jueves, 19 de mayo de 2011

Los pies en el barro

No me explico qué me tomé antes de dormir la noche en que buceé entre estrellas, me robé una, la metí en mi bolsillo, me quemó, la saqué y con el primer tacto se abrió y dejó salir un papelito como si fuera una luminosa galleta de la fortuna. El papelito decía 'escribí'. Lo desdoblaba un poco más y seguía:'escribí'. Y otra vez. Y otra. Nunca terminaba de desdoblarse el papelito de mi suerte. Escribí. Escribí.
Y fue lo que hice. De ahí en más, de ahí en siempre, escribí.

Le puse curita a todas las noches que venían heridas, sangrando una lluvia vieja que no terminaba más. Les di un beso de tinta a mis muertos, sobre la frente muerta y llena de palabras que a mis labios fueron a dar.
Escribí como si la vida se me fuese en ello. Están mis manos, para firmar que no miento. Están mis ojos, que se han oscurecido por legarle el color a los versos que serían ajenos, nunca míos, soplados con ternura a algún viento, como dientes de león.

Las palabras anidaron en la cima de una garganta, la mía o alguna que yo me hice propia, y no se fueron más. Se me enredaron por todas partes, y han sido ellas las inventoras orgullosas de mi suspiro de agosto, del descubrimiento del mundo bajo la planta de mis pies, y del huequito que se me hace del lado derecho de la boca cada vez que siento que me río.


¿Para qué las amontono? ¿Para qué las sigo buscando, entre las piedras y abajo, escarbando la tierra?
¿De dónde se me ocurrió a mí que sería éste el oficio, el último, el primero, el único para mí?

Siempre termino con los pies en el barro y unas letras que juntas no dicen nada, como papeles mojados secándose del invierno en algún calefactor.
Siempre llegando con el cansancio en las rodillas y la sed en la memoria. Siempre al borde, como en la isla de un naufragio. Y tan sin barcos. Tan sin barcos.

¿Para qué arrendar la tristeza, si no hay quién la quiera para compañera?
¿A qué seguir dándole cuerda al monigote del desaliento, con un poema roto para que camine y uno a medio terminar para que no mire para atrás?


Ya no sueño estrellas que me queman el bolsillo para que escriba. Hoy me levanto con urgencias de silencio, o de escribir en blanco sobre blanco, en negro sobre negro, y que no sepa nadie lo que dice mi pared.
Ya no sueño la fortuna en versos. Hoy me despiertan los desvelos. Hoy te me aparecés en los sueños y parpadeás dos veces, que quiere decir no, y a la media vuelta, ya no estás.
Ya no estás del lado luminoso de los ojos, ahora venís con sombra y en las peores madrugadas.
Por eso, digo yo, ya no escribo...¿para qué si tantas cosas, si todo eso?
Para qué si no me leés en puntas de pie, a escondidas, en los huecos de tu tiempo.
Para qué si no me lees, si ya no más, si nunca...

Siempre termino con los pies en el barro.
Y en el fondo, un pinchazo de punta de estrella que no me deja de doler.

4 comentarios:

Silvina dijo...

no se cuánto duelen los pinchazos de estrella.. no lo se..
no se cómo sea eso de andar con el barro hasta las rodillas, cuán pesado caminar así...
no tengo respuestas para todas esas preguntas, no se si las haya..
pero quizá todo quede en aquel papelito, quizá no haya mucha vuelta por darle..
no se cómo será un pinchazo de estrella, pero me preguntó si no dolerá más atarse las manos, ahogar las palabras...
por estos rumbos leerla hace bien...

Val dijo...

Ay ay… dolió un poquito. Y cómo gusta a veces este dolor… Esta sensación de desgarro que me generan algunos montoncitos de letras. Aunque nadie te lea, aunque lo que quieras decir sea blanco sobre blanco o negro sobre negro, decilo. Alguien ya me lo dijo y sé que debés estar cansada de escucharlo. No siempre lo hago, pero cada vez que sí, alguna lucecita queda encendida por un ratito más ahí dentro. Un gran abrazo.

La otra dijo...

Hay días en que me levanto convencida de que alcanza con prender de vez en cuando alguna lucecita... Otras, la mayoría de las veces, me repito todo esto que dice aquí y termino hablando de pinchazos de estrella y pensando que no vale la pena.

Voy y vuelvo, de un extremo al otro...No sé si haya que escribir a pesar de todo, pero sí cuando la sangre llama a hacerlo.
No creo que haya que escribir para los otros, pero en algún momento sí que se escribe por los otros, porque están, y porque la palabra sin ellos es un eco que vuelve siempre a esta misma boca.

Esperando no escribir sólo para mí y haciéndolo siempre que no pueda hacer otra cosa, cuando el impulso no me deje ni dormir, aquí estaré.

otro abrazo grande

Val dijo...

Con los pies en el barro...
Y una estrella.