martes, 27 de septiembre de 2011
Descreyendo
Se mueren los perros. En la calle. A la orilla de las rutas. Se muere también el invierno a empujones de septiembre.
Hay árboles que, de tan secos, no dan más y han dejado caer las hojas, los brazos. Árboles que se dan por vencidos y comprenden que no serán de la lluvia nunca más.
Se rompen promesas y cuerdas de tanto tirar de ellas. Se hace de noche antes de tiempo y en tu boca se hacen ciertas las pesadillas antes aún de nombrarlas.
Se tiran papeles y cartas viejas. Se olvidan canciones o se les niega la paternidad que, antes, nos diera orgullo: ya no estamos tan contentos de haberlas hecho nacer.
Los bares cierran más temprano y después de las cuatro es un peligro ser exploradores, nadadores, extraños amantes de estas calles.
Ya no quedan más refugios. Envejecemos sin que nadie nos pida permiso. Nos desarmamos. Desamamos. Nos gastamos. Bajamos la guardia y juramos con gloria morir. O no. Juramos nunca más morir en el intento e inflamos el pecho, como queriéndonos sostener la dignidad con alfileres.
Y ya no hay quien lleve el corazón por delante, quien sea transparente en intenciones pero de colores, quien se delate en el brillo de los ojos. No hay quien me mire y me adivine todo eso a mí también.
Ya no hay quien se enamore de los trovadores, de los poetas. Quien baile de alegría y descalzo en los charquitos de las primeras tormentas, de esas que parecen anunciar el final de lo de siempre.
El cielo está más gris y cada vez son más los hombres con corbata. En mi nombre empieza a haber sonidos que no puedo pronunciar, como si me quedara grande o ya no lo conociera igual.
Están rotos los puentes y la duda ya no sirve para crecer. Las cosas pasan. Pesan. Se usan. Se tiran. Y nadie sabe qué querer querer. Y todos juegan sin conocer bien las reglas. Y los malos perdedores no encontramos guarida para que no nos vean la cara en el fracaso.
Nadie hace la cola, y nadie entiende porqué pero empujan igual.
Nadie sueña ser sueño de alguien más. Y en la infancia quedó el arrojo de ser quien fuera contra todos los males de este mundo, con un escudo hecho de cartón pintado a crayón.
Los que se han ido no vuelven ni mandan postales. Los que pisotean no han sido pisoteados. Los magos sólo se saben la del conejo. Las flores crecen sólo dentro de los canteros y no se dejan arrancar ni regalar. Y yo no tengo margaritas a mano para deshojar.
Quiero decir que el mundo está especialmente esquivo. Ancho y ajeno. Seco. Quebrado. Mareado e inútil. Que lo veo más triste, al mundo (si se me permite el atrevimiento).
Que me cuesta creerle.
Que no encuentro el antídoto ni las llaves de mi casa.
Que adentro siempre hace frío y, para colmo, nunca escribís para mí.
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1 comentario:
Esto no me gusta tanto... bastante pesimista che. Y sí, sí hay de esos, sí que quedan! Hay que saber encontrarlos y para eso hay que abrir bien los ojos y el pecho. Y cómo podés estar segura que no escriben para vos?
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