martes, 30 de marzo de 2010

A dejar sobre un banco de plaza (parte 2)


No hace falta que sepa nada de mí: ésta es una carta de incógnita a incógnita. Aunque parezca imposible o ilógico, ¿por qué no? Yo siempre pensé que esos dos signos de pregunta, el ying y el yang y tan espejos uno del otro, se querían en secreto, aún cuando fueran dos enigmas enfrentados, y uno fuera siempre el de abrir y el otro, siempre el ponerle un fin al momento y decir "ya está".

Por las dudas, le pido, no me juzgue por mi teoría de gramática española y amores. Es ilusa y hasta estúpida, ya sé, pero a mí a veces me da por creerme cosas que me invento, por no creer en otros inventos de cualquiera tan inciertos como los míos.

Como sea, quería hacerle saber con todo esto que bien puedo yo escribirle este mensaje de amor aún cuando nuestros nombres no aparezcan por ningun lado y estén nuestros derroteros borrosos y nuestros devenires aún mas.
No tenga tantos peros que, al final, no lo dice todo el mundo a eso de que "¿a quién no le gusta que le digan algunas palabras de amor?"
Porque no es más que eso, unas pocas palabras que se me han enamorado saliendo de mi boca torpe esta mañana mientras tomaba mi café. No pueden ser mías, me quedan muy grandes: alguien o algo habrá tenido que soplármelas al oido mientras dormía y el inconsciente hizo todo lo demás.
Ahora que intento escribirlas, es como si no pudiera hacerles justicia y que suenen tal y como las escuché yo. Era casi una canción de esas tan hermosas que no hay carta que alcance. Hablaba de tu espalda y tu caligrafía, de un verano que vuelve entre la púrpura de unos oleos o algún otro de tus simpáticos simulacros de encerrar un momento. Luego pasaba a enumerar las bondades de quererte de más. Decía, por ejemplo, que si no arañáramos todos los días cierto cielorraso lleno de artefactos celestes, tendríamos que conformarnos con el cielo, bajarnos de la cumbre de este amor nuestro y quitarnos este lujo de alas que nos sorprenden en vuelo el día que nos mezclamos sin volcarnos y nos quebramos sin rompernos. El día en que somos lo que nos prometimos y con eso basta, para qué mas.
Esta mañana todo sonaba mucho mejor. Era entonces cuando mis dedos debieron haber escupido toda la tinta. Lo hacían, y yo ya tendría reservado un lugar en varias bibliotecas. Ahora, en cambio, soy una mujer que divaga sobre algo que será una carta quién sabe para quién. Si sucede que usted fuera algo como un psicólogo, le pido que deje el trabajo en casa (si es que suele llevarlo hasta allá también) y me lea como amante y no como profesional. Y dado que me niego a creer en los amantes profesionales (y con esto no quiero decir 'a sueldo', que los hay, sino a los expertos, licenciados en la materia), me conformo y, es más, me alegro por el amante amateur que tengo del otro lado de mis palabras. Esa torpeza es la que me enamora (y mire que a esto no lo dije por la mañana, a esto lo digo ahora), la de los signos de pregunta haciéndose la contra, la de los que se juegan todas las fichas a alguna carta que eligen al boleo y a ella le entregan sin reservas ni certificado de garantia, el corazón.
Yo era de ésas, hasta que se me tapo de moretones la torpeza, el coraje y las ganas de hacer de tripas corazón y nunca escarmentar. Yo era de las que escribían cartas de amor sin estar muy segura de si era amor o su búsqueda urgente.
Usted ¿de cuáles habra sido? me pregunto yo. Porque es sabido que también hay gente que jamás tuvo que andarle detras, que se lo chocó de pechito y ni falta que hizo nada más. Yo escribía poemas que siempre se llamaban con sus nombres: hoy conservo sólo uno, se llamaba Gabriel, y, en mi parcial opinión, era el más acabado: ahí el amor chorreaba pero tampoco dejaba con sed. En su momento me hacía sentir orgullosa...aunque nunca hubiera llegado a buenas manos.
A usted no podría escribirle un poema: no me inspira el anonimato, yo necesito un nombre, tantas letras, cuáles vocales, y una sílaba con más fuerza para que salga la lírica. Mis versos no crecen solos donde no hay nada. Esta carta, en cambio, es de amor para quien quiera...Amor rematado, palabras que soñé o que me dije para el que sea y ahora no quieren salir. Esto es amor sin nombre pero es como si los tuviera todos, por eso cuesta más. En usted caben todas las posibilidades y entonces mis palabras no pueden más que aspirar al infinito.
Una carta de amor en estado puro, porque aquí no hay mas que eso: no hay un pasado nuestro que nos distraiga, no nos debemos nada, ni esperamos en un futuro volvernos a ver. Aquí sólo hay amor que sale de ninguna parte, mojado en amores de carne y hueso que fueron un dia y ya no son mas. Solo es amor que derrocho para no que se me pudra junto con las otras cosas que dejo de usar.
Amor, amor sin poesía. Un amor que imaginabas cuando no sabías de qué hablaban los adultos cada vez que lo nombraban.
Esta es la carta de amor que me sobraba. Ojala llegue a manos en donde falta.

martes, 16 de marzo de 2010

A dejar sobre un banco de plaza (parte 1)

A los bancos de plaza de Londres, en especial a los de Soho Square, que me dejaron picando estas palabras. Sobre ellos esta carta.

Ésta es una carta de amor.
Cumplo en avisar al desprevenido caminante que ha venido a hacer su alto en este banco de plaza. Mejor que no haya dudas y todo sea muy explícito, de manera que si no es muy amigo usted de recibir cartas, o si no se lleva muy bien con el amor, puede dejarla a un lado y no perder ni un minuto más de su tiempo. Si le dan alergia ciertas palabras, si leer le produce somnolencia, si ya comparte con alguien el corazón y la cama y teme acaso que un papel escrito le robe las certezas, le ahorro el mal rato: abandone la lectura en este mismísimo punto que va acá.
La que escribe lleva mucho tiempo sin escribir una como éstas. A menudo se lamenta el haber abandonado el papel por la pantalla, que es como decir que ha dejado la poesía en pos de la velocidad (por traído de los pelos que eso pueda sonarle a usted, aleatorio paseante/lector). Ni qué hablar del amor, que más que abandonado vive guardado en el cuarto de las cosas viejas, esperando a ver si tiene algun uso mas adelante o habrá que tirarlo nomás.
Quiero decir que ésta, ademas de absurda y azarosa, es una escasa y, por ello, única en su especie carta de amor. Quiero decir que a mi me sorprende tanto como a usted la existencia de estas palabras, en tanto que salen de mis manos tan desacostumbradas a su pulso, a su color y a su poética especial de carta de amor.
Pero hay algo más. Algo que casi me detiene en el impulso de escritura y deja en blanco este espacio que ahora, de alguna manera, es nuestro: de usted y de mí. Y es que se trata de una carta que ha nacido huérfana, sin dueño. Y ya sabrá (si tiene usted algún conocimiento en el género epistolar) que una carta sin nombre y sin destino es casi cualquier otra cosa: un cuento sin peripecia para contar, un poema sin versos, una obra de teatro de puro soliloquio.
Aquí es, entonces, donde entra usted, especie de Mesías que, en el sólo acto de seguir leyendo, le salva la vida y le da razón de ser a ésta, ahora sí, carta de amor.
No se ha ganado ningún premio sorpresa, ni hace falta que "se quede en línea para conocer sus nuevos beneficios". Pero, aunque sea poco, sepa que es usted el feliz dueño de una carta de amor y que, aún si dejar de leerla ahora mismo, seguirá siendo el poseedor indiscutido por el sólo hecho de haber sido traido por el azar, el cansancio o vaya a saber qué circunstancias en este dia, hasta este banco, este lado, esta carta y esta precisa palabra que da en este justo punto aparte.
Hasta aquí hemos hablado (he monologado, mejor dicho) mucho sobre la carta.

"¿Donde estó el amor?" se estará preguntando usted y, sin darse cuenta (hasta ahora, que yo estoy por hacer que lo advierta) se estará haciendo la pregunta de toda la vida
¡Quién lo supiera! Otro sería este tiempo si todos supiéramos dónde queda quien pueda llevarnos hasta allí, y cómo es que volvemos cuando cierra esa oficina y empieza a llover y se hace de noche y se corta la señal o se rompe la brújula ya sin norte. Pero usted estará preguntando por el amor de esta carta, algo que la distinga de alguna de esas que usted recibe, diciéndole que o paga o se la cortan (a la linea, ¿eh? Que todavia no tengo tanta confianza como para hablarle así, tan livianamente, a un apenas conocido), que aproveche tales o cuales ofertas, que gastó todo esto y todavía falta el resumen del mes corriente. Es el amor lo que debería salvar a esta carta de esas otras, mundanas e impersonales cartas que tanto suele recibir. Qué amor puede leer usted de mí, que no lo he visto nunca (o quizá sí, alguna vez, pero sin saberlo), que no conozco sus gustos personales o, peor, que no conozco aun sus ojos o el idioma en que hablaran...
Como tarea es arriesgada y casi vana, yo y la camisa de once varas...Pero, quién sabe, tal vez se me de mejor el azar que el mismo amor, y apueste a una ficha que podría jugar usted y quizá, y sólo porque de a ratos la casualidad nos tiende una mano, podamos hablar de amor en una misma frecuencia.

lunes, 8 de marzo de 2010

Por los tristes

No sabe uno cuando nace, bajo su estrella de pereza y ternura, qué es lo que buscara en los otros, hasta dónde les escarvará la mirada, cuáles serán las esquinas, suyas, que nos torcerán las calles viejas que ya nos hartamos de andar.
Yo no sabía que, de todas las cosas - la sonrisa, las primeras palabras, la boca, la espalda, la voz, la forma de mirar- de todas las cosas, yo iba a caer por la tristeza.
Los hombres tristes me hacen un hueco en el corazón, les quiero decir tantas cosas...Siento que fuimos algo en otro momento del tiempo, que tuvimos algo hermoso y triste, como nosotros, y luego lo olvidamos. Siento que, quizá, si lo intentaran, ellos también lo verían así de claro, tan claro como lo veo yo.
Los hombres tristes me ponen nerviosa, y bajo siempre la cabeza cuando entran a un lugar. Me enamora el pierrot y su lagrima, colgandole, negra, de una mejilla.
Brillan como de otro planeta los tristes, y yo los veo luminosos andando por la ciudad, como farolitos inconscientes de su luz.
A todos, a cada uno le escribiría una carta de amor diciéndole: "Te quiero por triste, porque me hacés sentir que ya lloramos juntos", y allá la enviaría, confiando, sino en el amor, al menos en la comprensión de los tristes: yo sé que ellos me creerían.
A todos los besaría en mitad de la calle, como diciéndoles que no me ocurren muy seguido, que en todos lados veo hombres que esbozan sonrisas idiotas y torpes, de una felicidad inventada, que ya nadie se anima a ser triste y sincero.
El primer hombre que quise, seria y jodidamente, era triste hasta la médula. Sólo me faltó darle el beso en mitad de la calle, porque le escribí todo, por poco y no le escribo una pared.
Le dije todas las cosas, le hablé de nuestra tristeza, y triste y derrotada me alejé.Tan oscura, tan enrevesada era su pena que no cabía ni él, ni qué soñar un lugar para mí.
Hoy todavía lo veo, de vez en cuando, y es más feliz y, entonces, nada más que mi amigo.
Los hombres tristes me hacen temblar.
Allí donde el amor pierde siempre de visitante contra la lágrima, a esa orilla salada quiero arrimarme yo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Nunca escrita

En la novela que no he escrito vuelvo a repetir mi formula de éxito, la que me llevo de las grandes editoriales a los pequeños y variados corazones.
Digo cosas hermosas que derriten a los soldados machotes que esconden mi libro bajo sus almohadas en el cuartel.
Hago literatura con solo un punto aparte preciso e inesperado. Los adolescentes que escriben sus primeros bocetos de amor con forma de poesia quieren ser, de jovenes, como yo.
En esa novela que jamas siquiera imaginé, cuento como se enamora de pronto una mujer. Cuento que nunca se sintio igual, que llora y se rie, que se vise diferente y aprende a decir palabras nuevas. Todo tremendamente viejo y gastado, pero lo digo tan bien, es un texto tan personal y unicamente mio, que todos sienten que es la primera vez que alguien cuenta algo asi.
Es mi obra maestra: yo misma estoy convencida de que ahi esta mi tope, mi techo, la puntita de la que voy a colgarme de hoy para siempre.
Mis personajes, de tan humanos son magicos y, de tan urbanos, sin casi celetes. Saben que tienen eternamente la vida por delante: nunca los dejaran de leer, recomenzaran cada vez que alguien abra otra vez el libro y los busque de nuevo, jovenes y hermosos, para verlos enamorarse y sufrir, para escucharlos llenar de frases célebres la historia de la literatura.
Con mi novela, ademas, me arreglo de por vida. Vendo en todos lados, soy traducida en mas de veinte idiomas, tengo mas guita que la autora de Harry Potter. Salgo de gira dando conferencias y firmando ejemplares: siempre me preguntan lo mismo y yo voy decorando con disimulo las mismas respuestas, como para no aburrir ni que se note tanto que no soy muy original. Por ejemplo, no hay vez que no me pregunten como se me ocurrio. Yo, entonces, cuento alguna anécdota de infancia y, con ojos vidriosos, aclaro que nada es muy autobiografico, pero ahi esta siempre la raiz. Después practico alguno de mis malaprendidos idiomas, o digo alguna palabra con un acento terrible, sabiendo que estan ahi para perdonarme todo, por lo que a menudo encuentran incluso simpatica mi patética incursion en las lenguas extranjeras. Y me aplauden. Y me vitorean. Y me hacen chistes educados para hacerme reir un poco y ganarse mi favor.
Firmo apurada a la entrada de un restaurante o un hotel. Me saco fotos con lectores de todas las edades, que juran que nunca han leido nada igual.
Me canso un poco de tanto ajetreo pero después llego a casa y me espera el hombre que me gané por escribir o, mas bien, por facturar: es que, el éxito es la mejor flecha de Cupido, la definitiva.
Nos dormimos abrazados, él y yo, y en la mesa de luz duerme mi novela. Imposible novela, universo de papel, que no he escrito jamas.



lunes, 1 de marzo de 2010

Entre rieles


Cuando amanezcas yo estaré todavía entre las sabanas, pensando, siempre pensando cómo hacer para dormirme otra vez. Finalmente me daré por vencido y juntaré fuerzas, pero hasta entonces ya serán seguramente las 9 de la mañana, hora en que estarás comenzando tu viaje.

Hay quienes dicen que el domingo es el día en que verdaderamente empieza la semana. Yo, en cambio, siento un cansancio de fin de mundo, una cosa que no me aguanto y eso que intento: intento dormir toda esta fatiga.

Decía entonces que serán las 9, yo y mi desayuno, vos y tu viaje. Vos atravesando países y yo la manteca con un cuchillo, para untarla en una tostada casi quemada de un descuido. Después, justo después, haré esa estupidez de derramar casi todo el azúcar y quedarme solo mirándola como a una cosa triste y previsible, el azúcar despilfarrado blanqueándome la mesa, las manos y el suelo. Toda el azúcar al suelo, y las nubes que no se mueven a pesar de la méteo que decía que tocaba ya el buen tiempo.

Vos, en cambio, miras por la ventanilla y te saluda el sol. Vos misma estas más soleada allá al sur, ahora que todavía es tu idioma el que podes hablar y entender sin esfuerzo.

Cruzar de un país a otro tiene lo suyo, es curioso eso del 'de aquí para allá...', y una bandera y un idioma y una idiosincrasia solo por estar un poco mas aquí que allí. En eso irás pensando, y en como es que te sentís más cómoda de un lado que del otro, si es solo tierra y bandera.

Yo, mientras, y por pensar menos, prendo un cigarrillo y me largo a mirar por la ventana, a ver si sale la vieja a comprar pescado y otra vez se da con que en domingo no abre el mercado, y vuelve con las manos vacías medio refunfuñando con la vista en el suelo. Y ahí está, claro, otra vez.

Si fuera otro hombre, yo debería hacérselo acordar, para que no salga con el frio y los problemas de huesos: si fuera otro me preocuparía más, aun cuando la sola idea me parezca ya imposible.

La vieja vuelve y me mira con asco la cara, el cigarro, la forma que tengo de mirarla. Es como si supiera que yo lo sabía y no se lo dije a tiempo. Enciendo otro cigarrillo, con las cenizas del primero, y que el humo tape a la vieja, a la calle y al mercado que no es hoy, que como tantas, muchísimas cosas, no es hoy.

Vos llevas casi cinco horas sin fumar, de país en país, sin siquiera una seca...Mira que hay que joderse, eh?!

Vas queriendo llegar para tragarte aunque mas no sea uno de esos cafés de máquina, imposible y secretamente envidiando mi café fait-maison, de cafetera italiana, porque a los gustos hay que dárselos en vida, digo yo. Era mi vieja la que los hacia mejor, antes del cáncer, todavía con ánimos y todo eso, porque después, como para dedicarse a hacer café...

En la gare de Montpellier, beaucoup de monde...pero, claro, bien sûr, es el tránsito vacacional, todo el mundo con ganas de estar en todos lados menos en casa. También yo.

No hay frío como el de mi casa, un frío que nadie cree, ni la vieja del mercado, ni la mía (que hoy tendrá más frío), ni la mujer que hasta hace algunas semanas me calentaba la cama. Quizás se fue porque se me moría de frío, la pobre. No lo sé. Y en ella pienso bajo la ducha, y siempre que puedo. Ella se me hace el vapor que se levanta de mi piel cuando me envuelvo en la toalla bordada con mis iniciales, como para que la use solo yo.

Y vos te subís a otro tren sin asiento o, mejor, con asiento "selon disponibilité", o sea, ça veut dire: no te pongas demasiado cómoda que en cualquier momento llega el legítimo dueño del lugar donde tenés estacionado el culo. En cualquier momento llega alguien y te tenés que mover. Es la misma sensación, también me pasa, y eso que yo no pagué un euro, o si, qué sé yo, depende de como lo veas. Yo un día me enamoré y lo pagué casi todo, aunque al cine y a cenar hayamos ido una o dos veces y pagando a medias. Yo pagué otras cosas, vendí algunas tantas y regalé unas cuantas más...

Y te estarás enamorando ya, a segunda vista y de soslayo de tu compañero de asiento robado, mientras que yo me desenamoro por vez numero tres mil, y con los ojos bien abiertos, mirando de frente a todas las cosas que me dejan de esperar...tantas cosas!..Qué paciencia nos tienen y les tenemos nosotros...Yo, que me visto despacio aunque sea tarde y yo sienta que se me condensa el tiempo y el lugar se me fuga, toda la casa se me fuga por el cerrojo de la puerta. Quedo sólo yo, yo solo, adormecido por el calor de la calefacción y el sonido sordo de los cuervos chillando en el invierno, afuera.

No le decís nada, ¿por qué? Es tan difícil, yo sé, hablar cuando hay tanto para decir. No es culpa de nadie pero hay quienes nos callan con solo mirarnos, tan fuerte, tan levemente, como a través de nosotros. Y en cambio, vos y yo siempre nos chocamos con todo: perforamos, taladramos la entraña, entramos para verlo todo y en esa arriesgada aventura quedamos vacíos nosotros, sí, nosotros mismos. Por eso me toco por sobre la camisa, me busco los huesos y el cuerpo me jura que sigue allí. Me jura que no ha de traicionarme, como ella. Que no se me retoba, como ella. Que lo toco, como a ella, y no hay más que ese tacto. Y no hay más que carne, que sangre, que lunares, que cicatriz y curvas. Como ella.

Y el tuyo (tu cuerpo, quiero decir) ya maltratado de trajines y valijas, hace parada casi que en casa, con mate y con eñes, con tonada y norte, eso que hace falta aunque sea tan poco políticamente correcto sentir que lejos algo se estruja cerca del corazón.

Y a veces cerca también. A veces cerca de todo hay que largarse a correr o a llorar y esperar que eso alcance para que se termine el año y venga otro más.

Ya esta oscuro, tan rápido. Se van haciendo las luces de la calle y sus sombras, y dicen que a la gente le da por decir la verdad mientras que se los vea poco y no llegue a adivinarse bien qué mueca llevan sus palabras. Yo no sé. Vos tampoco, pero todos los días te lo preguntas, ahora que vivís donde las palabras son sonidos, artículos de diccionario, vaquitas de San Antonio que te caminan por las manos, que se te escapan o se resbalan justo cuando toca jugar la carta ganadora, mover la reina o, en fin, comunicarse sin balbuceos de bebe o adolescente enamorado.

Ahora, que vas camino a la estación a las corridas, atropellando gente sin apelar demasiado a lo que habría que decir ("permiso" en francés demora mas en pronunciarse), pensás solo en el tren y luego la comida y al fin la cama. Y, bueno, a qué negarlo, en el que viajaba a tu lado en el asiento auto-adjudicado, al que juraste hablarle (otra vez las palabras!) sí, y solo sí, bajaba en la misma estación que vos. Hasta que el muy arruina-azares-cuasi-cósmicos, porque sí que se bajó en la Part-Dieu, habló con su copine, que es una palabra que se aprende rápido a fuerza de desilusiones de la boca de estos que las chicas quieren y no pueden tener.

En él pensás más que en la cama, y un poco te alegra tener eso adentro, esa espina clavada, una espina tonta y sencillita, y no aquella vieja y profunda con nombre lejano y olor a tiempo tapado de naftalina. Te alegra pensar en el anónimo francesito que se bajo en tu misma estación y luego nada más. Nada más.

Entonces te subís al tren, arrebatada, puteando entre dientes la demora que te hizo correr tanto en vano.

Yo sí que salgo puntual, despacio y sin apuro. Me gusta llegar con tiempo a todas las cosas, llegar antes y estudiar si vale la pena esperar a la hora de la cita. Qué ironía que a mí todo me quiera llegar tarde, que nada avise que se demorara, que la vida sea conmigo tan informal. Ya no me peleo, y mientras camino también pienso en alguna que no me miro como yo a ella, en alguna que me desvistió con desgana, en la que me regalo un reloj donde contar el tiempo que me quedaba a su lado. En la que me soltó la mano y me dejó a que solo me mordiera la cola, envenenado de mí y mis cosas. Y después, vino su cáncer, dejó de hacer su café y yo no nunca pude hablarle de que me sentí sin techo, de que me hizo frio, de que la quise igual.

Mientras camino voy pensando en la calle Lamartine y en un beso, un solo beso que yo di con tanto placer, entregado y convencido de ir a parar a esa boca esa justa tarde en que no había nada mejor que hacer que salir a buscar amor. Qué poco nos quisimos pero qué grande fue ese beso cuando besarnos era la mejor manera de perder el tiempo. Hoy, en cambio, no hay tiempo para perder.

Ya llego, nada es tan lejos por acá. De nuevo estoy antes de tiempo, yo con los ojos tan abiertos y vos, cabeceando contra la ventanilla, acunada en la música que te canta donde solo la entendés vos.

El frío se me hace hueso y entraña, qué más da, hay que saber llevar el invierno, el infierno, a donde uno quiera ir, por impreciso que se nos figure el destino.

Me agacho, me hago bolita y me protejo del viento, del tiempo y del caminar pensando en un beso y una mujer que una vez me soltó la mano cuando había que cruzar la calle. Aquí, tan cerca del suelo, con el frío de los metales anestesiándome las rodillas y los codos, casi que puedo escuchar las voces de lo bajo: entonaciones de raíz, ecos de otras lenguas, quizá la tuya, y esa canción que llevas en el oído dormido...Y son horas de partir lejos de este perro mundo...

Te sacude el golpe, y terminas por despabilarte cuando se detiene el tren. Corren de un lado a otro los controladores y el chófer se agarra la cabeza diciendo que no ha visto nada, que qué habrá podido ser...

Cómo saberlo, cómo saber lo que ha sido...Tampoco vos lo entenderás.

Solo digamos que dormías, y cuando abriste los ojos, yo ya no estaba más.

lunes, 18 de enero de 2010

La Virgen de Occidente

Anoche tarde ardió mi frente
bañada en fuego artificial.
Era la Virgen de Occidente
era la Virgen infernal.

Vino con todos sus ungüentos,
vino fingiendo ser la luz,
vino con átomos sangrientos,
vino demócrata y con cruz.



Qué van a hacer con la muerte...
Donde carajo les cabe la tristeza....
Y el hambre, como se revuelve el hambre hasta que se les olvide, comer, rogar, vivir.
Qué esperan los desesperados? A que vengan los semi-dioses de las promesas a decir "Aqui estamos, esto somos nosotros", y hagan algun gesto comedido. Y pongan su firma, y agreguen humanidad a su curriculum, y hagan y deshagan como es su deber, el de quién sabe quién les destino a ellos y solo a ellos.
Los semi-dioses son cortos de vista y no ven lo que pisan, lo que pisotean con el placer de la omnipotencia. Y tan fuertes, tan fuertes son, que hacen pactos con la tierra para que les de la razon y la oportunidad de salvar el dia.
Pero el dia, los dias, hace mucho que vienen muriendo, hace mucho que nacen muertos en algunos rincones del mar.



Todo lo dicho


Tercos. Inquietos. Absurdos cuando la realidad deja mucho que desear.

Temperamentales. Desestructurados. Famélicos del mundo que hay mas alla.

Caseros. Sencillos. Inutiles en el sentido practico, como un cuadro o una cancion. Hechos, como el arte, de la imaginacion y la belleza que falta por hacer.

Ortodoxos en todo menos en la religion. Jugadores. Mañeros. Expertos en desentender lo cierto.

Despiertos. Vueltos del revés. Marcianos. Extraños de los protocolos y la etiqueta.
Gritones. Cantores. Carne de cañon cuando la causa es justa.
Pasionales. Caoticos. Desarmados. Marionetas del antojo.
Agridulces. Comicos...y espantosamente sublimes.

Quijotes. Llorones. Errantes. Dubitativos convencidos.

Encendidos e incendiarios. A veces flores. A veces besos. Amuletos. Faros de lo probable. Intrépidos dejos de ternura.

Cosmonautas de la nostalgia. Bichos de luz. Rompecabezas incompletos, tres mil piezas sin vértice ni aristas, sin por donde empezar. Relojes sin agujas ni arena, puro tiempo que no se quiere medir.
Espejismos o promesas de que espera algo mejor.

Secretos a voces. Hijos prodigos de algun sub-dios del amor con carne y sin culpa, de la vida con placeres y sin miedo. Del dios que perdio.
Abrazados. Abrasadores, quemantes amigos mios.

Tantas cosas que nos dijimos y, aun asi, nunca encontramos las palabras.
Hoy hago inventario de todas.
Que cantidad no es calidad, ya lo sé bien, sabios, certeros amigos. Pero sabran entender, una echa mano a lo que puede para decir lo que nunca alcanza.
Todo eso.
A menos que baste con decir que los quiero.