jueves, 7 de junio de 2012
Eso no se toca
- No toques nada- me dijo.- Dejalo todo como está.
Yo, que nunca fui de discutirle nada, hice caso y bajé la vista.
Cuando me fui, sentí que acababa de crecer unos años más y ya no tuve más aire en los pulmones. Me lo había dejado todo, todo el aire, en su casa, entre las cosas que me dijo que no tocara más.
Me dijo que era mejor que todo se conservara en su lugar, algo del feng-shui y de mí que no entendí. Era quizá que yo no combinaba bien con sus cortinas, no sé. Pero había tanta cosa incombinable entre nosotros que mis ojos y esas telas apagadas eran lo de menos. Nunca combinó la forma de su nariz con el espacio que le dejaba la mía, y a mí siempre me enamoró igual.
Mientras me tragaba el café y las tostadas quemadas, pensé en las cosas intactas ¿Por qué? ¿Para que dejarlas tan indemnes si era mentira? Men-ti-ra. Mentira que no se habían roto como arrojadas de un enésimo piso. Mentira que algo puede quedar limpio, quieto y sin sombra. El mundo mueve todo lo que viaja adentro suyo, también nuestras cosas, que se mueven, que se ensucian, que se parten en pedazos y no hay quien quiera ni pueda levantar los pedazos.
"No toques nada" me dijo. Y a mí me sonó a carcajada. Tuve ganas de decirle ''¿De qué te reís tanto? ¿A vos no te duele?", pero de hacerlo hubiera tenido que remover aguas, y eso sí que no. Hay un momento, después del ruido en que hasta los más estruendosos amamos el silencio: porque es en el silencio donde volvemos a escuchar las voces de siempre y se nos cura un poco el oído de tanto maltrato.
Me dieron ganas de decirle que no me daba risa el fracaso y que dejar todo como está es como hacer de cuenta que a mi pena le basta una curita para sanar. Y eso nunca, porque mis dolores son exagerados y maricones, un raspón es sentir que me han atravesado hacia adentro.
Me dieron ganas de contarle todas estas ridiculeces, aunque me fuera por las ramas, no pasa nada: que las trepe y se las arregle para volver al suelo, donde espero yo.
¿Qué querrá hacer con tantas cosas quietas ahí? No es que me interese lo que haga con su tiempo, pero ahí también hay cosas mías. Yo de eso no me olvido. Ahí está mi sombra desgarbada de invierno por la tarde. Ahí, todas las veces que llegué a deshora y pedí perdón con excusa y con beso. Ahí está la forma que tengo de tartamudear frente a su mirada inquisitiva. Y mis pantalones viejos. Y mi mala ortografía, y mi firma sin aclaración, y mis barcos dentro de una botella. Y los últimos tragos de un Havana Club, y el verso de Sabina que le repetí ad nauseam como si una letra de ese tipo se pudiera olvidar tan fácilmente.
Todo eso que fui tuve que dejarlo ahí y salir. Yo siempre destaqué en las salidas: en las obras de la escuela, no había nadie que hiciera mutis por el foro mejor que yo. Con cuánta soltura pude siempre sacarme el sombrero, doblarme en una pequeña reverencia y dejar el escenario (dejando, entonces también, la escena intacta, llena de todo, menos de mí).
Esta vez no fue la excepción: dejé el lugar de las cosas inmutables casi con urgencia. Quería salir a la calle donde todo es nuevo, y corre, y se amontona y no es suyo ni es de nadie.
Quería salir a las cosas que no eran de nadie, que estaban a punto de hacerse, justo en el líquido estado de la promesa. Ellas, las peligrosas. Si por mí fuera, dejaría que ocupasen un lugar en mi cama, pero suelen abusar de la hospitalidad de los ilusionados y se te adhieren a las paredes y se quedan pegadas como rouge mal lavado al borde de las tazas de café. Así es abrirle puertas a las promesas. Y, con todo, yo las busco siempre. Busco sus guiños en las esquinas oscuras por si se les ocurriera venirse conmigo.
Pero las suyas, sus promesas de cosas sin tocar, me saben a agua estancada. Porque ya no dice nada sin decir, eso de dejarme los puntos suspensivos y adivinar. En cambio habla para pedirme que no toque nada, que no ensucien mis manos la justa medida de su farsa.
Porque sí, porque es una farsa con todo y arlequín, eso de querer guardarlo todo en una cajita y mandarla a un placard ¿Guardarlo de quién? ¿De mí? Yo no pensaba desatar nada. Hace mucho superé mi adicción a los ciclones, puedo vivir sin que se vuelen los techos de mi casa, los idilios que profeso son sencillos y accesibles en cómodas cuotas, como van vienen y no precisan sacudir ningún cimiento.
Yo me hubiera conformado con poder llevarme algunas cosas conmigo. Y también algunas suyas, porqué no.
Al final, también se hizo un poco mío el hueco de su espalda, el lugar que visitamos en palabras que me dijo, su tos, y la infinita trayectoria del humo que iba de su boca a la ventana (trayectoria que, teorizaba yo, era en verdad la trayectoria de su risa, un vicio más vicio y más mío que unos cuantos puchos).
Yo hubiera querido llevarme todo eso en un hatillo. Eso me hubiera conformado.
En cambio le dejé todo así, viejo y ajado, para que lo gestione a su gusto. Como si fuera posible gestionar los escombros o, ya que estamos, el amor. Más nuevo o más acabado, el amor no se gestiona, ni se vende para evitar bancarrota, ni se cifra en cosas sin tocar.
Me dijo ''No toques nada'', como si hubiera algo que cuidar.
Yo pensé, entonces, que el 'se mira y no se toca' nunca me gustó. Y de eso me acordé durante todo el camino a casa.
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