miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sin colores

"...Mi patria es un rinconcito/el canto de una cigarra/los dos primeros acordes que yo supe en la guitarra..." (J. Drexler)

Hace algún tiempo escribí sobre las ventajas de tener varios colores.
Yo decía que era una suerte ser tan pintarrejado, y tener el brillo de los azules, la pasión tosuda de los rojos, la singularidad tan de amarillo, los brotes de pura vida de los verdes.
Yo decía que sumar nunca restaba, que a nadie lastima lo que es sin vueltas ni elecciones.
Yo defendía todos mis colores.

Hoy solamente quisiera ser de uno. Solo uno. El que conozco mejor. El color de mis amigos, el de mi calle. El de la lengua torcida y difusa, el de la palabra que me sé, aunque venga de barcos y sangre de otros siglos. El que pinté con acuarelas en el primer grado, el que pinta la plaza en septiembre, o el que sonaba con la música oliendo a asado los domingos por la mañana. El de las manos de mi abuela. El de los hombros de mi viejo.

No quiero más colores. No quiero firmar papeles ni pelear por los beneficios de ser technicolor. Me bastan otras cosas para saber dónde quedan mis coloridas lealtades.
No me embandero de ningún punto de la escala cromática, para qué, si me siento de un solo tono, tan preciso, tan imposible de conseguir mezclando a ojo... Un tono complementario a tantos pero tan irreversiblemente él, tan irrenunciablemente el mismo.

Pero nadie me pregunta. Y duermo, y dormiré las noches que queden, pintarrajeada de indefiniciones: siempre en la frontera. Y sabiendo, siempre sabiendo también, que quizá no quede en ningún lado el color al que me debo.

1 comentario:

antonio dijo...

Me gusta como escribes, mucho.
Ten cuidado con drexler, hay ciertas terapias perjuciales.
Cada vez que me acuerdo de ese oscar, de esa otra cancion menospreciada por tanto aburrimiento en español..........
Lo dicho, eres un primor escribiendo.
Te leo.