domingo, 3 de abril de 2011

Viajarse

Me acuerdo de un aeropuerto. Pero, mucho antes, me acuerdo la pesadilla de un vuelo. Después el miedo es una nostalgia que se abraza, como una enredadera. Y ya no hay nada que hacer.


Antes de irme, ya me había ido.
Es lo que tengo yo: me viajo, cuerpo-adentro; me viajo hasta escarbar planetas que tenía escondidos, hechos una bolita de susto y frío en la esquina de mi rodilla raspada.
Antes de irme yo ya había zarpado por azules impensados, por lugares donde fundí el deseo, por donde hice humo el ensueño y no tuve más que aprender a navegar en barcos que se desarman con el agua.

Mi viaje largo empezó una noche a las tres de la mañana, cuando me desperté con un grito entre las manos, un grito gritando '¿y si al final aquí me quedo?'.

Empezó la tarde negra sin chaparrón, cuando entendí que te habías ido hace años, justo cuando cruzaste la vereda. Y que lo demás fue cuidar de tu sombra, tu sombra que hacía lunas para que duerma yo.
Ese día empecé a hacer las valijas y lloré la gota necesaria, la medida de humedad que da tu ausencia y que nadie más sabe: nadie sabe saber lo hondo, lo hueco de esa lágrima que te despedía.
Siguió empezando, se estiró como chicle, la mañana del fin del mundo al borde de mi cama, cuando se me volaron todos los papeles por la ventana, las cartas que hice, las canciones que sangré, las hojas arrancadas de los cuadernos con las listas de lo que quería ser de grande, el diario íntimo de llevar la cuenta de los fracasos. Aquella vez en que me desperté no siendo lo que soñaba y con los pies hinchados de vivir descalza bajo el sol de enero. La vez que perdí por goleada. La vez que me perdí de vista y el mes tuvo cara de domingo, vacío y roto. Ese domingo largo de mi tristeza me empecé a ir.

Antes de irme, ya me estaba yendo. Cuando volví, aún estaba allá lejos. Sin querer, el tiempo alargó las sensaciones, largó al aire perfumes de esos que transportan, hizo aparecer gestos repetidos en caras nuevas y fue sembrando pistas, guiños, papelitos de colores adentro de las naranjas ácidas de las veredas, todas cosas que me volvían a los lugares, que ensanchaban el viaje.

Antes de irme apretaba las muelas y pensaba fuerte en un momento. Y de todas las que me desbordaban había una palabra, una, que me hacía bien.
Antes de irme no era el coraje lo que me movía los pies: era el espanto, un espanto como de cataclismo hacia adentro.
Antes de irme, cuando no sabía que hacía rato me había ido.


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