jueves, 22 de septiembre de 2011

Sin ton ni son

mayo de 2007




- De un país que ya no existe – me dijiste.
Jugarla de original te salió bastante mal: yo te retruqué, como es justo, que todos venimos de un país que no existe, que en ningún lado queda ya la calle donde creciste ni te es posible dibujar esa misma bandera que viste izarse con la gracia de un águila desde el patio del colegio mientras jurabas con gloria morir.

(Al final, yo también había salido de un lugar ajeno a toda cartografía y no me avergonzaba confesar que no me encontraba las rutas en ningún lado, que no entendía la lengua de los que caminaban a mi lado, que me gustaba ser turista hasta en mi propia calle).

Así y todo, nos caímos bien. Los dos sabíamos que si alguien te deja soltar la lengua con total impunidad sin ponerle algún tipo de de barrera a tus extravíos, es que algo anda mal o no tanto pero promete, seguramente, un panorama tremendamente aburrido (y eso no tiene que ser bueno…¿o sí?).
Yo hacía preguntas que nunca venían al caso, todavía con la fuerte convicción de que, para preguntar lo que una quiere saber, no hace falta esperar oportunidades propicias sino, sin ningún empacho, disparar a quemarropa y rogar porque el otro tenga un buen chaleco antibalas. Y eso también estuvo bien porque vos, con un estoicismo digno de mejor causa, contestabas a todo, disipabas dudas comunes y de las otras, las taimadas, las que buscan, morbosas, lo que no quieren encontrar.

Después, eso sí, te hiciste escuchar: dijiste que no está bien hacer tantas preguntas a alguien a quien apenas se está conociendo. Que, en todo caso, las preguntas deben ser otras, ‘qué hacés cuando estás solo’, ‘de qué color fue tu infancia’ o ‘cómo tomás tu café’.
Y fue ahí cuando nos reímos o yo me reí y vos me aseguraste que hablabas en serio y entonces, del susto, me enserié y sólo por eso, vos largaste un carcajada estruendosa como la risa de algún dios.
(O no, tachemos la metáfora pelotuda, digamos solamente que una carcajada fuerte, de esas que me enamoran a mí… ¿Viste? Qué capacidad lastimosa tengo para decir lo importante como si estuviera pidiendo un veinte en el kiosco. No es exactamente un mérito pero podría serlo si el otro sabe entenderme, si llega a leerme como quisiera y descubre besos y guiños escondidos en un par de líneas banales que hablan de lo tremendo de pisar una baldosa suelta cuando hay lluvia o descubrir medio gusano en tu manzana.)

Congeniamos contra todos los pronósticos y las malas ondas de allegados y testigos circunstanciales. Coincidimos muy a pesar incluso de nosotros mismos y esas cosas que nos explican desde chicos sobre almas gemelas y semejantes que se atraen como si el mundo se redujera los que se me parecen y los que no comparten conmigo ni el blanco del ojo.
Quiero decir, que a mí me gustaba saltar charcos y a vos hacer llover; yo el carnaval, vos la noche de San Juan; yo el Scrabble, vos el diccionario. Es como en un rompecabezas y está muy claro: no se trata de encontrar la pieza idéntica, sino aquella que encaja, aún con cierto esfuerzo, con la que le ha tocado a una, la que llena los espacios vacíos, la que cierra el abrazo. La que, probablemente, haya quedado olvidada debajo de la cama, juntando roña y desesperando.

Coincidir es otra cosa, mucho menos ambiciosa, nada fácil pero algo más sencilla. Se trata de encontrarse en tiempo y espacio y tomarse la licencia de retrucar, arrancar respuestas, inhibir y hacer reír a carcajadas, como conocidos de toda la vida. Eso es suficiente, y es bastante (o al menos yo no me atrevo a pedir más).
También nos perdíamos en abismales desacuerdos: yo quería ser una chica Medem y a vos la idea de los círculos mucho no te cerraba; vos querías escribir una con Tarantino y a mí la pura sangre me resultaba innecesaria si no iba, claro, por dentro y acelerada.
Yo tenía mis extremos fastidiosos, y vos la tibieza de los términos medios. Éramos aguerridos combatientes por nuestras más estúpidas posturas, aquellas que no le discutiríamos a nadie salvo que encontráramos la oportunidad. Y entre los dos la encontrábamos sin demasiado esfuerzo lo cual, si no es bueno, es al menos entretenido.

(Hay cierta magia en todo eso de coincidir. Yo sé que no voy a quedar bien con mis compañeros escépticos, pero en esa magia no puedo dejar de creer: de alguna forma tiene que moverse el mundo. Y no me refiero, ojo, a eso de que la bolsa ande bien o los presidentes se dediquen a la diplomacia, o que tanta gente deje de morir de hambre, de enferma o de asesinada. No, yo hablo de un mundo más humilde, el de las vidas privadas, adjetivo mal puesto ya que, en realidad, la vida propia nunca es sólo de uno, el pequeño mundo de cualquier ciudadano indocumentado de cualquier ciudad de cualquiera de estos universos paralelos en los que solemos movernos. Por fuerza hay que creer que la magia que no encontramos en aquellos, bien intencionados pero amateurs, magos de nuestros primeros cumpleaños felices, esa que descubrimos debajo de la mesa, junto con el conejo y la paloma, esa magia frustrada no es una mentira, sino una verdad que no supimos dónde buscar. Porque está, siempre estuvo, en los encuentros y su motor, su envión fuerte pero no definitivo, que son las casualidades. Sí, presten atención porque después vienen los malos entendidos: las casualidades son buenas oportunidades, son el alcohol y la fiesta pero no el beso; son lo que las brujas a Macbeth: nada más que un buen comienzo. De ahí en más queda usted librado a su suerte o, mejor, a su propia y esforzada voluntad. No se engañen por la excelente prensa que pueda tener la casualidad. Los verdaderos casualicistas sabemos con toda seguridad que no deben pedírsele peras al olmo, que lo que natura non da Salamanca non presta y una serie de refranes más que no vienen al caso y sabemos también, por supuesto, que no se puede dejar todo en manos del azar o sí, pero que, eventualmente, tendremos que correr en su ayuda porque tiene sólo dos manos, como todos, y no da abasto.)

Más tarde supe que venías de un olvido. En eso tampoco rompiste ningún molde, todos venimos de uno (¿de dónde si no?), yo también, seguramente vendría de alguno, uno tan otro que ya ni me acuerdo. Venías del agujero de una voz que ya no te susurraba al oído, de un pecho que ya no latía a tu ritmo y la seguridad quebradiza de que para estar bien hay que, por lo menos, creérsela. Y yo, para qué hablar, mis insomnios no tenían ni un nombre pero dolían inexplicablemente igual. Y a partir de entonces empezamos a hacer costumbres. 

Porque, al final, son todos ritos, indecisos, inseguros y hasta inútiles. Rituales inocentes que van haciendo los días, hilando eventos que, de otra manera, saldrían volando con el primer soplido malintencionado.

Me refiero a quererte en todas las calles, en todas las noches, con testigos y con fantasmas, con torpeza y belleza, quiero decir, con manos y con ojos, todo un alfabeto de amores y sudores y una que otra palabra por variar. Quererte con avidez adolescente, aún cuando nunca lo fui, a pesar de haber nacido con edades de árbol grande, con tribulaciones dignas de quien ha andado los años. Pero es que con vos se caen todos los años, se desparraman las hojas de los calendarios y los muertos aprenden a hablar.
No son milagros, son verdades tan domésticas como el agua evaporada o las burbujas de jabón. Placeres sencillos y hermosos, como andar descalza o el olor al café temprano a la mañana. Es una suerte de cortejo fúnebre bailando en el carnaval, un beso con gusto a mermelada y a sal, un libro empapado que todavía deja leer los versos que siempre habremos de recordar. 
Es como fabricarse alas de cartón, cerrar los ojos y soñar otros cielos. 


O un poco menos cursi, pero igual.

2 comentarios:

Silvina dijo...

"..la que llena los espacios vacíos, la que cierra el abrazo.."
sabe que coincidimos en muchos de los decires, asi que no digo más, ya muy bonito lo dijo ud.
abrazo redondo, como un círculo :)

Val dijo...

A mí también se me quedó pegada la parte de cerrar un abrazo. Qué interesante y qué hermoso, sobre todo el final.