viernes, 22 de abril de 2011

Apuntes de la nostalgia


1. Las noches con más nubes

En un extremo del cuarto está la puerta y en otro, la ventana.

Mi cama mira a la ventana y por arriba la corona un estante doble para los libros prácticamente vacío. Tengo folletos de museos, tickets de metro, memos, mapas doblados improlijamente que ocupan, así, demasiado espacio. Es un desorden triste porque es casi vacío, no como el de mi cuarto de allá, lleno de todas las cosas. Como divas en una estantería de papeles, unos cuantos libros: Espantapájaros, el poemario de Girondo, El Libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, y la más reciente incorporación, la única extranjera además, Malbec amer, un libro que no leí todavía pero que es, de todos, el que más me habla, casi directamente, a mí.

Hace mucho frío y el cuarto huele a humedad. Es cualquier día de semana, probablemente un miércoles que es cuando tengo la tarde libre para hacer las compras, comprar cigarrillos en el kiosco de la esquina de la rue de la République, y, siguiendo el trayecto, ir por el lavadero con mi mochila llena de ropa.

Entonces, de noche la ropa mojada se amontona sobre el calefactor, la ventana, los bordes de la silla, y me duermo, sin darme cuenta, en un vaho húmedo, caliente y tan parecido a la humedad del verano de mi casa, la de allá.

Son esas las noches con más nubes. Me hace llorar el cuarto casi vacío y que no haya nadie que pueda llegar con un llamado de teléfono. Me hace llorar sentirme incapaz de la distancia, de cargarla sobre los hombros, de acortarla con palabras, de convertirla en una nimiedad, en una impresión, en un estado mental que pueda disimularse con cualquier día de sol.
Lloro porque no hay cómo decirlo, porque la palabra se cae por los huecos de la falta, que es como un agujero negro que crece para adentro.
Lloro porque temprano por la mañana no hay nada que ponga el día a girar, porque las cosas pasan sin el motor interno; porque pasan los días y nadie los trae de vuelta, y entonces no alcanza para saborearlos distinto, para vivirlos con ojos calmos de 'aquí me quedo', y no de 'de paso estoy'.
Lloro y me acuno.

De día, me despierto mareada al borde de mi cama. Me da vértigo abrir los ojos y desconocer, al primer parpadeo madrugador, el lugar en dónde estoy. El cuarto vacío con la cama, la humedad y los dos o tres libros que alterno con alguna tristeza.

1 comentario:

Yus :) dijo...

Casi lloro yo ;)
La distancia es un puñal, sobre todo en los malos momentos...

Una sonrisa enorme, que la necesitas :D