miércoles, 2 de septiembre de 2009

Las cosas (por donde se las mire)

Alrededor de las cosas
(o en su costado oscuro)
están los restos.

Nadie se atreve a mirar por esos espacios
que le ponen nombre al silencio.
Nadie se atreve a mirar porque ni Perseo
podría con ese monstruo que vive del recuerdo
y lo deja todo en piedra.


Debajo de las cosas
(o en su mitad escondida)
duermen los secretos
y las más tiernas verdades.

Hay quien tantea sin ver el fondo
a ver si es que pesca alguna claridad
de esas de agua o burbuja
de aire nuevo o primeras luces
de la madrugada.


Dentro de las cosas,
como el alma en su bóveda de cuerpo,
hacen ruido los latidos
y el traquetear de las semillas
que van buscando el tallo
en tierra de nadie.

Quien se adentra encuentra sismos y rompientes,
embrujos y estaciones
que se le olvidan al calendario.
Quien se sumerge vuelve a la superficie
crecido en bellezas de la profundidad,
cargado de regalos y promesas,
con manos firmes y claras
de tocar lo cierto.


Las cosas por donde se las mire
llevan en sus bordes
en su fondo
en su detalle más interno
una parte nuestra
nuestra equis
nuestro truco
el codiciado atajo
a nuestro centro.

viernes, 28 de agosto de 2009

La loca del barrio

La loca del barrio dice que hay un tango que no sabe cantar; que no nació de arrabal alegre sino de la tristeza de un campamento gitano; que se casó de un descuido y que le hubiera gustado estar enamorada cuando eso ocurriera.

Todos dicen que es más vieja de lo que aparenta (los locos no envejecen con los años, más bien van sumando locuras y angustias) y algunos de los más pícaros juran que la han visto desnuda por las siestas y las ventanas, ciertos días templados de otoño.
No es peligrosa y sólo lastimaría si fueran las palabras apuradas municiones disparadas a discreción. Porque todo lo que hace es hablar. De todo.
Cuenta que su padre era un hombre alto y de manos duras, solemne y distante como la estatua de San Martín en la plaza, igual de frío y sin palomas.
Dice que ha visto cosas hermosas y tristes, a sus hijos nacer, las sábanas blancas secarse al sol, el crepúsculo cuando se lo pesca mirando al cerro y no hay autos en la calle, las cartas que le escribía su hermana desde lejos (aquellas en las que le decía que más temprano que tarde se encontrarían y que hacía frío y que se había enamorado).
Y a veces se calla y es el silencio más elocuente que todo lo que la atraganta.


La loca del barrio es una mujer de pocas pulgas. Cuando le empieza a perder la paciencia a la vida, guarda sus libros y sus discos en cajas con nombres y redacta cartas diciendo (palabras más, palabras menos) que se va. Planea acabar el viaje por las venas, o de un certero golpe de arma. Y luego se acobarda a mitad de un recuerdo en que se había encariñado tanto con la vida. Entonces cuenta que casi se va pero que prefirió quedarse por la pena que significan las despedidas.


Rechiflada en su tristeza, la loca recuerda y se salva de la muerte: un gesto tan cuerdo que asusta.


jueves, 20 de agosto de 2009

Por lo bajo


Por lo bajo empiezo la canción
y me acuerdo que abajo de todo está el sitio
donde resistimos a todas las bombas
de la duda y el temor.

Bajito, casi en secreto
te regalo mi voz, y con ella los duendes
el color, los guiños, las palabras
que disfrazan el amor.

Desde abajo hicimos crecer este sueño:
nos gastamos el día en el último intento
y del naufragio quedaron mareas y tiempo
que arrastraron los malos restos.

Dormimos subterráneos destierros
y de un fuerte grito quebramos el cielo
hermoso de estrellas y soles tempranos
desde aquí abajo.

Nos tocamos por debajo de la ropa
la piel, y en el fondo del pecho asustado
suena un corazón agitado
latiendo bajo.

Por lo bajo estuve llamándote un rato
como si este eco quebrara el espacio,
como si la flor hiciera primavera
y bajo una excusa y un cielo volvieras.



lunes, 10 de agosto de 2009

Cosas que no sé (mi problema)

No escribo de cosas que no sé. Ése es mi problema.
No escribo tu nombre.
No escribo tu casa, tus cosas desordenadas, tus huecos de tiempo, el lugar que te hacés para llorar.
No escribo tu voz, cómo podría, si no tengo ni un color para pintar mis sílabas, si no hay cómo seguirla en la oscuridad, cómo sacudirle los silencios.
No te escribo ni una carta, no me sale. No sé decir lo que no sé, imaginar un destinatario antes de mis dos puntos, soltar al viento palabras boomerang que terminen aquí, conmigo otra vez. No puedo con la correspondencia no correspondida, qué torpeza la mía.
No escribo lo que sentiste, no sé cómo agarrarlo y hacerlo tinta sin que se me haga agua y se resbale de mis manos.
No escribo que también lamentaste tanto desencuentro. Ojalá lo supiera para hacerlo letra y pasar en limpio esta historia, volverla quizá una canción que pidan siempre los tristes en sus peores momentos.
Intentaría borradores con todo lo que nadie me asegura: yo, por mí, lo haría.
Pero serían los tachones más largos e inútiles que queden dando vuelta sin gracia ni remedio.
No escribo tus fronteras, o el número donde encontrarte en horario de trabajo. No escribo recuerdos que no guardo, memorias que no pasan de un deseo o la voluntad (a dientes y puños apretados) de que alguna vez sean ciertas.
¿Cómo hago yo para escribir cosas bonitas sin saber cuáles te pueden, a vos? ¿De dónde saco la poesía? ¿Cuál es la lengua que hay que conocer para hablarte a vos, justo a vos?
Todavía no encuentro los mapas de donde iremos a parar, ni me marcan los relojes las horas que querré guardar. No se me ocurren rincones donde rastrearte ni promesas con qué tentarte: no tengo idea de lo que buscás y no puedo ayudarte a acortar camino.
Otro sería el cuento de conocer todo eso.
Es que no escribo de cosas que no sé. Ése es mi problema.

Vuelta al mundo


De vuelta de la vuelta al mundo, allá donde la altura es sacar la lengua y no mirar hacia abajo, supe con seguridad que me había enamorado. Hay besos que no saben decir otra cosa, los del sin lugar a dudas, y aquél había sido de esos.
Ocurre con las historias de amor que todos pueden decir, con estruendosa seguridad, dónde terminan pero nadie es capaz de arriesgar un comienzo, el momento de dar el brazo a torcer o de dejarse torcer y entregarse a lo que tenga que venir.
En mi caso fue claro: el principio fue esa vuelta al mundo herrumbrada de algún parque berreta que se instaló por dos o tres semanas en la ciudad. No sé si estábamos en invierno, pero hacía calor (cerca de los besos siempre hace calor) y yo había anotado la fecha para no olvidármela cuando tocara recontar. Creo que tuvo la distinguida suerte de ir a parar al basurero un día de urgente y descuidada limpieza general de mi cuarto, y la fecha se hizo olvido, trágico destino de los números fríos que parecen querer salvarse diciendo "somos la memoria de algo más que un número". Y no, en realidad, no.
Era silencioso el amor entonces. Era la luz tenue de los veladores o un estandarte o una calcomanía que pegar a la ventana. Quizá fueran señales que se hacían a horas en que faltaba la luz y había que encontrarse y hacerse un lugar en la cama. O quizá sólo se trataba de conocer los recodos de las cosas, los truquitos ingeniosos para echar a andar la maquinaria, las figuras retóricas que llevaban sin demoras al verso perfecto.
El caso es que era amor, repartido, repatriado luego de los peores exilios, los más sonoros fracasos. Era amor como para hacer dulce, amor de sobra que no sirve más que para el derroche, amor a la manchanchi, para atajar en el aire y soplarlo al mundo para no ser mezquinos.
Amor amordazado, desamorado, amoratado; amor atado al fino hilo de los eventos, de los días con sus años.
Amor de esos en que la ciudad podría ser cualquiera y se echa a perder el calendario, que decide no tirar sus hojas y detenerse a mirarnos pasar.
Y cómo pasamos... borrachos y abrazados, a carcajadas y en pedazos, desarmados de noches y de resabios de las cosas que ya no estaban más. Pasamos hasta en los sueños, llenos de papel picado, hechos de carnaval y buenos augurios, de cabeza y pies decalzos. Pasamos y allí nos quisimos quedar.
Después dicen que fue el verano, pero yo me lo perdí: estaba agarrada a un final que olvidaría años después, convirtiéndome en la excepción a la regla, guardando para mí sólo el buen comienzo, el beso, el calor y las alturas: el día que di la vuelta al mundo de un beso y supe, quebrada de luz, que algo de todo eso quería decir amor.

lunes, 3 de agosto de 2009

Del azul


Del azul vienen naciendo las cosas.
De un color inventado para llenar un vacío y hacerlo profundo.
Tenía que ser azul, cósmico y hermoso, el lugar donde se hundieran los planetas como bolillas petroleras de colección.

Al azul fueron a parar todas las luces. Y del azul salieron para quebrar los intentos de nocturnidad, y a sus nocturnos, seres azules por antonomasia, alados de sombras.

Del azul, un engaño, un tono sobrio de disimular tristezas, como si el dolor no estrujara la azul entraña, rota en colores sin brillo.

Sale fuego del azul destrozado, mata con roja precisión. Y es el color de la luna cuando nadie la ve, azulada luna de las cosas escondidas, las más hermosas jamás descubiertas.

Después de la vida, o entre medio de ella, vendrán azules a buscarnos y a quedarse. En Darío, en ciertas desarmadoras miradas o en florcitas silvestres que se llaman contra el olvido y lo que venga detrás.


sábado, 1 de agosto de 2009

Poema de empezar a irse


Me voy a abrir puertas.
Y a cerrarlas.
A abrir unas y a cerrar otras,
como hacen los enamorados
y los psicólogo-dependientes.

Voy a llevarme colgadas algunas cuantas verdades,
y también las mentiras que tanto me ha costado
aprender a mentir.
Voy a cargar bolsos con cuentos para dormir
y canciones de sonar a la siesta,
y el beso que rompe,
de momento,
el impulso de estar bien.

Voy a romper el silencio
y en el punto de partida
a decirte que debiéramos esperarnos siempre,
que la vida está soplada de tiempo,
de olas que no rompen y vidrios frágiles
que no se quiebran
ni con tu amor más impreciso.

Voy a volar apretando las muelas,
pensando que el cielo es siempre el mismo
y que abajo me esperan sucursales de este mismo abrazo,
almohadas que estrenar soñando el día de mañana,
como ha sido siempre
que estuvimos vivos.
Me voy a llenar los pulmones de aire importado,
y a perfumar los aires extranjeros
de este color local, algo como naranjas
y zambas distraídas.

Voy a aprender a cantar otros sonidos
y a no dejar que se desafine el mío,
para que suene como a llamada de ultramar
y vengan flotando las voces
que me dejé en la ciudad.

Me voy a que el mundo se llame en otro idioma
y a putear en el de siempre
porque el odio el amor y se hacen siempre
de la lengua de donde
es oriundo el corazón.

Voy a extrañar con la piel y todos los huesos
el espacio que tanto me costó llamar mío,
tanto tiempo, tanta gente, tantas palabras,
todas enormes, bajo la lupa del exilio.
Un exilio buscado y encontrado,
uno que pide pista de ida y vuelta.
Me voy a ver si volver es como el tango
y el soplo que es la vida
me oxigena el alma
los años
y la voz.