domingo, 27 de febrero de 2011

Matar al duende


No es que me caiga antipático. Al contrario, hemos convivido tanto que ya hasta le tengo aprecio. Pero me hace mal, mal que le pese.
No es un mal tipo pero, sin darse cuenta, me agota. Me va hundiendo a saltitos juguetones con su piecito liviano: él puede conmigo sin mucho esfuerzo.
Es un entusiasta, un confiado. Siempre que hay que dar el salto, él me empuja. Después se ríe, como si la vida no se fuera en ello.
Y cuando yo quedo sola, haciendo gárgaras de sangre, él me mira curioso, preguntándose cómo es que duele, convencido de que ha valido la pena.

Fue él el lector del Principito, el que me lo contó para dormir. Él me convenció de que conviene domesticar, como el zorro, y ponerle nombres a las estrellas y, ante la duda, abrir siempre puertas y ventanas por si, de otro planeta, alguien quiere entrar.

Vive en alguna parte entre mi corazón y mi cabeza, y se divierte desde hace años enseñándome a andar en una bici sin frenos por este camino tan en picada. Es el rey de la reincidencia, del error repetido y orgulloso.
Él me enseñó que había que querer hasta el colmo y seguir el envión. Me habló de la pasión a contramano, de hacer de la vida lo que dicten los días, de las señales en las paredes del barrio y en los ojos de los amigos. Me dijo que me atara un ramito de azares a los tobillos y así caminara, enredada en la casualidad de mi vida.

Y fue él quien lloró con el final del Quijote, y con tantos otros finales, siempre muy, siempre tan últimos, tan definitivos. El sensible, el soñador, siempre fue él.

Era el duende el que me iba dictando los versos que hice con dedicada y enamorada caligrafía. Cuando me hice atrás, fue él quien me dijo 'escribile, escribile que no se pierde nada'. Y era siempre una mentira, porque sí que se perdía: las ganas, el arrojo, el buen nombre y hasta a veces el orgullo se perdía, bajo alguna alcantarilla de la ciudad.
Él me pasó los acordes que hicieron cada canción, fue dictándomelos en sucesivos sueños, musicados sueños en que yo cantaba en partes una sola e incompleta canción, naciendo ahogada e impaciente.

Fue mi duende el que me prometió mundos detrás de una esquina, el que me arrastró a verlos y después me prestó una curita para sobrevivir a la pena de la partida y al hueco de enraizar y olvidar las cosquillas de navegar.
Él cree que toda emoción vale el portazo, y por cinco minutos de altura me deja caer en picada y vérmelas con el fondo de la tierra.

Es un tipo de extremos y me educó a su antojo para que a las cosas las sintiera mías, aún las más lejanas. Para que me dolieran penínsulas ajenas, latitudes imposibles para la mía, llantos que no conocí. Para que durara el embrujo que les hicieron a otros, y la magia fuera parecida a guardar en una cajita la memoria para que nunca se quiera escapar. Él me aconsejó el vicio absurdo de recordar.

Pero no me da resultado. Mi duende me hunde y entre tres o cuatro dudas por horas me duermo yo. Me ha malcriado, me vendió gato por liebre y aquí ya no quedan verdades para desempatar. Su aritmética es para locos, y a mí ya no me salen las cuentas de alguna felicidad.

Con todo el dolor del mundo, hay que matar al duende.
Dulcemente, aquí no sirven los cuchillos. A los de su clase se mata con cierta clase particular de indiferencia. Con palabras toscas, con miradas de reojo, con cambios bruscos de rumbo, con fantasmas un tanto más oscuros, un tanto más reales que mi compañero quijotesco.
Hay que matarlo de una sola vez. Para que no tengamos que decirnos palabras de despedida. Para evitar la escena final de la película en que lloran todos y se va haciendo de a poco oscuro hasta que llegan los créditos y alguien se lamenta porque no dio el beso que faltaba.

Matar al duende...¿cómo será?


2 comentarios:

Val dijo...

Matar al duende... ¿para qué?

La otra dijo...

Para ver si cambia la marea!
Para ver si viene otro, o es que mejor dejarlos vivir en otro lado!

un beso!