miércoles, 19 de octubre de 2011

Aunque no estuviera en mis manos (escribir el cuento)

febrero de 2007


"Siempre que por fin me suicido le entran ganas de vivir" (J. Sabina)

- ¡Hola! ¿qué hacés?
- Escribo...
- ¡Qué raro! ¿Salís a la calle de vez en cuando?
- Sí, a comprar puchos y lapiceras cuando me quedo sin tinta.
- Pensé en visitarte...hace tiempo que no sé nada de vos.
- Acá me tenés ¡Cómo has cambiado! Te sienta bien la madurez, de verdad. Te diría que ahora te quiero un poco más...si cabe.
- ¡Qué decís!
- Digo lo que digo, lo que nunca te gusta oír.
- ¡Cómo que no! A quién no le gusta escuchar esas cosas...
- ...
- Che, y ¿de qué escribís?
- De nosotros... (dale, ahora te toca decir de nuevo '¡Qué raro!'
- ¡Qué raro!
- Eso pensé.
- Pero, ¿cómo 'de nosotros'?
- De nosotros, nosotros, los dos, justo ahora, en este segundo. Corren las palabras, corre la tinta y yo escribo que escribo y que corren las palabras y corre la tinta.
- No entiendo.
- "No entiendo" escribo que decís. Y es todo, todo, vos y yo. No hay escapatoria. He aquí la gran prestigiadora que pudiera hacerte hacer una reverencia pero prefiere mantenerte a la altura de sus ojos.
- ¿Todo está escrito?
- ¡No, nene! ¿Qué parte no entendiste? Todo está por escribir, lo estoy por escribir.
- O sea que éste no soy yo.
- Claro que sos vos, sos mi vos más querido. Te tengo en la punta de los dedos.
- Pero, ¿no pienso por mí?
- Por supuesto que sí...Yo digo que pensás por vos y pensás por vos. Mi palabra es la ley, y yo no quiero autómatas, yo te quiero pensante e independiente, capaz de mantener una buena charla sin mandar todo a la mierda. Así todo es más sencillo.
- ¿Más sencillo que qué?
- Más sencillo que eso, lo de siempre, de hablar diplomáticamente como si estuviéramos haciendo política.
- Es que es un poco como la política.
- Más bien digamos que vos lo convertís en la guerra.
- Eso fue duro, me querés golpear...¿te duele algo a vos?
- El oído, cada tanto. Y el cuello, será que dormí mal.
- ¿Y yo? ¿Yo no te duelo?
- Perdón, creí que hablábamos de dolores circunstanciales, no crónicos...Mirá qué pregunta: claro, siempre.
- Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué vas a decidir que hagamos? Al menos dame el beneficio de saber el final del cuento.
- Y...nada: vos te vas caminando, yo me quedo aquí. Como siempre, yo me quedo.
- Podés venir conmigo, si querés.
- No...gracias, pero no. Vos me querés de compañero de aventuras, de Sancho Panza...y yo busco más el lugar de una Dulcinea.
- ¡Qué personaje aburrido! ¡La eterna ausente!
- Yo siempre lo pensé al revés.
- ¿Cómo 'al revés'?
- Que el ausente era el Quijote, que él le faltaba a ella, que no se animó a hacerla real.
- Mirá vos...Nunca lo había pensado así.
- Sí, suele pasarnos eso: vos y yo nunca "pensamos así"...
- No entiendo...¿"así" cómo?
- ¿Ves?...Nada, no importa.
- ¿Me voy, entonces?
- Sí, te vas. La historia ya está escrita. Te ibas cuando escribían otros y hoy, que soy yo la de la pluma, también te vas.
- ¡Esperá! ¿Qué estás diciendo, que vas a resginar un final más feliz ahora que podés manejarlo a tu antojo?
- Y...sí. Es que me decidípor el cuento realista, ¿viste?, donde no hay lugar para la fantasía o el divague.
- Me decepcionás. Yo creía que tu imaginación tenía más alas.
- Tenía, pero es que están medio ajadas las pobres. Además esto no es falta de imaginación, es elección de una estética, de un argumento, de un final.
- Es muy triste tu elección.
- Sí. Pero a vos no se te rompe el alma ni aunque te haga llorar ahora misma. No lo voy a hacer,a ver si encima quedás de mártir.
- Bueno...¿entonces?
- Te vas. Termina en que te vas caminando solito por esa vereda...Chau, que te vaya bien.
- ¿Puedo saber si vuelvo alguna vez?
- No si yo puedo escribirlo.
- Pero fuera de tu cuento yo soy yo, y vuelvo si quiero.
- Ése es el problema: que no vas a querer.
- ¡¿Quién dice?!
- Lo digo yo, o sea, lo decís vos:
- "Lo digo yo".

Y se fue caminando por esa vereda sin poder creer que su boca no le obedeciera y, mucho menos, que ella lo escribiera yéndose lejos, lejos porque sí.


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