viernes, 6 de noviembre de 2009

Envios

Te mando cartas. Te mando flores. Te envio décimas y sonetos en un sobre, y alli, suspirando por escrito alguna distancia, te mando el amor que no se cansa.
Te llamo en sueños, te cuento cada una de mis andanzas y, abrazada de noche, te doy pasajes de ida y vuelta y te lleno el correo de motivos para que vengas.
En un descuido puede que se me haya escapado la sombra, mi sombra torcida de nostalgia, la que se va con mi boca a tus rincones la que nunca me cree nada: y vuelve, siempre vuelve, a los sitios donde se siente en casa. Si la encontraras, qué sé yo, hecha un nudo en tu cajon, pedile que vuelva; contale que andar sin sombra es mas triste y mas solo, es mas largo que vivir del sol.
Aparte de mi sombra, te envio lo que quieras, cualquier producto de exportacion, cualquier motivo de sobra. Voy a mandarte los que tenga cerca, lo que te nombre sin hablar (porque, ya sabemos que hay cosas que estan siempre a los gritos, que nunca hablan por hablar).

Te paso la luz de las persianas, luz de invierno, que es cosa seria y simple, buena y necesaria cosa. Te mando la luz que hace falta.Te enciendo una luna en la ventana, una luna que venga cuajada de guirnaldas, de cuentos para chicos, de camas sin tender.
Te apago de un soplido, como a una vela, que se queda sin color, que cumple los años todos para atras, velando la noche, barco sin vela, foto velada y rota de ayer. Pero no te asustes, al final siempre te enciendo y te vuelvo a querer.
Te mando las cosas viejas, las que todavia sirven o nunca se echan a perder. Te paso momentos del dia (aqui todo es mas tolerable bajo el sol) o, no sé, lo primero que quepa en un sobre y el correo vaya a aceptar cargar. Yo no hablo de fotos, eh? Quién quiere una imagen plana si el mundo viene hecho de historias y de cosas que invitan al abrazo? Enviarte fotos seria como contarte el cuento a medias, o como mentirte la otra mitad. Yo quiero que recibas las cosas en carne viva, asi como se viven, como es el amor sin decorados, la experiencia pura y dura: el misterio de lo otro, la lengua que se nos hace voz, el frio.
Si, también el frio, ese que cuando se vuelve sentimiento se llama miedo y viene en comodas cuotas maniana de por medio. El miedo, o sea, el frio, tambien viaja para caer en tu buzon y que lo abras y sea sorpresa que todo lo comparto con vos.

Algun dia de estos lo vas a encontrar empachado al pobre (al buzon), vomitando cartas, notas, sombra, luz y frio.
Lo vas a encontrar del revés, pensando en lo que ha sido... El primer buzon nostalgico que ha habido!

El otro viaje

El mar estuvo siempre. Se harto de mirarnos pasar, de ser lagrima y promesa.
El mar se harto, y se sigue hartando, de ser el que nos separe: a todos, de todos.
Yo digo, entonces, que se rie cuando nos ve cruzarlo. Que se rie y piensa que la jodida distancia se lo tiene bien merecido por mala leche.
He aqui, entonces, el otro viaje. Algo asi como el trazo que le andaba faltando a cierto circulo cachuzo, mal barajado, mal dibujado.
He aqui el renglon que me toca escribir, a mi, que tengo tan pocos recursos para que termine sonando a buena poesia. Viaje de miedo y alguna sombra. Viaje que no recuperara el pasado pero, en una de esas, quiza, lo actualice. Porque esta todo tan roto, tan mandado a guardar, que yo no se si sirva para lo propuesto.
Servira, tal vez, para inventarse el camino que falta, para verlo aparecer detras de algun cerro que me lo venia tapando. Yo no sé.
Mientras tanto, son las cosas las que salvan. Ni los lugares ni los tiempos. Son las cosas.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Sin acentos

No me aguanto.
He cambiado de hemisferio, de horario, de continente...y lo que mas me afecta es haber cambiado de teclado.
Pasé un mes debatiendo conmigo misma, sin saber qué hacer: no soporto escribir sin mis acentos (excepto el de la 'e', que en francés, voila, existe) y haciendo esfuerzo por lograr mi querida eñie; y por otro lado no puedo estar sin escribir. Me hace mal ver desierto mi borrador de suspiros mientras los papales se siguen llenando de impresiones, emociones, ideas, idas y vueltas.
Asi es que, en una lucha interna y constante, he decidido publicar aun sin acentos. Queda en manos del lector poner las tildes donde corresponda, y en las mias, el no volverme tan loca.

A partir de hoy, entonces, queda inaugurado el borrador desde estas otras tierras. Le brouillon des soupirs...siempre en español, por supuesto, la lengua que es mi casa.

Sepan disculpar...espero darme alguna vez yo misma la absolucion :/ (colocar alli un gran acento).

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sin colores

"...Mi patria es un rinconcito/el canto de una cigarra/los dos primeros acordes que yo supe en la guitarra..." (J. Drexler)

Hace algún tiempo escribí sobre las ventajas de tener varios colores.
Yo decía que era una suerte ser tan pintarrejado, y tener el brillo de los azules, la pasión tosuda de los rojos, la singularidad tan de amarillo, los brotes de pura vida de los verdes.
Yo decía que sumar nunca restaba, que a nadie lastima lo que es sin vueltas ni elecciones.
Yo defendía todos mis colores.

Hoy solamente quisiera ser de uno. Solo uno. El que conozco mejor. El color de mis amigos, el de mi calle. El de la lengua torcida y difusa, el de la palabra que me sé, aunque venga de barcos y sangre de otros siglos. El que pinté con acuarelas en el primer grado, el que pinta la plaza en septiembre, o el que sonaba con la música oliendo a asado los domingos por la mañana. El de las manos de mi abuela. El de los hombros de mi viejo.

No quiero más colores. No quiero firmar papeles ni pelear por los beneficios de ser technicolor. Me bastan otras cosas para saber dónde quedan mis coloridas lealtades.
No me embandero de ningún punto de la escala cromática, para qué, si me siento de un solo tono, tan preciso, tan imposible de conseguir mezclando a ojo... Un tono complementario a tantos pero tan irreversiblemente él, tan irrenunciablemente el mismo.

Pero nadie me pregunta. Y duermo, y dormiré las noches que queden, pintarrajeada de indefiniciones: siempre en la frontera. Y sabiendo, siempre sabiendo también, que quizá no quede en ningún lado el color al que me debo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

De un silbido (o de un tarareo)

Él: - Me hace gracia escucharte silbar cuando te ponés nerviosa
Ella:- No estoy nerviosa
Él:- Yo no dije eso...¿Ahora silbás porque sí nada más?
Ella:- No silbo, tarareo.
Él:- Una canción que yo no conozco...
Ella:- Siempre.
Él:- ¿Sabés qué pasa? Yo necesito conocerlas todas.
Ella:- Sí, a todas. Vos y todas las cosas, siempre...Las canciones, las mujeres, las ideas, las causas...
Él:- Yo y todas las cosas...
Ella:- Y esa manía insana de querer ir contra todos los males de este mundo
Él:- ¿De este mundo? No, no exageremos: de esta ciudad, en todo caso...Y, lo del silbido...
Ella:- Tareareo...
Él:-...Es para que yo te pregunte y me digas 'una que no conocés'
Ella:- Es para acordármelas. No sos el ombligo de mis canciones, no te creas
Él:- No me creo, ¿Vos me crees?
Ella:- Según. Que vas a llegar puntual, nunca. Que querés volar en globo, siempre. Que me querés, de vez en cuando.
Él:- No seas cruel
Ella:- Una vez que la pared mee al perro...
Él:- ¡Detesto las frases hechas!
Ella:- ¿Por qué? ¿Porque suelen sacarte la ficha?
Él:- Tendrías que creerme, siempre. Hoy, por ejemplo: que yo también estoy nervioso aunque no silbe...
Ella:- Tararees...
Él:- ...Ni tararee. Y que esa noche también tenía frío y hubo muchas cosas que dejé de decir. Como que algo aprendí...
Ella:- Ah, sí es así, me quedo más tranquila.
Él:- No te burles
Ella:- No, es que, de verdad, me tranquiliza que te lleves al menos 'una enseñanza'. Yo todavía estoy con el balance pero me parece que van a ser todos números rojos.
Él:- ¿Nada de nada te ha quedado?
Ella:- Bueno, me enseñaste a hacer origami (aunque más allá de la grulla no me salga nada). Una canción que otra, de esas que conocés bien...Y algo de portugués.
Él:- "...Sem você meu amor eu não sou ninguém..." ¿Te acordás que la cantábamos?
Ella:- Cómo me voy a olvidar...Me olvidé de tantas cosas para hacerle un espacio a esa canción, a ese día...
Él:- ¿Por qué soy siempre yo el insensible?
Ella:- Porque siempre sos vos el insensible... Ninguna relación marcharía con dos llorones melancólicos, ni con dos desprendidos de esos que ven siempre la panorámica y la punta de su nariz
Él:- Noto cierto tono de reproche...
Ella:- Ninguno. Hace rato que he renunciado a los libros de quejas con vos.
Él:- O sea que conmigo aprendiste orgami, un poco de portugés, canciones y a tirar la piedra y esconder la mano...
Ella:- ... O sea que con vos aprendí a quererte como te dejaras querer, sin hacer mucho ruido, y a perder con toda la altura que me sale...
Él:- Mirame a los ojos cuando digas esas cosas
Ella:- Te miro. Te estoy mirando: que te quise cuanto me dejaste quererte y después te abrí la puerta, cuando te querías ir.
Él:- No entiendo que te cueste decírmelo a los ojos.
Ella:- No entiendo que te importe...como si las cosas dichas de soslayo fueran menos ciertas. En los ojos no tengo más que ojos, no está ahí todo lo que no te digo ni está la verdad de toda esta mierda...Sería tan fácil llevar todo en los ojos. Yo con vos siempre tengo el corazón en la mano, da lo mismo si te esquivo la mirada.
Él:- Tenía ganas de que me miraras, eso es todo. Me hace sentir que de nuevo estamos donde hace tiempo.
Ella:- ¿Dónde quedaba eso?
Él:- Donde me quieras acompañar.
Ella:- Mejor me quedo por aquí nomás.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Las cosas (por donde se las mire)

Alrededor de las cosas
(o en su costado oscuro)
están los restos.

Nadie se atreve a mirar por esos espacios
que le ponen nombre al silencio.
Nadie se atreve a mirar porque ni Perseo
podría con ese monstruo que vive del recuerdo
y lo deja todo en piedra.


Debajo de las cosas
(o en su mitad escondida)
duermen los secretos
y las más tiernas verdades.

Hay quien tantea sin ver el fondo
a ver si es que pesca alguna claridad
de esas de agua o burbuja
de aire nuevo o primeras luces
de la madrugada.


Dentro de las cosas,
como el alma en su bóveda de cuerpo,
hacen ruido los latidos
y el traquetear de las semillas
que van buscando el tallo
en tierra de nadie.

Quien se adentra encuentra sismos y rompientes,
embrujos y estaciones
que se le olvidan al calendario.
Quien se sumerge vuelve a la superficie
crecido en bellezas de la profundidad,
cargado de regalos y promesas,
con manos firmes y claras
de tocar lo cierto.


Las cosas por donde se las mire
llevan en sus bordes
en su fondo
en su detalle más interno
una parte nuestra
nuestra equis
nuestro truco
el codiciado atajo
a nuestro centro.

viernes, 28 de agosto de 2009

La loca del barrio

La loca del barrio dice que hay un tango que no sabe cantar; que no nació de arrabal alegre sino de la tristeza de un campamento gitano; que se casó de un descuido y que le hubiera gustado estar enamorada cuando eso ocurriera.

Todos dicen que es más vieja de lo que aparenta (los locos no envejecen con los años, más bien van sumando locuras y angustias) y algunos de los más pícaros juran que la han visto desnuda por las siestas y las ventanas, ciertos días templados de otoño.
No es peligrosa y sólo lastimaría si fueran las palabras apuradas municiones disparadas a discreción. Porque todo lo que hace es hablar. De todo.
Cuenta que su padre era un hombre alto y de manos duras, solemne y distante como la estatua de San Martín en la plaza, igual de frío y sin palomas.
Dice que ha visto cosas hermosas y tristes, a sus hijos nacer, las sábanas blancas secarse al sol, el crepúsculo cuando se lo pesca mirando al cerro y no hay autos en la calle, las cartas que le escribía su hermana desde lejos (aquellas en las que le decía que más temprano que tarde se encontrarían y que hacía frío y que se había enamorado).
Y a veces se calla y es el silencio más elocuente que todo lo que la atraganta.


La loca del barrio es una mujer de pocas pulgas. Cuando le empieza a perder la paciencia a la vida, guarda sus libros y sus discos en cajas con nombres y redacta cartas diciendo (palabras más, palabras menos) que se va. Planea acabar el viaje por las venas, o de un certero golpe de arma. Y luego se acobarda a mitad de un recuerdo en que se había encariñado tanto con la vida. Entonces cuenta que casi se va pero que prefirió quedarse por la pena que significan las despedidas.


Rechiflada en su tristeza, la loca recuerda y se salva de la muerte: un gesto tan cuerdo que asusta.