. No perdemos porque, perdidos y todo, nos animamos a esbozar este quizá.

lunes, 9 de marzo de 2009

La fe de mis mayores


Pensando en lo descreída que soy y revolviendo entre mis pocas creencias, me acordé de algo, de alguien en quien siempre he creído, quizás porque en él creyeron varios antes que yo.
Primero le creyó mi abuelo, hace mucho tiempo, antes de que lo censuraran en este país, que apenas lo estaba descubriendo.
Después fueron mis viejos, quienes tuvieron el placer de verlo volver a estos escenarios, a ese tipo que sin respirar estas calles parecía conocerlas como a las palmas de sus manos, y que cuando cantaba hacía que esas verdades le temblaran en la voz.
Lo mío entonces fue una herencia, ineludible y sumamente necesaria. Lo conocí desde siempre.
Los domingos con sol siempre sonaba su Fiesta, y mi papá me explicaba que ahí donde decía 'verdes' en realidad había querido decir 'lilas, rojas y amarillas', pero no lo habían dejado.
La primera vez que lloré con un poema fue cuando, de su boca, oí a Miguel Hernández lamentar la pérdida de su amigo, sintiendo más esa muerte que su vida.
Me enamoró Entre un hola y un adiós, quise llamarme Lucía, escribir yo la historia de ese que se enamora de un maniqui de cartón piedra, y hasta muy tarde no entendí realmente lo profundo y lo preciso que había sido al hablar de la soledad y el manojillo de escarcha.
Supe entonces que había que creerle, porque siempre había dicho la verdad (a mi abuelo, a mis viejos y a mí), porque los amigos son sueños imprevistos y el sol sólo es el sol si brilla en ti. Porque el valor no es el precio, y llorar siempre es mejor en el mar; porque no está bueno andar camuflado por nadie ni por nada, y porque la vida a veces nos gasta bromas y, otras, se nos da entera y en cueros, mágica y radiante...
Así es que, prosiguiendo con nuestro desfile de primeras figuras (que vienen a matizar un poco tanta palabra mal barajada mía), lo traigo al Nano, certeza irrefutable, fe de mis mayores.



Nota: Esto ya fue pegado una vez en el callejón, la casa vieja. Ocurre que dicen que lo sensible se renueva, y esto entonces, tiene (y tendrá) eterna vigencia. Un homenaje.

sábado, 7 de marzo de 2009

Quejitas de recital

La música en vivo es, a mi criterio, una de las cosas más hermosas y disfrutables de la vida. Hablo, por supuesto, de la música que amamos, de los músicos, y poetas cantores que nos oxigenan la vida, que nos enseñan a enamorarnos con sus bandas de sonido, que nos pueblan las soledades para que no se sientan ellas tan solas. En fin, esa gente que no tiene idea de lo que nos conmueve su sola presencia, cómo podríamos contar nuestras vidas hilando sus canciones una a una, como las cuentas de un largo collar.
Escucharlos en vivo debiera ser, después de todo lo dicho, algo así como tocar el cielo con las manos por un par de horas, un paseo de placer, una experiencia como de ensueño.
Pero no.

Ocurre que no suele ser una la única que no se quiere perder el evento. Tanto dista la vida del sueño que es prácticamente imposible que nuestro ídolo tenga ganas de darle a sus seguidores recitales privados o, al menos, de grupos reducidos: diez o quince amigos unidos por su música y otros afectos. Pragmáticos y despreocupados, todos nuestros queridos músicos deciden presentar su espectáculo para cientos o miles de personas; palo y a la bolsa, y a otra cosa mariposa.
Finalmente, más que la música de estos señores a los que en principio fuimos a ver, la verdadera experiencia termina siendo el compartir platea con el resto del mundo.
Hay una serie de cosas que no pueden faltar en ningún recital y que ya es hora que alguien denuncie: no puede ser que además de tener que bancarlas estóicamente (porque no se puede ni se quiere arruinarse a una misma la noche o salir corriendo y perderse algo tan esperado) luego tengamos que tragarnos tanta puteada.

Comienza, como todas las cosas, por el principio. Evidentemente hay gente que se niega a reconocer que ser tarderos ES un problema, sobre todo para los otros. Saben que el músico no va a irse a ningún lado si no los encuentra, que el espectáculo empezará de cualquier forma aunque ellos se demoren y que, 'de última, es mi problema, la que se pierde el primer tema soy yo'. Lo que no saben es que al resto le jode soberanamente las pelotas el despliegue que se genera cuando ellos, todos los tarderos que se manejan con el mismo razonamiento pelotudo, llegan durante o después del primer y segundo tema. Me refiero sobre todo a los que sacan entradas vip, númeradas y sin cola, y creen que el hecho de haber gastado más plata que los demás, les da el divino derecho a llegar en cualquier momento como si fuera una charla en el living del dueño de la noche. Sepan que no: no los conoce, no le interesa conocerlos y sí le molesta que lleguen a la hora que quieran. Al final, viene a ofrecer sus canciones, y es lógico pensar que, el que pagó (encima esa cantidad) quiere oírlas todas.
Luego durante el recital per se, hay toda clase de pequeñas cuestiones capaces, todas juntas, de hacer explotar al más sereno.

La gente que canta sus temas preferidos a un volúmen desorbitante es insoportable. Una cosa es no poder contener la emoción y seguir la letra tantas veces cantada, en respetuosa media voz. Otra cosa muy distinta es la de pegar alaridos que ruborizarían a más de una gata en celo. A mí también me gusta la canción pero, entenderás, no es lo mismo escucharlo a él cantándola (que es, al fin y al cabo, por lo que esperé, por lo que pagué) que a vos, en tu sana costumbre de no entonar ni un sonido, chillando 'Penelopeeeee con su bolso de piel marroooon (...) !!!!'

El aplauso es otro tema complejo, como para tesis de doctorado. Están, por un lado, los oyentes emocionados que son los que aplauden en todo momento: cada bocado que la estrella tira al pasar entre tema y tema les parece digno de aplauso (como para que él sepa que ellos sí que entendieron el chiste), y no hay vez que dejen escuchar los primeros versos de una canción porque están dedicados, con un tesón que no acabo de entender, a aplaudir cada vez que reconocen los primeros acordes de una canción (como para que él sepa que ellos sí que la vieron venir). Por otro lado están los oyentes compenetrados profundamente con el ritmo que creen que toda canción más o menos 'movida' es susceptible de ser acompañada con palmas, y que lo mismo que hacen con sus piecitos molestos va a quedar bárbaro hecho aplauso. El resultado es una cosa torpe, sin ningún tipo de coordinación, totalmente sincopada y que tiene poco o nada que ver con el ritmo que exige la canción en curso. En fin, una cagada arruina-momentos.

Los primos hermanos de los aplaudidores compulsivos (y todavía más pelotudos, si cabe) son los (aunque a menudo 'las') que se dedican a gritar sugerencias de repertorio, declaraciones de amor y alguna que otra idiotez pseudo-ingeniosa.Parece que nadie les avisó que su ídolo ya tiene bastantes 'te-amooooooos' de fanáticas y todos le resultan igualmente intrascendentes. No les contaron tampoco que, mal que le pese, el repertorio ya está armado (para eso ensaya la gente) y su pedido no hará que, de pronto, el músico reconsidere todo su programa previo porque no se le había ocurrido lo lindo que era ese tema. Y no saben, en fin, que molestan al espectador que no ha ido a escucharlos hablar a ellos y que está dispuesto a disfrutar los temas que su autor ha decidido ofrecer.

Merecen mención todo tipo de ruidosos: los que mastican como si afuera los esperara el pelotón de fusilamiento, los que juegan con bolsas y vasos plásticos, aquellos a los que les sobrevienen inoportunos ataques de tos, alergias estornudadoras etc.

Finalmente, y aunque siempre me esté olvidando de alguna cosa (que ustedes gentilmente podrán recordarme), están los que más detesto y temo: los boludos del celular. Su primera idiotez es no apagar el celular aún a pesar de los cientos de advertencias que hacen los teatros, los músicos, y hasta los eventuales acompañantes. Yo no sé si lo consideran un acto de rebeldía berreta, o qué, pero el caso es que no se dan por aludidos y lo dejan prendido. La segunda idiotez es la de dejarlo sonar (con el ringtone más fuerte e insoportable de todos) una, dos, tres veces POR llamado, sin convencerse jamás de que ya es hora de apagarlo. La tercera idiotez (y a ésta, hay que admitirlo, no llegan todos) es la de atender efectivamente un llamado y ponerse a hablar como si estuvieran solos en la calle. Pagan arriba de cincuenta pesos por hablar por teléfono con ese fondito musical. Alguien debería proponerles, para que ahorren un poco, irse a hablar a su cuarto y poner a sonar el cd. Son el colmo del desubique y su actitud bien podría ser digna de algún tipo de multa municipal, o al menos un codazo del espectador inmediatamente contiguo y el secuestro de su celular para regalárselo a alguien que pueda darle un mejor uso.

Yo sé que hay más cosas. Sé que hay MILES de cosas más, pero en este momento no se me ocurren. Como sea, ya lo dije.
Suspiro. Es un alivio.

martes, 3 de marzo de 2009

Han de venir

A los amigos

Han de venir los días, han de venir.
Yo te lo prometo, lluvia que no llega,
te lo prometo ombligo mío,
dioses, duendes, crecientes de cuantos ríos que se pierden,
lo prometo.
Como que me llamo así como me llamo
y no tengo empacho en llorar o en rogar sin credo
o en decir sin rima que trae el viento
lo que alguna vez se llevó.

Ha de venir el invierno cuando nos hartemos de arder
han de venir los encuentros, lo prometo
porque hace falta la tregua, la bocanada,
el renglón que se llena de nada
o de un sólo nombre que cuando se dice
se revuelve, se descose, se parte y se parcha
el alma.

Han de venir, lo juro por todos los desvelos,
por los elefantes de trompa alta de la suerte
por los rompecabezas completos
por los dibujos de casa, familia y árbol
que hacíamos sin querer en el jardín.

Lo sé como una rompiente de olas en el pecho,
como al primer arpegio,
como que la casa siempre queda lejos
y como sé que hay que vivir entre entierros
que más vale inventarse que buscarse en el manual.

Vendrán con orgullo de recién nacido
todos los días que hoy nos faltan,
los días que guardamos para amar,
para escribir el verso gana-pan
para quemar las naves y decir que no fue en vano
cerrar los ojos y esperar.

Han de venir los días, han de venir.
Yo te lo prometo, lluvia que no llega,
te lo prometo escarabajo que me hace cosquillas,
burbuja, diente de león.

Te lo juro aún sin saber tu nombre,
vendrás con esos días,
ojos turbios de tanto mundo,
bajo alguna otra lluvia
que se decida a llegar.

lunes, 2 de marzo de 2009

Des-eduquémos

Hay muchas cosas en el mundo que no entiendo, pero hay una en particular que detesto profundamente no entender porque la lógica me dice que debería ser mucho más sencillo de lo que es: el tema de la mala educación.
Y no me refiero a la gente que no saluda, que no sabe decir gracias o que no conoce ni una mínima regla de conducta social (todo lo cual me parece tentadoramente discutible, pero para otra vez).
No, me refiero a la mala educación de salir de las escuelas, las universidades o cualquier otro centro de estudios, sin haber aprendido más que a repetir, a callar y difundir ese silencio, esa resignada automatización.
Maleducados estamos cada vez que un profesor nos pide las lecciones 'de memoria', cuando se nos exige desaprender las pasiones, móviles absolutos de todo lo que vale la pena.
No sirve la escuela cuyos papeles de fin de año da lo mismo guardar o quemar, y los libros que admiten una sola lectura porque así lo dicen los jefes de cátedra, los críticos o la academia. No sirve la universidad de los mudos (o de los amordazados), la que come de las frustraciones y augura el peor de los futuros posibles.
No es verdad que 'las cosas son así', ni es definitivo ningún discurso, por alto que esté el podio de su autor. Y tenía razón la canción, al mundo lo habían partido en dos, los sueños se desangraron y en la escuela nadie se enteró de nada.

Si vamos a ser categóricos digamos otras cosas. Digamos, por ejemplo, que la educación no sirve si no es para la libertad, porque libres deben ser los hombres que sepan confiar en sus manos y su voluntad de torcer los rumbos. No sirve educarse maniatados.
Es inútil tener un pizarrón y una burbuja, la maravilla de la letra sin nada verdadero para decir. Y cuando digo verdadero me refiero a lo que pasa allá afuera, a eso de que haya calles y tantos mundos como caminantes y tantos caminantes como verdades.
Me refiero a practicar, a ser expertos, en la propia y desordenada caligrafía porque hace falta que alguien diga algo sin que se lo soplen al oído. Quizá, de una vez por todas, haya que cambiar la estrategia y empezar a pensar que la vida y el sueño son, en realidad, dos caras de la misma moneda, y que los soñadores empedernidos (los que no dejan de tender puentes, de llorar del esfuerzo, de cantar ilusionados a su sueño) no son los idiotas que se atreven a creer que hay otro mundo posible.
No puede ser que las aulas se dediquen a ajarnos las alas, a coartarnos el brillo, a convencernos de que todo tiempo pasado fue mejor, que llegamos para el postre y es mejor pasar por la fiesta de bajo perfil. Las aulas deben ser talleres llenos de espejos, un lugar donde no se divorcie el arte de la ciencia ni a la cabeza del corazón, un lugar donde crear no sea de 'chantas' sino de alquimistas que tienen mucho que decir a los que vendrán.
Qué enferma está la educación que nos tiene a todos en cuarentena, encerrados en teorías obsoletas, en cuestiones inútiles, bajo techos que se llueven y a merced de gente que hace agua por todos sus discursos. Gente a la que parece que la historia no les ha enseñado nada, dinosaurios anquilosados que aprendieron lo necesario para estar allí donde están y es eso mismo lo que nos quieren decir: que, básicamente, a la vida también puede aprobársela con cuatro.
Hay que hacer otras cosas pero saber hacerlas. Sirven, entonces, todos los libros, siempre que no se lean con los lentes que nos tienen prohibido no usar, siempre que no mandemos a dormir la pasión y las convicciones mientras nos desvelamos con las lecturas obligatorias. Hay que hacer con fundamentos para saber dónde nos aprieta el zapato y preparar así la mejor defensa.
Y ser sensibles, munirnos de ternura porque, ya es hora de que lo vayamos sabiendo, la ternura también es antibalas.
Ser memoriosos y pensar que algún día, tal vez, las canciones sí lleguen a salvar los planetas, y no lleguen siempre últimos los mismos, y caminar con las manos se vuelva una costumbre.
Saber que no están muertas las horas que pasamos, que seguiremos pasando, en bares y en plazas cuidando la noche y urdiendo estrategias contra todos los males de este mundo.
Saber, con la certeza de todos los libros viejos de todas las bibliotecas nacionales, que estamos vivos y buscando, buscándonos.
Que mientras haya luces en la calle habrá puertas abiertas o al menos zaguanes que nos curen de la intemperie.
Que aprendemos a todas horas en cuadernos borradores que no quedan en ninguna parte.
Que no habrá que olvidar esos apuntes porque salvan.
Porque ya es hora de que la educación para la libertad se ponga de moda.

"Oubliez tout ce que vous avez appris. Commencez par rêver"

"Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar"

(Pintada del Mayo Francés)