lunes, 2 de marzo de 2009

Des-eduquémos

Hay muchas cosas en el mundo que no entiendo, pero hay una en particular que detesto profundamente no entender porque la lógica me dice que debería ser mucho más sencillo de lo que es: el tema de la mala educación.
Y no me refiero a la gente que no saluda, que no sabe decir gracias o que no conoce ni una mínima regla de conducta social (todo lo cual me parece tentadoramente discutible, pero para otra vez).
No, me refiero a la mala educación de salir de las escuelas, las universidades o cualquier otro centro de estudios, sin haber aprendido más que a repetir, a callar y difundir ese silencio, esa resignada automatización.
Maleducados estamos cada vez que un profesor nos pide las lecciones 'de memoria', cuando se nos exige desaprender las pasiones, móviles absolutos de todo lo que vale la pena.
No sirve la escuela cuyos papeles de fin de año da lo mismo guardar o quemar, y los libros que admiten una sola lectura porque así lo dicen los jefes de cátedra, los críticos o la academia. No sirve la universidad de los mudos (o de los amordazados), la que come de las frustraciones y augura el peor de los futuros posibles.
No es verdad que 'las cosas son así', ni es definitivo ningún discurso, por alto que esté el podio de su autor. Y tenía razón la canción, al mundo lo habían partido en dos, los sueños se desangraron y en la escuela nadie se enteró de nada.

Si vamos a ser categóricos digamos otras cosas. Digamos, por ejemplo, que la educación no sirve si no es para la libertad, porque libres deben ser los hombres que sepan confiar en sus manos y su voluntad de torcer los rumbos. No sirve educarse maniatados.
Es inútil tener un pizarrón y una burbuja, la maravilla de la letra sin nada verdadero para decir. Y cuando digo verdadero me refiero a lo que pasa allá afuera, a eso de que haya calles y tantos mundos como caminantes y tantos caminantes como verdades.
Me refiero a practicar, a ser expertos, en la propia y desordenada caligrafía porque hace falta que alguien diga algo sin que se lo soplen al oído. Quizá, de una vez por todas, haya que cambiar la estrategia y empezar a pensar que la vida y el sueño son, en realidad, dos caras de la misma moneda, y que los soñadores empedernidos (los que no dejan de tender puentes, de llorar del esfuerzo, de cantar ilusionados a su sueño) no son los idiotas que se atreven a creer que hay otro mundo posible.
No puede ser que las aulas se dediquen a ajarnos las alas, a coartarnos el brillo, a convencernos de que todo tiempo pasado fue mejor, que llegamos para el postre y es mejor pasar por la fiesta de bajo perfil. Las aulas deben ser talleres llenos de espejos, un lugar donde no se divorcie el arte de la ciencia ni a la cabeza del corazón, un lugar donde crear no sea de 'chantas' sino de alquimistas que tienen mucho que decir a los que vendrán.
Qué enferma está la educación que nos tiene a todos en cuarentena, encerrados en teorías obsoletas, en cuestiones inútiles, bajo techos que se llueven y a merced de gente que hace agua por todos sus discursos. Gente a la que parece que la historia no les ha enseñado nada, dinosaurios anquilosados que aprendieron lo necesario para estar allí donde están y es eso mismo lo que nos quieren decir: que, básicamente, a la vida también puede aprobársela con cuatro.
Hay que hacer otras cosas pero saber hacerlas. Sirven, entonces, todos los libros, siempre que no se lean con los lentes que nos tienen prohibido no usar, siempre que no mandemos a dormir la pasión y las convicciones mientras nos desvelamos con las lecturas obligatorias. Hay que hacer con fundamentos para saber dónde nos aprieta el zapato y preparar así la mejor defensa.
Y ser sensibles, munirnos de ternura porque, ya es hora de que lo vayamos sabiendo, la ternura también es antibalas.
Ser memoriosos y pensar que algún día, tal vez, las canciones sí lleguen a salvar los planetas, y no lleguen siempre últimos los mismos, y caminar con las manos se vuelva una costumbre.
Saber que no están muertas las horas que pasamos, que seguiremos pasando, en bares y en plazas cuidando la noche y urdiendo estrategias contra todos los males de este mundo.
Saber, con la certeza de todos los libros viejos de todas las bibliotecas nacionales, que estamos vivos y buscando, buscándonos.
Que mientras haya luces en la calle habrá puertas abiertas o al menos zaguanes que nos curen de la intemperie.
Que aprendemos a todas horas en cuadernos borradores que no quedan en ninguna parte.
Que no habrá que olvidar esos apuntes porque salvan.
Porque ya es hora de que la educación para la libertad se ponga de moda.

"Oubliez tout ce que vous avez appris. Commencez par rêver"

"Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar"

(Pintada del Mayo Francés)

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