lunes, 12 de diciembre de 2011
Qué susto
Le daba miedo a veces, y quería guardarse como los caracoles.
Aún cuando algunos vientos sacudieran con tanta facilidad esa casita sin cimientos. Aún cuando también fuera vocación de caracoles andar abrazados al camino con antenitas de tocar el mundo y quererlo llevar.
Le daba miedo y quería que todo se quedara quieto, que a las cosas se las chupara un silencio de certeza inmutable, indiscutible.
Le daba un miedo frío de habitación vacía, miedo de esos que duelen por si acaso llegara a doler y que son, quizá, la resaca de algún viejo exceso de amores y corajes que ya no queremos conocer.
Le asustaban las burbujas y los panaderos: pequeños mundos que cuida el aire, que pasea hamacándolos con cuidado de tanta fragilidad. Y le asustaban porque sabía bien que encapricharse con ellos era dejar que ardiera la mirada: hay cosas, cosas sencillas y hermosas, para las que no vale el parpadeo, y corremos el riesgo de no querer cerrar los ojos nunca, por no dejarlas de mirar.
Qué susto le daba despertar algunas mañanas con ardor de luces en las manos. O sacarse, al final del día, los zapatos, y encontrar rayones de colores manchándole las plantas de los pies.
Pero el miedo también se descuida. Se duerme en sus laureles de ser el que seca las bocas y ata los pasos, y se olvida de otros enviones.
Enviones como el del ruido alborotado de la duda, que es curiosa y de redoblar siempre las apuestas.
Enviones como el que aterriza en un abrazo. Como el de una tarde que cabe en cualquier cajita de cartón.
Enviones a lo frágil, a lo que desarma la lluvia, a lo que no tiene calendarios y duda de su nombre.
Enviones que dan miedo.
Dicen los dichos y las canciones que las mariposas vuelan al fuego. Vuelan de miedo y a pesar de él.
Puede que se quemen. O que salgan otra vez, vueltas luciérnagas.
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