jueves, 28 de junio de 2012

Archívese



La que suscribe, haciendo uso (y abuso) del artículo 14 de la Constitución vigente, a los nosecuántos días del mes en curso, y alegando estar en pleno control de sus capacidades mentales (por escasas y/o rudimentarias que éstas sean), decide hacer recuento de su debe y de su haber, antes de que arrecie el invierno y todo tienda a enfriarse.
Así es que, por los motivos antes mencionados (y por otro inmencionables y seguramente desconocidos), con una mano en el corazón y la otra desparramada, quizá, en alguna canción, declara:
Que duerme sin almohadas y bocabajo, como los bebés, aunque tantos años la separen de haber sido uno;
Que sueña del revés, contra-sueños que no quiere ver cumplirse jamás;
Que siempre cruza por la mitad de la calle aunque sabe que eso no está bien;
Que no debe ninguna canción, aunque le gustaría tener alguna en el tintero de los regalos demorados;
Que algo se le pudre adentro cuando alguien habla tan tibiamente de las cosas sin remedio;
Que cree que comer verduras es algo que no aprenderá nunca;
Que hace algunas noches erradicó las últimas pelusas de abajo de su cama y que tiene la sensación de que, con eso, ha echado también un poco de la basura que a todos se nos va acumulando en el alma;
Que se ha quedado embobada más de una tarde viendo los dibujos que hace una gota sobre los charcos de la calle, círculos que (sin sustancias alucinógenas de por medio, lo asegura) van contando historias que empiezan donde terminan: en la mismísima lluvia que vendrá, por eso que dicen de que le gusta llover sobre mojado;
Que cuando se baña tararea siempre una de Seru Giran;
Que nunca ha robado un corazón;
Que lo que más le gusta del invierno es la necesidad de un abrigo, porque de eso se ha tratado siempre;
Que un nombre capicúa no salva la vida, aunque sea bueno vivir con esa ilusión;
Que no late tan fuerte como el resto de la gente, y a veces le asusta ser ese foco de bajo consumo;
Que extraña los juegos de mesa, las canciones de los Caballeros de la Quema y los poemas más sufridos de Neruda, todas cosas abandonadas en algún túnel de tiempo;
Que nunca pudo estar en los detalles;
Que siempre tendrá pendiente entender de física y saber qué cosa son de verdad las estrellas y cuánto de nosotros tienen para decir, aunque los números y la exactitud se le den tan mal;
Que a fuerza de aviones, frío, otros hemisferios, idiomas entreverados y tiempo, mucho tiempo, ha perdido el miedo al mismo miedo;
Que conoce dos o tres secretos que cuando los nombra la hacen llorar con espasmos y cachetes colorados;
Que si se escribe, hay que escribir hasta los bordes de la piel, hasta la noche que aún no ha sido desvelo, y  con la tinta de los ojos de ese que todavía no hemos visto por primera vez;
Que la enamoran los kamikazes de esos que no tienen nada que perder, capaces de terminar el mundo de su mano decidida;
Que tiene una baja presión de hierro, y cuando ve las estrellas desde algún subsuelo y todo se le pone negro y se le duermen las piernas, siempre piensa en las cosas que resisten a todos los terremotos;
Que es mentira que ya no sueñe con París: hay sueños que le dan nombre al futuro, y un empujón para que llegue parecido a la ilusión que lo dibuja;
Que es verdad que ya no espere todo lo que decían a los 15 años que había que esperar, pero que a veces para los desesperanzados, los inesperados y los desesperados, el mundo brilla más;
Que ocurre que a veces el pasto sí es más verde del otro lado y no hay nada que hacerle, pero de éste, de éste crecen las nomeolvides y el azul se te agarra por dentro y no te suelta;
Que cuando termina de leer un libro siente que hay un mundo de cosas ahí dentro que nunca nunca dejarán de pasar, hermosa e inexorablemente;
Que una vez quiso ser juglar, al borde de todos los balcones, llena de historias saltándole de la boca;
Que en el jardín dibujaba casas que nunca se parecían a la suya;
Que hay esquinas de la ciudad que la desorientan y siente que no podrá encontrarse más en ellas ni aún con el mejor de los mapas;
Que lo que le duele, por momentos, son las rodillas, la parte baja de la espalda, y los olvidos, y piensa que, seguramente, debe ser la edad;
Que lo mejor de las siestas de junio siempre serán las mandarinas;
Que lo peor de las siestas de junio y de cualquier mes, es que no son noche cerrada de estrellas, de esas que hacen de tripas corazón, de papel los corazones, y a la gente tararear canciones encendidas e incendiarias para que les suenen de fondo, algo como '...te seguiré hasta el final...';
Que hay que estar loco para mirar desde arriba alguna ausencia, que a los espacios vacíos habría que dedicarles al menos un par de lágrimas por día, para que se sepa que de carne somos y que los huecos son agujeros, y que los agujeros son nada, y que la nada a veces da ganas de llorar;
Que casi todo le pasa por tener la boca tan grande, pero tanto no se queja: al final es lo que la hace andar;
Que casi siempre es tarde para casi todo o el alcohol se termina temprano en las fiestas o se acaban las canciones del repertorio o empiezan a cerrar el local o las persianas se empiezan a bajar así, de sólo estar;
Que en todo caso, en ese momento, hay que saber retirarse a tiempo;
Que no hay nada como dormir los hartazgos del día y del año hasta la mañana siguiente en que la despertará un pájaro en su balcón;
Que, contra algunas resacas verbales, no hay nada como escribir a los gritos, como lavarse la cara con el agua fría de todo lo que hay por decir, y que pasen los dolores de cabeza y el recuerdo de los papelones de la noche que pasó;
Que cada día nace otra vez el invierno, y toca planear las estrategias para no perder nunca el fuego.


Sin más que decir, al menos hasta nuevo aviso, suelta la birome, saluda a los fantasmas que se mojan los piecitos cada noche en la tinta desperdiciada de sus cuadernos, hace una reverencia en medias y pijama desteñido, y apaga la luz.
Regístrese, hágase saber, comúniquese y, oportunamente, archívese.

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