Mi amigo, el de la carta, con ojeras negras y mi carta en la mano.
Después de discutir ronca y automáticamente si las seis y media de la mañana era un horario aceptado para visitar gente, aún en casos de 'emergencia', se cebó un mate y me pasó mi carta, como si yo no la conociera ya.
- ¿A vos te parece?
Yo la miré sin poder hacer foco en ninguna palabra. Tenía los ojos nublados de sueño, un sueño hermoso además, pero mi amigo me había arrancado para hacerme leer mi propia, aburrida y mentirosa carta.
- Bueno, qué sé yo...por ahí sí, podría haber estado más prolija...
- Vos me escuchabas cuando yo te decía que no...
- ¿Que no la querías querer? Claro, perfectamente.
Mi amigo me miró con la misma cara que hace cuando alguien hace un chiste viejo o un comentario irónico en un momento crítico.
- Le dije que la quiero...que la quiero tanto que no me sale hacer ninguna otra cosa.
- Mmmm...No, bueno, eso depende...Si te fijás, este último párrafo...
- ¡No vamos a hacer comprensión de texto! Ella, al menos, no lo hizo...Ella leyó otra cosa...
- Bueno, en ese caso, yo qué tengo que ver... Vos sabés, cada texto es tan variado como lectores tenga...
Pero su cara de tragedia no me dejó seguir sanateando teoría literaria. Tuve que preguntarle qué fue lo que pasó.
- Fue terrible. Yo me esperaba la cachetada y vino el beso. Quería que me gritase porqué, que me sacudiera...Y, en cambio, gritamos y nos sacudimos juntos. Estaba hermosa y con brillos. Y yo me sentía un bichito, un hormiguita, caminándole por la espalda, como en la canción. Dibujándole con los dedos algún beso, algo que le pidiera perdón.
Cuando nos dormimos o, mejor, cuando se durmió ella, y mis ojos se hartaron de fingirse cerrados, me levanté a leer tu carta... Quizá es que me pongo más sensible después del amor, pero me hiciste llorar.
Yo resoplé.
- De verdad... No es la primera vez que te lo digo, esto de que me hace llorar, a veces, cuando coincidimos. Porque la leí y empecé a preguntarme si no será cierto, si no sentiré yo en verdad todo eso. Si no la querré así de tanto, para sentirme tan chiquitito cuando me calza un beso.
- 'Calza un beso', vos sí que sos preciso... No lo sé, la verdad. A mí me pareció que en eso de 'no la quiero querer', la palabra más fuerte era la última. Y que cuando me encargás una carta es que no encontrás palabras para retenerlas...Y que cuando manoteás así, tan descaradamente, por retenerlas, es que te han torcido el norte... Y, nene, que te tuerzan el norte es la desorientación más hermosa...
- ¿Y entonces? ¿Por qué no he podido dormirme a su lado?
- Porque te desvela el miedo. Del suyo, en cambio, ella está convencida que la cuidás vos.
Era muy temprano y todavía no había pan de hoy, pero creo que lo entendió. Y que quiso despegarse el miedo, recortárselo, como Peter Pan a su propia sombra. Creo que le ardió en el pecho un coraje guardado hace siglos, uno que estaba floreciendo para ella, para ésta y sólo esta primavera. Y creo que volvió a la cama, y se hizo de día con ella.
Yo también volví a la cama a cantar con volantines sobre sus gestos, todos tan sin miedo.