domingo, 31 de octubre de 2010

Todo menos el miedo


Estaba yo en sus gestos, en los firuletes que me invento cuando me habla, mirando volantines engancharse en los cables, como en la canción de un amigo, cuando me despertó a patadas el timbre.

Mi amigo, el de la carta, con ojeras negras y mi carta en la mano.

Después de discutir ronca y automáticamente si las seis y media de la mañana era un horario aceptado para visitar gente, aún en casos de 'emergencia', se cebó un mate y me pasó mi carta, como si yo no la conociera ya.
- ¿A vos te parece?

Yo la miré sin poder hacer foco en ninguna palabra. Tenía los ojos nublados de sueño, un sueño hermoso además, pero mi amigo me había arrancado para hacerme leer mi propia, aburrida y mentirosa carta.
- Bueno, qué sé yo...por ahí sí, podría haber estado más prolija...
- Vos me escuchabas cuando yo te decía que no...
- ¿Que no la querías querer? Claro, perfectamente.

Mi amigo me miró con la misma cara que hace cuando alguien hace un chiste viejo o un comentario irónico en un momento crítico.
- Le dije que la quiero...que la quiero tanto que no me sale hacer ninguna otra cosa.
- Mmmm...No, bueno, eso depende...Si te fijás, este último párrafo...
- ¡No vamos a hacer comprensión de texto! Ella, al menos, no lo hizo...Ella leyó otra cosa...
- Bueno, en ese caso, yo qué tengo que ver... Vos sabés, cada texto es tan variado como lectores tenga...

Pero su cara de tragedia no me dejó seguir sanateando teoría literaria. Tuve que preguntarle qué fue lo que pasó.
- Fue terrible. Yo me esperaba la cachetada y vino el beso. Quería que me gritase porqué, que me sacudiera...Y, en cambio, gritamos y nos sacudimos juntos. Estaba hermosa y con brillos. Y yo me sentía un bichito, un hormiguita, caminándole por la espalda, como en la canción. Dibujándole con los dedos algún beso, algo que le pidiera perdón.
Cuando nos dormimos o, mejor, cuando se durmió ella, y mis ojos se hartaron de fingirse cerrados, me levanté a leer tu carta... Quizá es que me pongo más sensible después del amor, pero me hiciste llorar.

Yo resoplé.
- De verdad... No es la primera vez que te lo digo, esto de que me hace llorar, a veces, cuando coincidimos. Porque la leí y empecé a preguntarme si no será cierto, si no sentiré yo en verdad todo eso. Si no la querré así de tanto, para sentirme tan chiquitito cuando me calza un beso.
- 'Calza un beso', vos sí que sos preciso... No lo sé, la verdad. A mí me pareció que en eso de 'no la quiero querer', la palabra más fuerte era la última. Y que cuando me encargás una carta es que no encontrás palabras para retenerlas...Y que cuando manoteás así, tan descaradamente, por retenerlas, es que te han torcido el norte... Y, nene, que te tuerzan el norte es la desorientación más hermosa...
- ¿Y entonces? ¿Por qué no he podido dormirme a su lado?
- Porque te desvela el miedo. Del suyo, en cambio, ella está convencida que la cuidás vos.

Era muy temprano y todavía no había pan de hoy, pero creo que lo entendió. Y que quiso despegarse el miedo, recortárselo, como Peter Pan a su propia sombra. Creo que le ardió en el pecho un coraje guardado hace siglos, uno que estaba floreciendo para ella, para ésta y sólo esta primavera. Y creo que volvió a la cama, y se hizo de día con ella.

Yo también volví a la cama a cantar con volantines sobre sus gestos, todos tan sin miedo.

domingo, 24 de octubre de 2010

Su carta


Me arremangué. Busqué hojas sin renglones (que son mejores para escribir el amor). Puse a sonar la banda de sonido de Cinema Paradiso. Lloré. Me enamoré de nuevo. Y empecé a escribir.

Nunca escribo cartas. No las entiendo, a mí me gusta abrazar o putear, pero todo aquí y ahora, mirando a los ojos, que es algo que puedo hacer.
Pero resulta que hoy empiezo a mirar otras cosas, o de otra manera, y necesito acomodarlas en un papel.
Soy malo para tantas cosas, que no lo creo cuando empiezan, de pronto, a salirme bien. Y, entonces, sólo por eso, por no creerlo, empiezan otra vez a salir mal.
Como ahora, que te empiezo a querer y que, como te quiero, no tengo nada mejor que hacer. Y nada hago.
A veces te llamo, sí. Y te repito cuando no me vienen las letras para hacerte una canción.
O te nombro en otros nombres, eso hago yo, que tan bien me salen las cosas que van escondidas.

Yo hago trampa para que nadie sepa que en mi duda dormís tan cómodamente. Yo te cuido de la sospecha, también de la mía, y no le cuento a nadie, a casi nadie, que no nos dijimos nada, aunque lo grave será siempre eso, y que hubiera debido hacerlo. Yo tendría que haber hablado.
Pero como te quiero, o eso quiero creer, te lo digo otra vez, en varias palabras, en diversos escenarios. Te lo vuelvo a decir.
Y te digo también que tenés otra luz y es de un brillo que marea. Que me madruga pensarte de mañana haciendo todas las cosas que yo duermo, planeando viajes que haremos alguna vez sin más equipaje que un diccionario y un salvavidas, tu arrojo y mi descaro.
Todo eso te repito, con insistencia y temblor en las piernas y la voz. Pero lo digo, así nadie pueda reprocharme que no sé mirar, que no vi los guiños, que desoí al viento, que me olvidé de hacerle caso a las flores de alguna incipiente primavera.

Cierro los ojos y viajo a verte: siempre que vuelvo a nuestros lugares, los de las despedidas, te lo digo todo de una vez. Y no sé más de las posibilidades, ya sólo entiendo de la buena opción, que es decir y que el resto se tuerza como mejor le parezca, que todo se rompa y empiece de nuevo, a ver si algo cambia de una vez.
Pero ahora, como te quiero, no puedo hacer nada mejor.

Habrá que querer menos y hacer más. O explicar... Y cómo me explico yo que, de no saberte cierta, te quiero todavía más, y que, entonces, otra vez, mejor sería sacarse y colgar en la puerta el corazón. Y suspenderte.
O dejar que te me seques, allá, donde ya no te vea más.


Tal como suele hacer, mi amigo se la entregó sin abrirla. Así de plena y pura es la confianza que tiene en mí.
Eso fue anoche, y todavía no sé nada de él. Ni de ella. Ni de mi carta.
Qué incendios o qué temblores, qué portazos o qué flores traerá mi carta. Quiero decir, la suya. Su carta.

...pero sí bastante...


Como la quería, no digamos 'mucho' pero sí bastante para lo que solía querer, de noche no podía dormir.
Tenía miedo de que la noche hiciera cosas secretas y horribles con el amor, que le cortara las manos de la caricia, que le quitara el gusto a romero, menta y albahaca, en fin, que lo volviera olvido. Y ya.
Tenía terror a los puntos suspensivos, eso que pasa después de cualquier despedida, el ritual de decir 'nos vemos' y cruzar por dentro los dedos para que sea siempre verdad.
Porque la quería, no digamos 'mucho' pero sí bastante para lo que solía querer.
No se sabe porqué, y tal vez poco importe, el hecho es que ya lo decían dos que se querían (no digamos 'bastante' pero sí que mucho): '..para estar enamorado, no basta con desearlo, hay que oírlo'.
Oír que hay algo haciendo carnavales a la izquierda del pecho. Oír los teléfonos ardiendo a las horas en que nunca quieren sonar. Oír un nombre, uno muy cortito, y que sea una orquesta, con sus vientos y tus cuerdas, y el teatro entero con la piel de gallina, y eso también suena...suena que suena...sueña que sueña, y eso se oye. Hay que oírlo.

La quería. Todo de ella era su sonido, todas las calles pasaban por su casa y aún así era fácil perderse...Porque la quería, y eso destroza brújulas y mentes juiciosas y precavidas; porque eso deshace rutinas y enciende el asombro más genuino por las pequeñas cosas, como el periplo de un bichito desde tu dedo a este libro o el olor que tiene la tarde entre las siete y la noche cerrada, olor naranja que llamamos 'tardecita'.

Y él la quería. Mi amigo la quería. No digamos 'mucho'. Pero sí que bastante. Y bastante es suficiente para contarlo, y para llorarlo también.
Conmigo la contó y la lloró con lujo de detalles y lágrimas precisas.

Hace algunos años yo le había hecho una carta de amor para que se la diera en manos y con su firma bien puesta, a una mujer que le había dado vuelta todo el mundo conocido, una que lo había mareado de colores fuertes y palabras a elección (de esas que te dicen sin medir su nivel de combustión).
Hoy quería otra, otra carta. Porque quería a otra, otra mujer.

- Antes era más claro: la querías convencer... Pero, ahora, es otro el cuento. Ella te quiere, o eso parece ¿para qué la carta? ¿Que diga qué?
- Que diga que la quiero...y que eso a veces me da miedo.
- Ah...pero, ¿es eso? Sabina ya lo dijo mejor...'escucha una cosa que te voy a decir...' ¿te acordás?... Que no la querés querer, es eso...
- ...Bueno...¡vamos! yo te daba un poco más de crédito...Vos podés decirlo mejor que eso, ¿verdad?

Entonces me puse a escribir...

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cuento

Quiero contarte un cuento lleno de ventajas.
La primera ventaja es cuando llega el final del cuento, no se acaba,
sino que cae por un agujero
...y el cuento reaparece en mitad del cuento.
Ésta es la segunda ventaja, y la más grande,
que desde aquí se le puede cambiar el rumbo...
Si tú me dejas....
Si me das tiempo.

Mi cuento es muy sencillo, digno perdedor de cualquier certamen.

Es viejito, con las puntas ajadas y las hojas amarillo-bilirrubina. Tiene tachones y borradas brutas, de esas que lastiman la gomas en su lado azul, las de tinta. Con todo, siempre está mal escrito, porque es apurado y no repara en los acentos o los puntos sobre las íes. Pasa derrapando y siempre se escribe con esas lapiceras falladas que escupen manchones por todos lados.

Mi cuento se me queda en las manos: me lo encuentro antes de comer, cuando me las lavo y me cuesta horrores refregarme las metáforas gastadas que repito como un brindis de borracha.

Llevo años con él a cuestas, es un pesado y un verborrágico, no para de inventarse cosas. Se me mete entre la funda y la almohada para interrumpirme el cálculo de ovejas, y, en cambio, empieza a maquinar. Es el rey de las posibilidades, hace malabarismos con hipótesis imposibles. Y si... ¿Y si otra fuera la historia?. Ningún giro le viene bien. Quiere que lo escriba con mayúsculas y colores, aunque no tenga ni dónde caerse muerto. Se da aires de tornado y es menos que un silbido, el pobre.

Pero, al final, es un buen cuento mi cuento. Es tímido y cabizbajo, como yo en la víspera del encuentro, e igual de inconcluso. Yo también me quedé en el nudo, el del estómago, el de la garganta, el de siempre que fue la primera vez que te vi.

No tiene título, pero sí que tiene nombre. Tiene nombres, miles, y siempre se vende al mejor postor. Sabe que los cuentos son para quererlos, para adueñárselos, para que alguien levante la mano y se lo meta en el bolsillo. A él le encanta que lo paseen en bolsillo por la ciudad. Por eso se deja tatuar cualquier nombre, con indeleble, no importa: que se sepa que fue tuyo, que se sepa que eso fue un borrón, y que ardió la hoja arrancada (como me ardiste vos, alguna vez, algún párrafo), y de ahí que hay dejada tanta sangría.

Mi cuento tiene palabras que son nombres completos, son las que digo y tiemblo, son las que me viajan y me escriben a mí. En mi cuento, los amigos asoman por los renglones y están sus cuentos, como muñecas rusas, envolviéndose al mío.
Mi cuento es todos los cuentos que me contaron, los que se me fueron enganchando a los días, los de dormir, los del espanto más cierto, los que recitamos en ese preludio de un beso.

Tiene manías de caprichoso y él solito quiere contar.
Después llora, hace pucheros, tiembla de miedo. Dice que se quiere cambiar de idioma, que se aburrió de escribirse igual, que tengo que variar. Dice que es un mediocre, que necesita aire, que cómo no pruebo con menos prosa y más verso, que soy una inepta que no sabe pasar del sueño a la poesía, y que qué culpa tiene él.

Yo lo leo callada. Y lo cuido...Qué más puedo hacer... Es el único cuento que tengo. Los demás son de mentira, van y vienen, no saben nada de mí.
Éste, en cambio, tiene el olor de mi cuna, porque fue, siempre ha sido, mi beso de las buenas noches, mi refugio anti-sismo. Es el amuleto casero que protege al que decide creer. La ternura prestada de las voces que extraño yo. Es mi canción retobada, hecha tinta y sin sonar.
Y en todo lo que falla, en sus blancos sin llenar, es también, y sin querer, tu posibilidad. Porque sus huecos son los que me avisan que ya llegarás.

Es el cuento de mi vida. Dice todo lo que digo, con peligrosa seguridad. También dice otras cosas: si lo acariciás entre líneas, si le hacés cosquillas en algún perdido renglón... Él dice por lo bajo todo lo que callo yo.

martes, 19 de octubre de 2010

Te puedo contar todo lo que te pasó...

julio de 2008


Te doblaron todas las esquinas y recibiste todos los gatos por liebres sin que te importe que maúllen en vez de brincar. Y no quisiste comer brócoli y lo mismo dio. Y no quisiste ir a clases y lo mismo dio. Y después quisiste, todo, casi todo, y entonces sí se movió el mundo, y nada volvió a dar igual.

Te remaron lejos de la orilla, te cosieron 7 puntos suspensivos de la espalda a la planta de los pies y de entonces anduviste chapoteando entre los charcos.

Te aspiraron, fuiste merca en rebaja. Te masticaron el amor, y hasta el sexo. Te reivindicaste haciendo cartas a documento a la autoridad superior.
Te llamaron nombres del amante anterior,te escondieron bajo la cama. Malgastaron un 'mi vida' y cuando te querían se olvidaban el verbo en la alcantarilla o en la mesa del comedor.

Te chicanearon, te torcieron desde el verso hasta la luz, se te retobaron las defensas, te fallaron los amuletos y, en mitad del parque, fuiste la estatua de un prócer que la patria olvidó.
Te coimearon la tentación y en un tango te marearon con tres vueltas y una quebrada.
Te comieron el coco y el corazón, te enfermaron de utopías venéreas que te obligana decir antes de ir a la cama que quien quiera tus extremos habrá de querer también, y sobre todo, tu costado, porque lo que cuesta vale y el valor es darse completo y sin plazos fijos.
Te pincharon cerca del chaparrón, te mearon las tapias y tu enamorada del muro se resignó a no crecer más.
Te divorciaron los sentidos, te cerraron en las narices las taquillas y los bares, te ganaron por tres pasos el capicúa, viajaste al fondo dando tumbos y en los números jamás te salió su nombre.
Te desafinaron, te postergaron, te pagaron el rescate y a la vuelta de un secuestro express te extrañaron los libros, el invierno y tu colchón.

Fuiste una novela negra, Trilce y La Educación sentimental, fuiste simiente en la cima de un gemido, te hiciste leer el futuro por compartir un retazo con el adivino.

Te manchaste hasta la piel, heredaste de rebote y te dejaste llenar. Y te dejaste llevar.

Y otra vez te vaciaste, y otra vez, en un suspiro, te quisiste volcar. Y te dejaste llevar.

martes, 12 de octubre de 2010

Hace todo ese tiempo

Parece más. A mí con el tiempo siempre me parece más, y el bastante me queda chico.

Igual, te gustará saber que no me olvido, ese es mi vicio y mi mala maña: que no me olvido nunca de nada. O sí, de algunas cosas inútiles como autores y medicamentos, como cifras y datos precisos. En cambio, en la frente tengo grabados los detalles, las palabras últimas, la forma en que me madrugaron ciertas oscuridades, tu buena estrella, los espacios para decir, llenados como crucigramas.

Te gustará saberlo, porque quiere decir que no hubo desilusión en esa primera idea que tuviste de sólo mirarme. Que soy de las de hasta el colmo. Que cuando me quemo es hasta el codo y, lo peor, después me río a carcajadas (¿qué otra cosa voy a hacer?). Que la memoria para mí es una herencia, una cajita de música que me canta y que abro siempre que hace frío.

Hace todo ese tiempo y yo me lo acuerdo todo tan bien... Las cosas se me escapan pero yo las tironeo de un hilito, hasta que duelen en las manos, hasta que cortan (y te gustará saber que cortan, ¿no? hay que ser románticos hasta la médula, en el sentido más siglo diecinueve que hay).
Hace tanto y es tan lejos que quizá no me de por llorar. Dicen que la humedad es para las cosas viejas, yo no sé. Yo lloro cuando está todo agolpado ahí enfrente, cuando se me vuelan los pájaros del pecho y no encuentro cómo atajarlos, cuando alguien da el portazo y, de golpe, ya no está. Yo lloro de repente, y esto lleva siglos escrito. Son los años, que están hechos de tinta. Siglos exagerando, digo, pero también siglos como en los libros de historia, y eso que ya tantas veces dije de somos de otros tiempos y, después del destino errante, y las marcas en la piel, como insistía la canción, después sólo te vuelvo a ver.

Y hace todo, todo ese tiempo que no te veo...será por eso que te empiezo a cruzar en los pasillos del sueño, y tenemos aventuras insólitas, como destacar en algún deporte o saber bailar (pero también aventuras viejas ambientadas en bosques como el de Peter Pan, o a punto de ser colgada en la horca de Robin Hood).
Hace todo ese tiempo que fui otras personas, quedándome aquí, adentro mío, que fue como ver la tele y transportarme sin salir de casa. Todo ese tiempo que fui dueña de ciertos momentos y de ciertos placeres. Y que fui triste. Y sola. Y que le mentí a la primavera y a mi guitarra, y canté largo rato a ver si se adelantaba la buena estación.
Hace todo ese tiempo que espero en los bancos de plaza, que han sido varias, que ha sido de mentira la madera, de verdad la sensación. La sensación de espera.
Hace todo ese tiempo que pasa el tiempo.

Donde quiera que estés, te gustará saberlo...yo sé.
Hace todo ese tiempo...y frío.
También hace frío.

jueves, 7 de octubre de 2010

Para ayudarte a amanecer

No te asustes si es que vengo tempranito
a sacudirte de la cama,
a abrirte de par en par las ventanas
No te espantes
es parte de mi estrategia
para ayudarte a amanecer.

He pensando en muchas cosas
Y es que al final,
lo que vale, cuesta,
y yo estoy dispuesta a lo que haga falta
para que conozcas la mañana
para que salgas a tu calle iluminada.

Para ayudarte a amanecer he ido soplando nubes y tironeando barcos encallados. He planeado con cuidado todo el escenario de un mundo al que te gustaría despertar.
Y en mitad de mi labor, sonrío, por si, en un descuido, te despierta todo el ruido. Y no quisiera que amanecieras de mal humor.

Fundí metales, conversé con las flores y le pedí a los azules que disminuyeran el contraste para ayudarte a amanecer. Hice alquimia de principiante, mezclé hierbas y raíces en un caldero, recé un poema de Girondo que es lo único que a mi memoria atea le cabe recordar y rezar.
Rompí malos pronósticos y brutos horóscopos en los matutinos para que no tuvieras que ver detrás del velo lo que dicen que queda más allá. Todo eso a la espera de que empieces a vivir más aquí que allí en lo oscuro, allí donde me duermo yo.
Y en cambio vos...A vos te cuesta tanto, tanto que te vas haciendo noche cerrada muy a tu pesar. Te vas haciendo noche o contagiándote de ella y decís que, como dice el tango o la novela, una sombra ya pronto serás.

Por eso vengo yo. Yo, que siempre (o casi siempre) vengo con el sol: a pintarte de colores la habitación, a encender sahumerios, a cantarte cosas en secreto para que te despiertes, despacito, y así veas todo lo hermoso que tiene esta mañana.
Yo vengo a escribirte las agendas, los bancos de la plaza y la piel. Te escribo 'despertate'...Despertate para mí. Te escribo. No sé hacer otra cosa. Es esa la luz más artificial que conozco, pero es la mía, y es para vos. Como son para vos las caras madrugadas, el silencio de esta calle, la taza de café y el olor a tostadas que te preparé. Como son para vos las mañanas, aunque no te lo quieras creer.

Yo sé que vivís del otro lado y que te pasás más tiempo con los párpados cerrados, mirándote para adentro (y con qué soltura, con cuánta precisión y con cuánta belleza mirás por dentro), hablándote en secreto. Alguien te jodió el calendario, te torció los horarios y te obligó a frenar. No te culpo, yo también me especializo en vivir en las bisagras de todas las puertas, en las grietas de las paredes, en los espacios entre medio de todas las cosas (¿te acordás de esa canción? The space between/ what's wrong and right...o algo así, no?).

En fin, no te culpo, pero no me sale más que empujarte para que salgas, para que quiebres, para que lluevas y me salpiques un poco a mí también. No puedo más que sacudirte la tierra de la primavera, esa alergia que te guarda y se parece tanto a las cosas que extrañás con peligrosa insistencia.

Ya ves, con tantas vueltas, sabrás que no miento, porque con vos la verdad es que no puedo. Sabrás que hablo en serio cuando te prometo que pienso y pienso, y haría una canción del pensamiento, que invento y fabulo a ver si encuentro cómo despertarte a tiempo.

Y es que hago lo que sea, lo que falte, lo que alcance para ayudarte a amanecer.