No es fácil tener 9 años.
Yo lo veo escapar de los adultos que le preguntan cómo le va en la escuela, qué quiere ser de grande, cuánto quiere a sus hermanos, y si le gusta alguna chica del grado.
Y ante esto último, siempre dice que no y hace trucha. Que no le pregunten esas cosas. Que a ellos qué les importa.
Pero a mí sí me cuenta. Quizás se da cuenta de que no creo en preguntar por preguntar (preguntas inútiles, a decir verdad) o de que siento que hay cosas que, si se contestaran a la ligera, perderían su urgencia y su valor de cosas ciertas.
A mí me contó la pura verdad de todo. Que en la escuela le va lo mejor que le sale, aunque eso a veces le cueste. Que de grande preferiría ser astronauta, pero sólo porque dicen que son ellos los que ven el cielo de más cerca. Que a sus hermanos los quiere algunos días más que otros, pero bien sabe que la respuesta esperada es 'mucho, a todos, siempre'.
Y además me contó que sí que hay una chica. Y de puso colorado. Y mudo.
Pero no sé si estoy enamorado...¿Cómo me entero de eso?
Fue entonces cuando mis veintipico de años se me desarmaron en las manos y mostraron toda la hilacha. No lo sabía. No lo sé. Enamorarse es una cosa de otro mundo, y a veces siento que nunca me ha pasado.
Evadí su pregunta, la estrategia consciente de todo adulto bien aprendido. Le pregunté qué sentía, le pedí que me contara más de ella.
Me dijo que ella había empezado a sentarse cerca de su pupitre y ahora, por eso, charlaban más seguido. De todo un poco. Ella le contaba cosas suyas, lo que le gustaba hacer, sus juegos, lo que más le aburría, las peleas con su mamá, las cosas que le daban miedo.
Y que cuando la escuchaba él pensaba que podría estar hablando de él mismo, que se parecían un poco sin querer, aún cuando ella hubiera estado desde el primer grado ahí y nunca se hubieran dicho más que 'hola' y 'gracias'.
Por eso cuando la ve siente que quiere preguntarle más cosas, y escucharla contestar y que diga las cosas esperadas y también las otras, las que nunca se ve venir. Y escucharla reírse a las carcajadas o ponerse nerviosa y torpe, cuando parece no tener nada convincente que responder.
Yo le dije que querer saber de ella tenía que querer decir algo. Vaya uno a saber qué.
Hay curiosidades que se nos escapan a todas las edades.
Entonces me preguntó la más difícil de todas.
¿Pero y ella? ¿Cómo se yo qué curiosidades tiene ella conmigo?
Hablamos, entonces, de las formas de mirarse, de tender la mano, de decir su nombre. Examinamos gestos, desde los más rebuscados a los más casuales. Analizamos actitudes corrientes y excepcionales, reacciones más o menos favorables, los días mejores y aquellos en los que parecía haberse levantado con el pie izquierdo.
Estudiamos sus movimientos y sus declaraciones, incluso aquellas en las que decía que se moría por un chico del otro curso, mayor que ella, que había saludado, con suerte, un par de veces.
No llegamos a ninguna conclusión.
Ella podía ser todo eso y, en secreto, muchas otras cosas más, quizá hasta todo lo contrario (porque volverse del revés, con palabras, no cuesta casi nada).
Ella podía ser el monstruo o la sirena y mi amiguito podía ignorar la verdad hasta el fin del ciclo lectivo, o todavía más lejos, más allá.
La duda era ese pantano que hacía ver todo borroso. Borroso como sus propios sentimientos por ella, eso de no poder decir que le enamoraba por no estar seguro qué remolino de cosas venían con eso y si algo de eso era ese pequeño sacudón que lo mecía a él, de día en día, de mañana de escuela en mañana de escuela.
Lo único cierto es que pensaba en ella. Que se le aparecía en momentos diferentes del día, inoportuna, a interrumpirle la merienda, los juegos con amigos y hasta algunos sueños.
Pensaba en el hecho de estar pensando tanto en ella y en cuánto podrá querer decir eso de dedicarle una parcela de tiempo y de imaginación a una persona que, por el azar más genuino, se sentaba ahora en el pupitre más cerca del suyo.
Eso tengo que saber - dijo con la seguridad de quien ha vivido años largos y agitados.- Tengo que saber si piensa también en mí. Tengo que preguntárselo. Decirle, directamente, ¿vos también pensás en mí?... Si me dice que no, es que no hay nada que hacer. Pero si me dice que sí...es que también le doy curiosidad, que quiere saber de mí, que le digo cosas que le gustar oir, que algo de todo eso le mueve algo adentro, y quizá, eso que lo hace, tan tímidamente, soy yo...
Quiero saber si también piensa en mí cuando los demás piensan en cualquier otra cosa...Eso quiero saber...
Es difícil tener 9 años.
Yo debiera tenerlos de nuevo, para animarme a preguntar qué cosa es enamorarse y si se parece en algo a que piense y a que te dejes pensar en mí.
2 comentarios:
Qué ternura. Son tan hermosos los niños!
Y tienen bastante que enseñarnos...!
Publicar un comentario