jueves, 11 de agosto de 2011

el mundo de una caja



Abrí una caja de cosas y las desparramé por el suelo para sentirme en casa.
Todo me quedaba chico pero me dediqué a cuidarlo igual. 


Y fue así que hice con cartones y acuarelas todo el mundo que me faltaba. Hubiera querido un mundo menos frágil, pero dicen que una hace lo que puede con lo que tiene a mano. 
Yo, por ejemplo, hice aparecer tu mano en una mancha de humedad sobre mi pared: así de quieta y de sombra, pero tu mano, bailarina, hice aparecer en mi pared.
Y con las palabras que tuve cerca llené viñetas, hice cartas, y conté la historia del día en que nos conocimos: hice la historia de un día con dos o tres palabras que yo me sé.


Había algunas cosas más en mi caja. Flores secas, un trompo, tres o cuatro fósforos con cabezas azules, una notita en papel rayado, un nudo de piolín, una curita que no se pega, el mecanismo de una cajita de música sin manivela, una birome rota que escupe tinta, tizas de colores, fideos de una sopa de letras sin hacer, y las indicaciones para llegar a alguna parte que no sé.


Lo acomodé todo como pude. A cada cosa le di su lugar, regalé algunas, entregué otras que, en el fondo, no me pertenecían.


Así fue como hice el mundo que me faltaba. Con sus rincones oscuros e inexplorables. Con sus espacios de luz. Sus confines. Sus ventanas con lluvia y hasta su vista al mar.


Con todo un mundo bajo la manga, pensaba yo, no habría mucho que temer. 
Pero cuando los moretones se vuelven más morados y, por mucho que intento, no me salen las cuentas de la felicidad, lo pienso de nuevo.


Mi caja apenas si tiene lo necesario para apenas un mundito precario que se desarma si se lo mira mucho y tan de cerca.


No puedo hacer el mundo del otro lado. 
Nada se ve desde el faro de mi mundo de cartón. No hay nada más allá.



1 comentario:

Val dijo...

Por más frágil que sea, siempre es importante tener un mundito propio. Muy lindo, a propósito.