Conté un cuento que me sabía, un cuento que no me pertenecía a mí sino a un amigo cuentista de esos que no saben lo que dicen pero lo van descubriendo en el camino. Digamos entonces que le robé la historia pero él no supo reconocerla. 'Me encantó' me dijo, '¿cómo? ¿no la reconociste? ¡Es tuya!', 'No, eso no es mío', se atajó: Yo había contado algo nuevo porque su dueño no se había encontrado ahí.
Así se hacía un cuento, entonces: la creatividad, como la vida (Kundera dixit) estaba en otra parte. Contar era elegir el mejor disfraz, era cambiar de voz todo el tiempo y ponerle la propia caligrafía a cualquier historia que anduviera rondando. Oficio de aprovechadores, de descarados. Por eso supe tan pronto que era para mí.
Escribir era desaprender, gramáticas y ortografía, poner los puntos donde hicieran más ruido, donde pesaran y obligaran a llorar, a decir basta, a mirar más hondo.
Me hice cuentista porque para contar bastaba con tener ganas de hablar. Todo lo demás eran palabras más o menos llenas por el humor del día o la mochila que el escucha/lector quisiera cargarles encima. Pobres palabras, tan leves ellas y tan llenas de cosas, tan jodidamente comprometidas con todo en el mundo.
Me puse a escribir porque me enamoraban ciertos sonidos que hacía la lengua en ciertas posiciones dentro de la boca, sonidos que eran, por otro lado, sólo su hobbie, algo que hacía cuando no acariciaba, cuando no estaba besando que es, todos lo sabemos, su oficio y su pasión. Digo que me enamoré de sonidos que eran también palabras, inventos que se soltaban de noche si querían salir de verdad, palabras que no entendía y usaba con total impunidad. Entre dormidas y despiertas, palabras con mucho para decir, para decirme, a mí, que andaba más bien vacía.
No estaba en los libros escribir, era otra cosa, un ejercicio sin punto de llegada, una caminata a ninguna parte que era todo camino, todo paisaje, lugares donde los dioses habían puesto sus ojos, cumbres a donde no se llega ni en un gemido.
Nunca aspiré a ser Cortázar (aunque sí quizá a ser su mejor lectora, otro imposible) porque rápido entendí que su voz era más gruesa que la mía, que en su tiempo no había internet, que ya había una Rayuela en todas las bibliotecas y que con sólo esas claridades yo ya tenía mucho que contar. Contar que no era Cortázar, ni Borges, ni Paco Urondo, ni Oliverio, ni Juan Rulfo, ni el Gabo, ni Carpentier, ni Lorca, ni Vallejo ni aquel que pasara por su ventana el exacto día en que del corazón a la tinta y de la tinta al papel se espantaba los heraldos negros con el más hermoso de los exorcismos. Hay golpes en la vida tan fuertes. Yo no sé. Yo no sé...
Sin embargo había algo que sí tenía de todos ellos, algo que en general todos prefieren barrer bajo la alfombra, la mugre del hombre moderno de lo que mejor ni hablar. Pero lo digamos: hablo del lado humano, las ganas de llorar en dos de cada tres noches, el grito pelado de la soledad, los golpes en el aire, toda el agua podrida que chorreamos sin remedio ni alcantarilla. Y también tenía, claro, una mano alfabetizada, o sea, tenía la suerte de la letra y de estar viva en el tiempo.
Empecé a escribir como quien se decide a cocinar determinado postre sólo porque tiene aquellos, y no otros, ingredientes: la necesidad de hacer algo con el tiempo libre y las cosas a mano. Las historias no importaban, todo es susceptible de ser contado y el juego es, justamente, practicar algo así como un malabarismo de palabras (un término demasiado preciso para habérseme ocurrido a mí, aclaro) sabiendo que al principio, sin duda, van a caerse todo el tiempo. Palabras para manipular y desarmar, una plastilina a donde caben todas las formas. Las palabras son para quebrarse y quebrar, para tutearlas y enseñarles cierta insolencia que nunca les viene mal.
Soy cuentista y no contadora, porque no enumero, yo reúno. No importa si mil o un millón, son las combinaciones de palabras las que cuentan, como manchones de color que hacen otro nuevo.
Y cuento, a qué seguir ocultándolo, porque no quiero olvidar nada. Porque no uso agenda ni diario personal y sólo puedo asegurar que han pasado los días si algo de ellos escupió mi tinta en un papel.
No quiero olvidar ni el amor ni los excesos, ni de cuando te vi llorar y no pude hacer nada, ni esa vez en que nos dimos tregua para siempre y ya ves...Cuento para recontar, para concatenar la vida con el sueño y que nada de nada quede suelto. Para descargar la verborragia. Para no pagar psicoanalista. Para morirme mañana y seguir hablando igual, siempre, en un eco que despertará el más póstumo de los odios de familiares y amigos. Para darle cuerpo a la memoria y alma a los proyectos, a la quimera que se encapricha en no venir. Para que salga la luna y estés en alguna parte. Para que mis amigos me tomen en serio y mis enemigos se rían de mí, que también hay que darles algo de tregua.
¡Debiera ser tantas cosas! Debiera ser paracaidista, actriz de reparto, catadora de fernet. Tendría que integrar la banda de Robin Hood, especializarme en sacar fotos sepia y marcar tendencia andando descalza por la ciudad. No me vendría mal ser buena en matemáticas, hartarme de todo y romper a volar. Ser prodigio y doctorarme a los ocho años, dibujar a mano alzada, saber todo de protocolo y urbanidad.
En cambio escribo. Escribo y pare de contar.Escribo en cuclillas para intentar hablar de pie y, aunque no me salve, tengo que aclararlo: todo lo que digo es cierto en tanto que sale del pecho. Aunque lo ponga en otra boca, sale del pecho. Que es mío. Que es siempre, agridulce e irrenunciablemente, mío.
4 comentarios:
Hace mucho leí una serie de ensayos que se titulaba ¿Por qué escriben los escritores? Este entra ahi!!! al menos para mi, desde hoy y para siempre!!!
Hoy me puse al día con usté "lecturiandola", espero que despues sea conversando con unas copas de por medio, y ya veremos si se puede rotular como catadora de fernec!!!
Ey, yo quiero saber dónde consigo esa serie de ensayos! me interesa, me interesa! Ya me va a contar con las copas de por medio...y no me tire ese 'veremos si se puede rotular como catadora de fernec' porque me la deja picando, eh?! yalevuacé mostrá' sino :P
saludos!
No sé yo cómo te iría de paracaidista (probablemente serías de las que no se le abriera), tampoco te imagino de oficinista, dependienta, pescadera, danzarina de los siete velos, electricista, peluquera, podóloga, vendedora de seguros o cocinera de menú diario. Pero y ves tú, sí que te intuyo, que te proyecto, que te visiono (y no me digas que es la primera vez que te lo afirmo) como una gran escritora. Y para de contar si quieres, pero de contar hasta 2 o hasta 4, pero no de contar historias, sentimientos, pensamientos y aventuras, porque eso, para el resto de los mortales, sería sencillamente:
Im-per-do-na-ble.
No, no es la primera vez que me lo afirmás, es cierto. Vamos a ver, con el tiempo, qué tal sos como pitonisa. Por lo pronto puedo decir que me conformo con ser una mediana y una pequeña escritora, una mini-escribidora, de esas que no dejan de escribir ni dormidas y aunque no haya quién lea. Porque sí, porque no me sale otra cosa, porque me cura, porque me pone a salvo...al menos más a salvo que como paracaidista a la que no se le abre la mochila...
Una lástima que no pueda hacer que se oiga la canción, pero habla más o menos de lo que nos toca ser...
Acá va la dire (debe haber una forma más inteligente y tecnológica de hacerlo pero no la sé), me parece que la canción se hace entender mejor:
http://www.goear.com/listen.php?v=6b1accf
besos!
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