lunes, 22 de octubre de 2012

Duelo de pajaritos


Mi bisabuela amaba los pájaros.

Los tenía casi libres, tan libres como fuera posible para que estuvieran cerca de ella. Y eso era una jaula del piso hasta muy muy alto al fondo de su jardín; un sector separado por redes que era sólo suyo.

Tenía muchas clases de pájaros, pero los que más les gustaban eran los canarios, porque eran los más cantaban con ella. Cantaban y le hacían compañía cuando se quedaba sola, cuando se vaciaba esa casa llena de hijos y ella era la única dueña de la cocina y el jardín. Los pájaros le hacían la segunda voz en esos tangos que ella cantaba: no era extraño que ellos endulzaran sus cuerdas con uno del zorzal criollo, si Carlitos era un pajarito más.

La casa, sus hijos y sus pájaros, fueron su mundo más conocido. Siempre girando en esa misma órbita, de cocina, fiebres de niño y trinos, hasta la mañana en que murió de un ataque al corazón.
Nadie supo bien porqué pero luego tampoco importaba demasiado. Había vivido largos años, sana y cantante, pero, así son las cosas. La muerte a veces tiene esa mala costumbre de ser tan inoportuna y caprichosa, truncando días con un certero golpe al pecho en la cocina de la casa de uno, cualquier día de verano.

Mi abuela me contó lo que pasó después. Según pasaban los días también los pájaros fueron muriendo.
Caían, uno a uno, así, como si nada. Cada mañana descubría uno nuevo yaciendo en el suelo, sano y hermoso, ayer cantador y hoy muerto.
Los canarios primero perdieron la voz y luego, como explicando que no iban a encontrarla más, se dejaron morir. A pesar del mijo y el sorgo y el alpiste y todas las semillitas que mi abuela y sus hermanos les dejaban. 
Se fueron muriendo de a poco y se acabó el tango y la canción tarareada. Se acabó el jardín y casi que se acabó la mañana en esa casa.

A mi abuela no le gusta mucho la música, no escucha la radio ni ha comprado nunca siquiera un cassette. 
Así es como algunas ausencias nos acostumbran al silencio.
Los pajaritos no saben vivir en silencio.


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