sábado, 6 de octubre de 2012

Perder la letra


Ocurría la cosa más rara.

Cuando le escribía, las hojas me chupaban la tinta y se la quedaban quién sabe dónde, pero la letra no salía. Probé cambiando de lapiceras y de cuadernos. Probé en otros idiomas por si el problema era con mi español rioplatense tucumanizado, pero nada. La letra no salía.
Apenas decidía escribirle a alguien más, una carta, un cuento, una lista del súper o un memo, otra vez se hacía la tinta y el color sobre el blanco de los papeles.

Después de la sorpresa y la incomprensión, vino la rabia: ¿por qué no podía escribirle yo? ¿quién decía cuáles tenían que ser los destinatarios de mis escritos y cuáles no?
No podía hablar ni de pasión ni de desamor, ni despedirme para siempre ni jurar amor eterno. Nada que tuviera su nombre podía escribir yo.
Intenté pintar las paredes de mi casa con versos hechos a rayones de crayón, versos disfrazados de mamarrachos de infancia, líneas sin aparente sentido pero que, yo sabía, decían cosas que yo le quería decir. Pero nada. No se dejaban las paredes escribir lo que yo tenía para su corazón.

Y, así, con el tiempo, me enojé con las hojas y las paredes, con mis lapiceras y mis crayones, con mis manos que querían escribirle no sé yo para qué, y con su corazón, ya que estábamos. Con su corazón que no me iba a a leer nunca. Y es que supuse que es caprichoso el azar y que si yo no podía escribirle era porque tampoco su corazón estaba listo para leerme ni los cuadernos ni las paredes, ni las cartas ni los memos en la heladera.

Me convencí de que sufría yo un gualicho conveniente, uno que salva: nadie disfruta escribir sobre el aire y para nadie o, mejor, para nada. Probablemente me estaba ahorrando en tinta y lágrimas un montón de días y sus horas, un montón de años y sus meses, un montón de cosas.

Me dije que si se hacía tan cuesta arriba, por hechizo o por verdad, el que yo le hiciera unos versos, mejor sería ahorrar mi tinta o, mejor, despilfarrarla en otros nombres que sí, en otros ojos que tal vez, en otros corazones que quién te dice. 

Y ese día, una tarde parecida a la de ayer y a la de mañana, empecé a escribir para otros. 
Volvió la tinta a mis cuadernos y yo pude hacer ese viajecito tan lindo del verso a la luz, ese que hacemos cuando decimos para esos oídos y hay como un puente secreto que nos acerca y nos hamaca al ras del agua.

Ocurrió. Es raro. Pero así fue, yo perdí la letra en mi insistencia por escribirle. No sé porqué pasó.
Yo digo que fueron los días, el buen tiempo, o un complot escondido de buenas señales, intentando contarme que hay otra letra mejor: la que se lee, clarita y prolija, la que desarma y no espera.

Perdí la letra. O será que esa letra mía nunca fue.





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que lindo es tener letra nueva!! :)

Unknown dijo...

Creo que nunca nada se pierde y cuando algo se va de nuestras vidas es por que nunca en verdad fue nuestro. Hay personas que no merecen nuestras letras, nuestras lagrimas y no vale la pena desperdiciarlas. Sino utiliarlas en quienes si merezcan escucharlas y leerlas.

Hermoso escrito, me encanta pasar por aqui nuevamente y voler a leerte con el mismo sentimiento que lo hice la primera vez que visite tu blog, y me encanta por que tus palabras tienen algo de especial que hace no poder parar de leerlas luego de empezar. Puedo disfrutarlas, vivirlas y sentirlas como si se hicieran parte de mi ese instante.

Abrazos,,, AZ...