viernes, 21 de octubre de 2011

Algo que hace bien



Hay algo que se va armando. 
No sé cómo explicarlo. 
Son un montón de cosas todas juntas. Son códigos, palabras, secretos, anécdotas, algún que otro silencio. Son universos chiquititos con sus propias leyes, más o menos absurdas, pero propias e intocables. Eso es lo que me gusta de lo que somos capaces de hacer entre dos. Esa envidiable capacidad que tenemos las personas para hacer mundos desde la nada, desde el polvo o la mano vacía.


Es lo que nos salva y lo que más nos duele. 
Porque es ahí donde se siente la falta, en un cómodo espacio que ya no está. Es eso lo que extrañamos. Y, en ese sentido, somos todos egoístas. Y tiernos. Porque necesitamos un refugio donde bajar las armas y hacernos fuertes para salir otra vez al mundo, el grande, el que no ofrece tregua.


Vamos haciendo nudos de cosas, que cuando desatamos es como si nos arrancaran, a nosotros, porque tira como la piel cuando nos sacamos una curita que llevaba ahí mucho tiempo. Vamos haciendo magia, sin darnos cuenta.


Yo me imagino un ovillo de lana. Rojo. No sé porqué, pero rojo (o sí, tal vez sí sé porqué, pero no viene al caso). 
Un ovillo de lana rojo que vamos desarmando, o sea, armando a nuestro antojo. 
Cada uno lo lleva desde un extremo y, a lo largo, va todo lo que nos hace, lo que vamos haciendo. Colgados, como móviles musicales y luminosos, van los recuerdos (vale decir, los presentes, los momentos que se construyen), los boletos de colectivo, las entradas del cine, las melodías pegajosas, las palabras repetidas, los perdones, los miedos, las culpas con razón, las paranoias, los pedacitos de silencio, los desvaríos. 
Todo eso, colgando de hilitos más finitos, a distintas alturas según lo que más pese, lo que más grande quede, o lo que sea más pequeñito y no se vea sino mirando muy de cerca.


Es eso lo que tira cuando aparece la distancia. Porque a nadie se le ocurre soltar su extremo del hilo, al contrario, solemos agarrarnos fuerte, como si fuera la espada o la pared, el hilo o un abismo inventado al que no queremos caer.
Cuando nos separa la noche o los kilómetros, adentro nos laten todas esas cosas, se mueven con el viento, con las copas y con el reloj. Nos laten y nos iluminan.


Y así es como los seres humanos, piedritas diminutas en el zapato de algún dios, llegamos a sentirnos eternos. Y fuertes. Y llenos de aire.


Todo cabe en un ovillo de lana que nunca terminamos de inventar. Cambian las caras y los gestos, se truncan los amores largos y los fugaces, nos hacemos viejos o más jóvenes sin remedio, pero a esa (mala?) maña no la perdemos más. Y cada vez que la empezamos de nuevo es como si el mundo también lo hiciera. Y cada vez que hay que deshacerlo todo, nos sentimos también nosotros un poco deshechos, rotos, quebrados. 


No se trata de amor. Se trata de pasiones. De sentirse más vivos. De abrazarse a lo que hace bien...los nombres, si es que se dignan a aparecer, llegan después. Nosotros somos impacientes, y antes de todo eso, ya tenemos a mano un ovillo rojo que se muere por decir, por contar(nos).







Lo escuché por algún lado. Me lo dijeron así. 
Bueno, no tan así. 
Hay una parte que me imaginé, cosas que se me fueron firuleteando en la cabeza. A esas las mezclé con el recuerdo, con algún dibujo, y como si todo fuera una película con voz en off, así lo escuché.

2 comentarios:

Val dijo...

Así son los refugios, tan llenos de magia y de abrazos. Donde juntar fuerzas, donde ser enormes o chiquititos, sin tanto miedo.

laura dijo...

Cuantas cosas lindas salen de ese corazón y esa pluma. Un placer leerte.