La otra lengua
Se oye poco la otra lengua. No le gusta callejear, es más bien de puertas adentro: algo que ver con el calor del hogar, con los besos antes de dormir, con los olores a comida en la cocina y los abuelos y sus historias. Se habla poco (cerca de mí, al menos), quizá a modo de muralla, de refugio y cuidado.
Lo entiendo pero me temo que el silencio puede ser la peor tumbra de las palabras, de cualquiera: así como los tequiero callados retrasan el amor, también la lengua, toda, que no se dice, más que resisitir se está colgando a sí misma de un hilo (aunque no le convenza el suicidio).
Yo creo que de a poco empieza a asomarse por debajo de las camas, como un niño asustado. Creo que más temprano que tarde saldrá a llenar todo el aire, a escribirse y poblar las bibliotecas, a caretearla en la tele como toda lengua popular, a aprenderse en las aulas por necesidad, por gusto, porque sino ¿qué más?
Por ahora todavía hace respetuoso silencio. No decir no es negar, pero se vuelve bastante parecido a un sí lleno de concesiones.
Bombos y trompetas
En Uyuni, por azar o por conveniencia económica, el hostel quedaba justo frente a la 'Villa Militar': un muro por donde se asomaban soldaditos verdes al sol del altiplano.
Una de las mañanas, me despertó el himno de Bolivia y una que otra marcha militar, el canto bruto y mecánico del batallón. Sin embargo, estoy segura de haber oído (más temprano), entre girones de sueño, cómo el soldadito de la trompeta ensayaba tempranito 'Bésame mucho' con peligrosa insistencia.
En Uyuni, la trompeta del joven soldado regalaba boleros.
El oro blanco
Los romanos y, en general, todo el mundo antiguo la tenían por una de las cosas más valiosas del mundo, por lo escasa y por lo necesaria, seguramente.
En Bolivia hay más de kilómetros y kilómetros de pura sal. Es tan largo, que se hace blanca la mirada y el azul de arriba se vuelve pálido y tímido ante la magia del suelo.
La ciencia tiene una historia de placas tectónicas, montañas, océano y erosiones formando bancos de sal. A mí me gusta el otro cuento, el de la diosa huérfana de hijo que vacía sus pechos cuando ya no hay quién tome de esa leche.
Blanco, como esa parte del ojo, como los hombres que bajaron de los barcos, como la nieve y tan parecida, aún sin serlo. Un lugar que recuerda al escenario donde se hacen los sueños, el espacio en que nos habla la conciencia, una eternidad de reflejos del mismo sol, lágrimas blancas de la diosa sin hijo, material de las estatuas en donde van a parar los afanes de durar por siempre en el tiempo.
(Salar de Uyuni)
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