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sábado, 7 de marzo de 2009

Quejitas de recital

La música en vivo es, a mi criterio, una de las cosas más hermosas y disfrutables de la vida. Hablo, por supuesto, de la música que amamos, de los músicos, y poetas cantores que nos oxigenan la vida, que nos enseñan a enamorarnos con sus bandas de sonido, que nos pueblan las soledades para que no se sientan ellas tan solas. En fin, esa gente que no tiene idea de lo que nos conmueve su sola presencia, cómo podríamos contar nuestras vidas hilando sus canciones una a una, como las cuentas de un largo collar.
Escucharlos en vivo debiera ser, después de todo lo dicho, algo así como tocar el cielo con las manos por un par de horas, un paseo de placer, una experiencia como de ensueño.
Pero no.

Ocurre que no suele ser una la única que no se quiere perder el evento. Tanto dista la vida del sueño que es prácticamente imposible que nuestro ídolo tenga ganas de darle a sus seguidores recitales privados o, al menos, de grupos reducidos: diez o quince amigos unidos por su música y otros afectos. Pragmáticos y despreocupados, todos nuestros queridos músicos deciden presentar su espectáculo para cientos o miles de personas; palo y a la bolsa, y a otra cosa mariposa.
Finalmente, más que la música de estos señores a los que en principio fuimos a ver, la verdadera experiencia termina siendo el compartir platea con el resto del mundo.
Hay una serie de cosas que no pueden faltar en ningún recital y que ya es hora que alguien denuncie: no puede ser que además de tener que bancarlas estóicamente (porque no se puede ni se quiere arruinarse a una misma la noche o salir corriendo y perderse algo tan esperado) luego tengamos que tragarnos tanta puteada.

Comienza, como todas las cosas, por el principio. Evidentemente hay gente que se niega a reconocer que ser tarderos ES un problema, sobre todo para los otros. Saben que el músico no va a irse a ningún lado si no los encuentra, que el espectáculo empezará de cualquier forma aunque ellos se demoren y que, 'de última, es mi problema, la que se pierde el primer tema soy yo'. Lo que no saben es que al resto le jode soberanamente las pelotas el despliegue que se genera cuando ellos, todos los tarderos que se manejan con el mismo razonamiento pelotudo, llegan durante o después del primer y segundo tema. Me refiero sobre todo a los que sacan entradas vip, númeradas y sin cola, y creen que el hecho de haber gastado más plata que los demás, les da el divino derecho a llegar en cualquier momento como si fuera una charla en el living del dueño de la noche. Sepan que no: no los conoce, no le interesa conocerlos y sí le molesta que lleguen a la hora que quieran. Al final, viene a ofrecer sus canciones, y es lógico pensar que, el que pagó (encima esa cantidad) quiere oírlas todas.
Luego durante el recital per se, hay toda clase de pequeñas cuestiones capaces, todas juntas, de hacer explotar al más sereno.

La gente que canta sus temas preferidos a un volúmen desorbitante es insoportable. Una cosa es no poder contener la emoción y seguir la letra tantas veces cantada, en respetuosa media voz. Otra cosa muy distinta es la de pegar alaridos que ruborizarían a más de una gata en celo. A mí también me gusta la canción pero, entenderás, no es lo mismo escucharlo a él cantándola (que es, al fin y al cabo, por lo que esperé, por lo que pagué) que a vos, en tu sana costumbre de no entonar ni un sonido, chillando 'Penelopeeeee con su bolso de piel marroooon (...) !!!!'

El aplauso es otro tema complejo, como para tesis de doctorado. Están, por un lado, los oyentes emocionados que son los que aplauden en todo momento: cada bocado que la estrella tira al pasar entre tema y tema les parece digno de aplauso (como para que él sepa que ellos sí que entendieron el chiste), y no hay vez que dejen escuchar los primeros versos de una canción porque están dedicados, con un tesón que no acabo de entender, a aplaudir cada vez que reconocen los primeros acordes de una canción (como para que él sepa que ellos sí que la vieron venir). Por otro lado están los oyentes compenetrados profundamente con el ritmo que creen que toda canción más o menos 'movida' es susceptible de ser acompañada con palmas, y que lo mismo que hacen con sus piecitos molestos va a quedar bárbaro hecho aplauso. El resultado es una cosa torpe, sin ningún tipo de coordinación, totalmente sincopada y que tiene poco o nada que ver con el ritmo que exige la canción en curso. En fin, una cagada arruina-momentos.

Los primos hermanos de los aplaudidores compulsivos (y todavía más pelotudos, si cabe) son los (aunque a menudo 'las') que se dedican a gritar sugerencias de repertorio, declaraciones de amor y alguna que otra idiotez pseudo-ingeniosa.Parece que nadie les avisó que su ídolo ya tiene bastantes 'te-amooooooos' de fanáticas y todos le resultan igualmente intrascendentes. No les contaron tampoco que, mal que le pese, el repertorio ya está armado (para eso ensaya la gente) y su pedido no hará que, de pronto, el músico reconsidere todo su programa previo porque no se le había ocurrido lo lindo que era ese tema. Y no saben, en fin, que molestan al espectador que no ha ido a escucharlos hablar a ellos y que está dispuesto a disfrutar los temas que su autor ha decidido ofrecer.

Merecen mención todo tipo de ruidosos: los que mastican como si afuera los esperara el pelotón de fusilamiento, los que juegan con bolsas y vasos plásticos, aquellos a los que les sobrevienen inoportunos ataques de tos, alergias estornudadoras etc.

Finalmente, y aunque siempre me esté olvidando de alguna cosa (que ustedes gentilmente podrán recordarme), están los que más detesto y temo: los boludos del celular. Su primera idiotez es no apagar el celular aún a pesar de los cientos de advertencias que hacen los teatros, los músicos, y hasta los eventuales acompañantes. Yo no sé si lo consideran un acto de rebeldía berreta, o qué, pero el caso es que no se dan por aludidos y lo dejan prendido. La segunda idiotez es la de dejarlo sonar (con el ringtone más fuerte e insoportable de todos) una, dos, tres veces POR llamado, sin convencerse jamás de que ya es hora de apagarlo. La tercera idiotez (y a ésta, hay que admitirlo, no llegan todos) es la de atender efectivamente un llamado y ponerse a hablar como si estuvieran solos en la calle. Pagan arriba de cincuenta pesos por hablar por teléfono con ese fondito musical. Alguien debería proponerles, para que ahorren un poco, irse a hablar a su cuarto y poner a sonar el cd. Son el colmo del desubique y su actitud bien podría ser digna de algún tipo de multa municipal, o al menos un codazo del espectador inmediatamente contiguo y el secuestro de su celular para regalárselo a alguien que pueda darle un mejor uso.

Yo sé que hay más cosas. Sé que hay MILES de cosas más, pero en este momento no se me ocurren. Como sea, ya lo dije.
Suspiro. Es un alivio.

sábado, 14 de febrero de 2009

No es nada personal pero...


... Y es todo lo que voy a decir al respecto...

miércoles, 4 de febrero de 2009

Quejitas de bolsillo

Sin ningún afán de originalidad, porque sé que hay gente que se dedica a esto y lo hace mucho mejor, me dispongo a hacer inventario de unas cuantas quejas que me están zumbando desde hace tiempo ya. Son cortas, concisas y, seguramente, muy poco mías (me juego las manos a que muchos coincidirán conmigo) pero necesito urgentemente sacarlas de mi sistema. Es que, yo no sé si serán las vacaciones y el tiempo de más, pero se están volviendo cuestiones tan evidentes que empiezan a romperme, cada vez más, soberanamente las pelotas. Aquí van:

- Me sacan de mis casillas las personas (en general mujeres con niños) que van a un kiosco y se toman más de cinco minutos en la onerosa compra de unos chicles y alguna golosina para el nene. A menudo hacen que el chico (de dos años y medio) elija solito lo que él prefiere llevar, y hasta que no lo expresa claramente y levanta el producto por su cuenta, no se convencen de que es eso lo mejor que le pueden comprar. Para coronarla, suelen pasarse otros varios minutos más buscando monedita a monedita en la cartera.

- Me molesta hasta el punto del desvelo, la gente que escribe dE eStA mAnEra.Para recalcar ya existen las mayúsculas solitas y armónicas, entonces por qué ese invento, ¡¿por qué?!
En la misma línea de queja, me horroriza pasear por algún fotolog y descubrir que los púberes de hoy escriben en un dialecto que, estoy segura, no es el de ningún rincón de este o cualquier otro mundo. Me pregunto qué clase de nueva dislexia se está desarrollando cuando alguien dice:

h0LA._!.
muyy leemDa f0t0._!.
bX0z.
P a u h.____x


Me pregunto y, por las dudas, mejor no me contesto. No alcanza la lingüística como disciplina para responderlo.

- Cada vez son más las vendedoras (en los comercios de ropa, sobre todo) que tratan a sus clientas de 'mami' y 'gordi' o 'gorda'. Me enerva: no soy la madre de nadie y, en todo caso, si lo fuera (y a menos que se trate de un reencuentro de esos que no hay desde que Sorpresa y 1/2) no soy la suya. Tampoco cae muy bien el otro apelativo: somos todas mujeres, queda claro que nada relacionado con el peso puede sonar cariñoso, mucho menos entre extrañas.

A la vez, y en el otro extremo, cada vez son más las de verdulerías y almacenes barriales que la tratan a una de 'señora' y 'doña'. Que sepan que a nosotras (las que todavía nos consideramos, y nos queremos mantener lo más que se pueda, jóvenes) esa formalidad no nos honra sino que, muy por el contrario, nos choca casi tanto como el exceso de confianza de sus pares, las vendedoras de ropa, indumentaria y accesorios.


- Me inquieta la gente que llama por teléfono a la casa de alguien y lo primero que hace es preguntar con quién habla. Los que atendemos del otro lado, nos vemos en la obligación de ser amables y contestarle a el/la desubicado(a) datos que, quizás (y si ha marcado mal, como suele ocurrir) ni le incumben. Personalmente, la mayoría de las veces no temo pasar por maleducada y retruco: 'Pero, ¿con quién quiere hablar?', a lo cual suelen repetirme la pregunta '¿Con quién hablo?', entrando en un juego circular que puede no terminarse nunca. Bueno, en general lo termino yo, cortando la comunicación.
La cosa es así: el interesado en comunicarse debe presentarse primero y luego averigüar quién está del otro lado. Parece una lógica sencillísima, yo no entiendo porqué hay gente que no la aplica y/o que todavía se ofende si una se niega a dar sus datos al primer desconocido que hace sonar un teléfono.


- En estas vacaciones he terminado de criar un odio arcano y sanguinario por los porteños vacacionando en cualquier lado. Son una patota quilombera que va mirándolo todo como desde la ventanilla de un avión. Son burlones, irreverentes, llenos de humos e ignorantes de todo lo que no quede antes de la General Paz. Siempre en Buenos Aires hay algo como eso, y mejor. De hecho, a tres cuadras, en su barrio, se acaba el mundo: me pregunto entonces porqué salen de sus burbujas. Lo peor de todo: son 'EL argentino' por antonomasia. Dan ganas de hacerse el harakiri con una grisín. O mejor, hacérselo a ellos.


- En cinco años no he logrado acostumbrarme a ser paciente, tolerante y respetuosa con la gente que se cree divertidísima y súper original y pregunta, ya que estudio letras, si es que ya he pasado la eñe o por qué parte del abecedario voy. Los que acotan que el cursado consiste en realizar carteles y pancartas tampoco se quedan atrás: muy por el contrario, demuestran que la boludez encontrará siempre vías de perpetración y superación, aún cuando a la misma imaginación humana le falten los recursos para verla venir.
No es gracioso, no es ingenioso, no cae simpático, no rompe el hielo y ciertamente no es más digno que preguntar, con toda la humildad el mundo, '¿Y qué carajo se estudia ahí?', que es de lo que realmente quieren zafar con tanto chiste mojado ¡Terminen con el numerito del gracioso y pregunten!




Bueno, por hoy creo que me he sacado un gran peso de encima. Empiezo a respirar mejor. Seguro me dejé algunas (varias) más en el tintero, que caerán por su propio peso cualquier día de éstos. Y es que, como bien se sabe, para quejarse no hay edades ni tiempo: toda la vida es un buen momento para una puteada supina, unos buenos gritos pelados, dos o tres improperios con quejosísima actitud, y a la cama.

Quiero decir que este post volverá, y será millones (mue-je-je-je).




viernes, 12 de diciembre de 2008

Vuelve el libro de quejas

Sí, señores. Vuelve. Y ésta es la versión 'reloaded'. Así que, ajústense los cinturones.

Hoy, después de mucha literatura y cine al respecto, comprendí cabalmente lo que es tener todas las ganas y la voluntad de hacer volar en pedazos una dependencia y con ella a todas las personas que tiene adentro. Por otro lado, y al mismo tiempo en mi cabeza, lamentaba tremendamente no tener un arma para llevármela a la sien: no ya para apretar el gatillo efectivamente, si no simplemente para amenazar con hacerlo y así generar el escándalo necesario para conseguir lo que yo quería. Con tan extremas soluciones, ustedes se preguntarán qué carajo era lo que quería yo
¿Un vellocino de oro? No ¿La imposible piedra filosofal? Tampoco ¿La lámpara de Aladino, el tesoro de la cueva de Alí Babá, la caja de Pandora? Nada de eso, no. Yo quería un papel. Una hoja, y ni siquiera aquella de algún libro de la biblioteca de Babel que posee, según dicen, el secreto del Universo. No. No contiene tampoco la pregunta de amor de toda la vida, la edad de Cher o los días que faltan para el fin del mundo.


Este papel dice cosas que yo ya sé pero que no sirven a menos que un grupo de idiotas oficializados pongan su firma lenta y pastosa como el resto de sus acciones de ñoquis-culo-en-la-silla. Dice este 'documento' que llevo cursadas x número de materias en la facultad, que mis notas son tales, que estudio ahí donde estudio, que me llamo así como me llamo y que mi documento es el número que es. Y al final, como si se posara la mano de Dios encima de mis datos, sus firmas y sus sellos con menos tinta que esos míos de Mickey Mouse que guardo de los ocho años.

Básicamente lo único que logra certificar un papel así, a juzgar por lo que cuesta conseguirlo, es que los estudiantes vivimos en manos de ineptos a quienes, evidentemente, alguien alguna vez les cagó la vida seriamente y por los que llevan aún la sangre en el ojo.

Hoy la mujer del otro lado de la ventanilla consiguió hacer saltar todos los resortes de mi paciencia. Hablamos de una mujer cuyo trabajo cotidiano consiste en adherirse a esa misma silla, recibir pedidos y encargarse de que se estén listos en tiempo y forma. Ocurre que para ella 'tiempo' es más o menos mes, mes y medio y forma es 'la peor de todas'. Además del mes y medio que esperé (para enterarme finalizado ese plazo que mi pedido se había desvanecido por los aires o ido a parar al culo de vaya a saber qué empleado administrativo con urgencias y sin papel higiénico), la señora me dio su palabra de que mi trámite estaría para esta mañana ('De hecho, para el jueves, pero mejor venite el viernes, por las dudas').

Hoy el papel estaba, efectivamente, pero sin las firmas habilitantes que hacen de esa hoja inútil, una hoja inútil avalada por las autoridades de la inutilidad. O sea, en criollo: no me servía para una mierda. Me sentía Adrien Brody, en El Pianista, cuando, muerto de hambre, encuentra una lata pero no tiene cómo abrirla (o una analogía un poco menos categórica, pero así).

Para seguir calentando la interna, no sólo no tenía lo que había ido a buscar sino que, además, tuve que comerme la descarga victimista de la señorita-de-sección-alumnos, que, ofendidísima, prometió jamás hacer 'un favor' a nadie (eso de dar su palabra y procurar que yo tuviera un papel inútil) porque luego así se lo pagaban.

En ese momento creí realmente que esa gran vena en mi frente estaba tan hinchada que, en cualquier momento, estallaría en gritos de odio. Por un lapso de breves segundos vi, realmente vi, unas manos que salían de mis brazos, la agarraban del cuello y la hacían volar contra los ficheros de expedientes del fondo de la sala. A flor de labios tenía todas las puteadas, esas que sonrojarían a los Borrachos del Tablón y por las cuales mis tías abuelas me desconocerían para siempre.

Sin embargo, no dije nada. Me enyoguicé, me compré una Coca-Cola y me fumé un cigarrillo que liquidé en tres secas de puro odio sanguinario.
El final de la historia da otra nota acerca de cómo funciona esta gente de quienes, por castigo divino o funesta casualidad, dependen muchos de nuestros proyectos. La ley de oro: "contacto mata curriculum" (en este caso, mata "camino recto de hacer las cosas"). Se debe tener cuerdas que mover, algún tipo de intermediario para traspasar algunas barreras de otro modo infranqueables.
Las influencias de las influencias de mis allegados hicieron milagros y en este momento tengo, a mi lado, mi certificado analítico, una hoja de papel y tinta amarretes, que dice que soy quien soy, porque ellos quieren.