martes, 30 de marzo de 2010

A dejar sobre un banco de plaza (parte 2)


No hace falta que sepa nada de mí: ésta es una carta de incógnita a incógnita. Aunque parezca imposible o ilógico, ¿por qué no? Yo siempre pensé que esos dos signos de pregunta, el ying y el yang y tan espejos uno del otro, se querían en secreto, aún cuando fueran dos enigmas enfrentados, y uno fuera siempre el de abrir y el otro, siempre el ponerle un fin al momento y decir "ya está".

Por las dudas, le pido, no me juzgue por mi teoría de gramática española y amores. Es ilusa y hasta estúpida, ya sé, pero a mí a veces me da por creerme cosas que me invento, por no creer en otros inventos de cualquiera tan inciertos como los míos.

Como sea, quería hacerle saber con todo esto que bien puedo yo escribirle este mensaje de amor aún cuando nuestros nombres no aparezcan por ningun lado y estén nuestros derroteros borrosos y nuestros devenires aún mas.
No tenga tantos peros que, al final, no lo dice todo el mundo a eso de que "¿a quién no le gusta que le digan algunas palabras de amor?"
Porque no es más que eso, unas pocas palabras que se me han enamorado saliendo de mi boca torpe esta mañana mientras tomaba mi café. No pueden ser mías, me quedan muy grandes: alguien o algo habrá tenido que soplármelas al oido mientras dormía y el inconsciente hizo todo lo demás.
Ahora que intento escribirlas, es como si no pudiera hacerles justicia y que suenen tal y como las escuché yo. Era casi una canción de esas tan hermosas que no hay carta que alcance. Hablaba de tu espalda y tu caligrafía, de un verano que vuelve entre la púrpura de unos oleos o algún otro de tus simpáticos simulacros de encerrar un momento. Luego pasaba a enumerar las bondades de quererte de más. Decía, por ejemplo, que si no arañáramos todos los días cierto cielorraso lleno de artefactos celestes, tendríamos que conformarnos con el cielo, bajarnos de la cumbre de este amor nuestro y quitarnos este lujo de alas que nos sorprenden en vuelo el día que nos mezclamos sin volcarnos y nos quebramos sin rompernos. El día en que somos lo que nos prometimos y con eso basta, para qué mas.
Esta mañana todo sonaba mucho mejor. Era entonces cuando mis dedos debieron haber escupido toda la tinta. Lo hacían, y yo ya tendría reservado un lugar en varias bibliotecas. Ahora, en cambio, soy una mujer que divaga sobre algo que será una carta quién sabe para quién. Si sucede que usted fuera algo como un psicólogo, le pido que deje el trabajo en casa (si es que suele llevarlo hasta allá también) y me lea como amante y no como profesional. Y dado que me niego a creer en los amantes profesionales (y con esto no quiero decir 'a sueldo', que los hay, sino a los expertos, licenciados en la materia), me conformo y, es más, me alegro por el amante amateur que tengo del otro lado de mis palabras. Esa torpeza es la que me enamora (y mire que a esto no lo dije por la mañana, a esto lo digo ahora), la de los signos de pregunta haciéndose la contra, la de los que se juegan todas las fichas a alguna carta que eligen al boleo y a ella le entregan sin reservas ni certificado de garantia, el corazón.
Yo era de ésas, hasta que se me tapo de moretones la torpeza, el coraje y las ganas de hacer de tripas corazón y nunca escarmentar. Yo era de las que escribían cartas de amor sin estar muy segura de si era amor o su búsqueda urgente.
Usted ¿de cuáles habra sido? me pregunto yo. Porque es sabido que también hay gente que jamás tuvo que andarle detras, que se lo chocó de pechito y ni falta que hizo nada más. Yo escribía poemas que siempre se llamaban con sus nombres: hoy conservo sólo uno, se llamaba Gabriel, y, en mi parcial opinión, era el más acabado: ahí el amor chorreaba pero tampoco dejaba con sed. En su momento me hacía sentir orgullosa...aunque nunca hubiera llegado a buenas manos.
A usted no podría escribirle un poema: no me inspira el anonimato, yo necesito un nombre, tantas letras, cuáles vocales, y una sílaba con más fuerza para que salga la lírica. Mis versos no crecen solos donde no hay nada. Esta carta, en cambio, es de amor para quien quiera...Amor rematado, palabras que soñé o que me dije para el que sea y ahora no quieren salir. Esto es amor sin nombre pero es como si los tuviera todos, por eso cuesta más. En usted caben todas las posibilidades y entonces mis palabras no pueden más que aspirar al infinito.
Una carta de amor en estado puro, porque aquí no hay mas que eso: no hay un pasado nuestro que nos distraiga, no nos debemos nada, ni esperamos en un futuro volvernos a ver. Aquí sólo hay amor que sale de ninguna parte, mojado en amores de carne y hueso que fueron un dia y ya no son mas. Solo es amor que derrocho para no que se me pudra junto con las otras cosas que dejo de usar.
Amor, amor sin poesía. Un amor que imaginabas cuando no sabías de qué hablaban los adultos cada vez que lo nombraban.
Esta es la carta de amor que me sobraba. Ojala llegue a manos en donde falta.

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