martes, 5 de junio de 2012

De siempre en adelante


No hay caso. Hay cosas que somos desde siempre.


A pesar de todos sus intentos, de la ortopedia y los zapatos pesados, nunca pudo mi madre corregir mis pies: la chuequera y el arco vencido van conmigo por la vereda desde que tengo memoria. Ya no sé si me molesta. En todo caso, sonrío cuando alguien querido me cuenta que me reconoció desde lejos por mi andar tan imperfecto.


Empecé a hablar al año y dos meses y desde entonces no he podido callarme. De nada sirvieron las miradas asesinas de los adultos, las que, sin decir, gritaban 'callate-la-boca'. Nada aprendí de los ciclones que supo desatar mi palabra arrebatada, los del desamor, la bronca, la cachetada. Nunca pude, nunca podré, perder esta mala costumbre de hablarlo todo hasta la afonía, hasta la lágrima, hasta el vacío.


Siempre tuve miedo de hacer las cosas sola. Cruzar la calle o cruzar el mar, lo mismo da. Miedo a la oscuridad o a quedarme sola, dos miedos que son uno solo, atravesado por algunos años y otras verdades.


De chica me sentaba en el piso a leer los libros de cuentos. Me inventaba historias desde las ilustraciones que veía, porque entonces las letras amontonadas eran para mí firuletes que nada representaban. El sol de afuera me daba igual, donde yo vivía el clima era un estado de ánimo y cambiaba varias veces al día. Entonces fue cuando me enamoré de la lluvia, que propiciaba mi encierro de caracol y tenía gusto a chocolate caliente y a libros de la boca de mi mamá.
Es por eso que hoy la lluvia se me hace piel, es parte de mí, me arma de coraje y me desnuda, respira por mis ojos y la gente dice que lloro. Bueno, a veces también lloro, cuando vale la pena.


No hay cómo pelearle a algunas cosas. Somos este compendio de cosas escritas a fuego sobre nosotros. La sangre tiene cauces extraños que no han de desviarse nunca, y eso asusta pero también alienta. Porque quiere decir que la vida tiene sus rincones predecibles, sus lugares comunes, sus simpáticos clichés. 
Las sorpresas condimentan los días, pero el saber que somos los de siempre nos da un respiro, profundo y feliz.


Hay cosas que somos desde siempre.
Aquella vez que tararee sin saber que lo hacía, ahí ya vivía mi primera canción.




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