Para mí siempre es un poco más duro de lo que cantaba Serrat. Por alguna razón torpe que me gustaría algún día llegar a entender, apenas pongo un pie fuera de mi tan vituperada ciudad, siento cómo se me estruja la nostalgia, o un espacio definido que hay en el pecho, la garganta y los ojos. Irse tras de una nube y sentirse en casa en todas partes no me surge naturalmente, es un ejercicio de todos los años, ejercicio que me hace repetirme (como para convencerme) que disfrute de las cosas nuevas, que no me gane el miedo a estar lejos, que al final todo queda cerca. Muchas mentiras pero, en mi cabeza, suena mucho mejor.Viajar es parecido a pedir prestado otra vida, una en donde una vive al día e incurre en excepciones a su regla, y el tiempo (eterno, todo, regalado) está sólo al servicio del placer. Viajar es un paréntesis. En la eterna línea recta, es la curva que asusta y emociona, la del grito en la montaña rusa.
Es fácil enamorarse de La Paz, casi tanto como de su nombre y su sonido.
Una ciudad de recovecos pero sin reveses. De altos y de bajos pero más de bajos, seguramente. Todas las cosas resbalan y escalan, como una misma que, a veces, se deja caer del asombro o se trepa a una nueva coincidencia.
Me gusta que sea tan ella, tan la misma para el de siempre y para el turista, la ciudad de la belleza modesta, como una mujer que se ve más linda cuanto más natural.De noche, y otra vez como una mujer, también es otra. Se iluminan sus altos y sus bajos se oscurecen tenues para dejarte pasar sin vergüenza.
Este enero me gusta La Paz haciendo campaña por el sí, que es el no a mucho cosa vieja, anquilosada, triste y ojalá, en algún momento, derrotada. Con su barrio indígena y su barrio español, su iglesia de piedra y trabajo del nativo, su canto de todas las voces, su pregón y su ajetreo de ciudad haciendo agua con su sencillez de aldea pequeña (parecida sólo en lo que de esto puede ser bueno a mi Tucumán). Con todo, todo esto, es dulce La Paz.
Por momentos, y aún sin conocer a pie clavado aquella otra ciudad, dan ganas de cantar como El Trovador: "Tú me recuerdas las calles de La Habana vieja..."

El cielo, la tierra y el mundo de abajo
Lo mejor de la Historia es cuando no se cansa de sobrevivir.
Hay pueblos que parecen empeñarse en dejar huellas, y se hacen piedra y se hacen aire en las alturas. Pueblos mimados por los dioses fueron, y luego pateados por malos designios, por poderosos y conquistadores.
Las ruinas de Tihuanaco son apeñas el guiño de una cultura que jura haber sido fascinante, allá cuando grande, cuando eterna y cuando una, fuerte y segura.
Geniales astrónomos sin saberlo, los Hijos del Sol se perdieron en el tiempo el mismo día en que dieron por fragmentarse, plato caliente que devoraron los de afuera.
Lo que queda de ellos es apenas el eco de un ruido, de un antiguo estruendo, un paisaje como de sombras o contornos de una luz que fue.
Lo que queda es una ofrenda, un regalo, a ver si todo es cierto y, además de revivirse las almas, renace todo un pueblo para volver a ocupar el "nuevo mundo", para llenar de vida y espejos el cielo, la tierra y el mundo de abajo.

3 comentarios:
Hola-
Me gustó tu manera de definir un viaje, como una vida que se toma prestada. Realmente me parece que es así, y por lo general esa vida termina resultándonos bastante cómoda y fácil de vivir.
Me pasó en mi último viaje al mar. Me he sentido tan libre de todo lo que me mantenía dolorida aquí, tan liviana, tan fresca.. que ahora me cuesta volver a mi vida de siempre. Y me cuesta muchisimo realmente.
Un saludo :)
Partir y volver cuestan mucho, no sé cuál más. Quizá la clave esté en poner en práctica algunos vicios y placeres de la vida de vacaciones en la vida de rutina, todos los que se pueda...
Quién sabe...
suerte en la vuelta a la tierra, a mí también me hace falta terminar de caer todavía...
Amiga.. como siempre, sus palabras son precisas; hablan, cantan,suenan, huelen, respiran, muestran... volví por unos instantes a esa bella ciudad que hace ya un año me enamoró.. gracias
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