Ahora sé dibujar. Ya no escribo más, ahora dibujo.
La escena es una fiesta en la calle, como una kermesse, de noche, donde se amontona el barrio.
Hay luces de colores atadas a los cables y algodones de azúcar. Hay nenes de la mano de sus padres comiendo manzanas de caramelo. Hay amantes hechos un nudo de abrazo en un rincón más oscuro.
Dibujo y pinto con acuarelas porque las palabras me han empezado a faltar.
Dibujo a unos abuelos bailando tangos tristes que salen de un altavoz gastado atado a un poste. Dibujo que se quieren aunque los años, aunque los dolores del cuerpo y del alma, aunque el miedo a la muerte y el frágil destino de su amor.
Mi lápiz también descubre a un trovador parado al borde de la vereda con un sombrero con un par de monedas a sus pies. Le canta, con pena de pajarito en el suelo, a la muchacha que le falta hace tanto y tan irremediablemente. Le canta y alguien que pasa siente que el mundo es más justo, más completo y más hermoso después de esa tristísima canción.
Dibujo chicos descalzos tocando bongoes y tambores, mujeres moviendo los pies, y dos que se ven por primera vez.
No hay palabras para la noche que dibujo: hay alfabetos que se rompen en pedazos cuando abrimos los ojos, y tiembla la mano por decir de otras maneras.
Ahora dibujo las cosas que veo o que siento latir dentro mío. Ahora lo que hago vale más que mil de mis viejas palabras. Tarde o temprano, podré hacer un mundo de una pincelada, y seré la envidia de la vieja yo, con pretensiones de poesía.
Quizás dibujando pueda decir todo lo demás. Quizás pueda dibujar el cielo estancado, el charco-espejo, la cicatriz cuando arde, la memoria soplada al oído.
Y dibujaré un abismo y una flor, un espacio de ternura, y la verdad que me falta.
Voy a dibujarme rompiendo a jirones la tela del sueño para irte a buscar.
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