jueves, 16 de diciembre de 2010

Historia de tu sombra

1. Tu sombra en mi equipaje

Es una historia más bien sencilla. Podría ser complicada si decidiera mentir. Podría ser la taquillera historia de una sombra pero quise contar la verdad.
Y lo cierto es que una sombra sin dueño no tienen mucho que hacer, no sabe a dónde ir y las aventuras suelen esquivarla para dar paso a la rutina del errante, del perdido.

Yo empacaba folletos sin dejar lugar para mis zapatillas cuando la sombra se te escapó.
Vos me mirabas a lo largo de despedidas apuradas, ocupando espacios imposibles, hablando para que cueste menos y mintiendo algún encuentro. Creo que en ese descuido tu sombra se piró, y fue a acomodarse en los huecos entre los rollitos había hecho yo con mi ropa para que me entrara allí toda la vida de tantos meses.
Creo que ella te creyó y que se tomó en serio eso de ser la parte tuya que se quedaba conmigo, la que me hacía pata y me acompañaba a empezar otra vez después de esa larga pausa.

Entiendo que te fuiste y tarde caíste en que no la tenías más. Fue esa última noche en que prendiste velas para celebrar tu valentía y tu arrojo, y entonces fue el susto de no verla en la pared.
Lo supiste al momento, que debía estar volando conmigo, cómoda entre mis cosas (¿puede arroparse una sombra?) pensando qué vendrá.

Yo me choqué con ella cuando sacudía mi ropa arrugada. Se te parecía tanto que pensé que habías aprendido a entrar en las valijas, que encontraste la manera de guardarte cerca de quien te fuera a extrañar.
Ahora se los cuento a ustedes: se le parecía tanto que daba miedo. Tenía su mismo guiñar de ojos, esos que hacen llover. Tenía su buena orientación, su carisma con los desconocidos, su paso chueco.
Era como si se hubiera duplicado y su yo transparente, su neblina, se hubiera regalado a mis paredes, se hubiera derramado sobre las noches de ésta, mi latitud.
Como no sabía nada de sombras, hice lo que hago en general con las cosas que no entiendo, que ignoro o que nunca vi: la googleé.
No a la suya, claro, el que fuera suya era sólo circunstancial (...Bueno, no tanto. A decir verdad me revolucionaba un poco que fuera la tuya. Pero, con todo y lo que vos hacés conmigo, lo que vos hacés de mí, en lo que vale al caso, tu sombra es igual a cualquier otra).
Busqué, entonces, información sobre sombras: ¿Qué comen las sombras? ¿Descansan? ¿En qué horarios? ¿Cumplen años? ¿Se debe dejarlas salir solas de noche? Cuando se enferman, ¿es de luz? Cuando no tienen a dónde apoyarse ¿a dónde van?
Encontré muy poco. Se ve que mis inquietudes no eran aún compartidas, al menos en el cibermundo. Lo único que había eran historias de sombras que eran más bien espíritus, entidades maléficas de dueños muertos, y el caso del niño al que se le había descosido la suya y quería volverla a su lugar. Pero él volaba, conocía a las hadas y se llamaba Peter Pan.
Digamos que nuestras circunstancias diferían un poco.

Tuve que aprender de tu sombra por mi cuenta. No fue muy difícil, por esto de que era la tuya y ya habíamos jugado a hacernos preguntas jodidas, ya habíamos roto copas de la risa y visto llover desde muchos zaguanes.
Ya nos conocíamos y yo no sé si por amor o jugando por jugar, pero ella se había venido conmigo.


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