lunes, 26 de diciembre de 2011
Material sensible
Hubiese despistado al instinto, no sé, hubiese amagado con decir alguna cosa más o menos convincente, pero mentirosa (claro, mentirosa, porque sin mano en el corazón la verdad se va a dormir).
En cambio lo que sentí fue un frío en la espalda, como del invierno más crudo, como del diciembre del revés que viví un año que hoy es la medida de mi tiempo.
Bastaría quizás decir que todas las cosas que supe fueron a encharcarse en una duda, y el motor haciendo ruido por salir, patinando ruedas y manchando la pared. Lo desaprendí todo ese día, a esa hora, con un frío en la espalda y la boca vacía. Ni una palabra.
Quise decir, quizá, que me dolía el cielo sobre la cabeza.
Quise decir que estuve tan cerca de una receta, de un sortilegio infalible hasta tus manos. Quise hablar de las líneas de tus manos y jugar a que fueran un camino, un buen camino para mis pasos pequeños.
Cansancio. Espanto. Signo de pregunta. Tu nombre, quise decir, y hacer en sus bordes la canción que no me deja dormir.
Se me agrandó el hueco en el estómago y se hizo como un pozo de esos que dan al mar. Todo de mí prefería ver el agua, su sonido, y chapotear hasta hundirse allá donde las burbujas cuentan secretos. Todo de mí quería ser poeta para ganar, a golpe de metáfora certera, la larga partida. Todo de mí quería una puerta abierta, y un par de alas, o una confianza y un beso anudados a la espalda. Y despegar.
Pero mi frío y mi instinto amordazado y lo que quise decir, destilado en atroz silencio, me obligaron a quedarme en el suelo.
Cuando me dormí, hecha un nudo en el sillón, soñé tres deseos y voces queridas. Uno de esos era poder decirlo todo; el otro era que el dolor pronto se hiciera cicatriz. Y el tercero me ardió en el pecho.
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