tristeza de hospital
que se me enganchen tus ojos
de un rencor que gotea,
que chorrea alguna oscuridad tan distinta,
tan distinta de las almendras con que mirás.
Cómo me encojo,
cómo me guardo en un rincón
cada vez que te callás
cada vez que te inventás un silencio nuevo,
un silencio tuyo,
de esos que tienen los firuletes de palabras fantasmas
que no están.
Cuánto me queda todavía,
cuánto me queda de camino hasta la ciudad
donde después de una obra de teatro y de cerrar los ojos
te crucé por primera vez.
Y me miraste al revés
y yo contuve la respiración como si todo fuera bajo el agua
y vos fueras a flotarte hacia arriba,
como un burbuja que se me perdiera hasta nunca más.
Y dónde,
don-de
ha quedado la puerta cerrada
que abre hasta tu casa
que abre a los jardines de noche
al redondo corazón de los azares,
a la curiosidad de manos frías,
al escudo lastimado a golpes que me hice hacer
para cuando tocara sufrir un tanto más de lo reglamentario.
Supongo que quiero decir que pienso que nada se me ha perdido
o quizá yo,
un poco
en el camino.
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