lunes, 4 de octubre de 2010

De mis trenes

Hasta hace un año, exactamente, jamás me había subido a un tren (eso, si no cuentan ‘trencitos’, como el de la alegría, el del parque, o el de las cataratas del Iguazú que te deja adentro de la mismísima garganta del diablo). A uno en serio, quiero decir.

Sin embargo los trenes siempre estuvieron en mi vida, desde el principio.

Yo no sé porqué algunas cosas vienen con nosotros, se nos agarran por dentro despacito, como de refilón y, sin prisa pero sin pausa, nos van marcando el paso y las paradas. A mí me persiguen los trenes. No sé qué me querrán decir.

Uno de mis primeros recuerdos de viaje es el pueblo de mi vieja, donde pasé unos cuantos inviernos y muchos más veranos, hechos de siestas inhabitables, lagartijas y aserrín. Detrás de la calle de tierra de todos mis juegos se extendía el mundo callado de ese pueblo a orillas del chaco más seco. Me acuerdo del aserradero y sus montañas coloradas donde yo me iba a zambullir. Del quebracho y los durmientes. Y de la vieja estación de tren. Vieja y dormida, porque era nada más que una vía, un garito de vidrios rotos y mucha telaraña y un cartel herrumbrado con el nombre de ese destino ahora imposible para cualquier vagón.

Esos fueron mis primeros trenes. Trenes fantasmas o sus sombras. Ganas de trenes. Escenario, testimonio y promesa. Mis primeros trenes.

La segunda vez, que me acuerde, se la agarraron con algo de lo más privado que puede tener una: los sueños.

Yo nunca sueño. O sí, quizá sueño demasiado, tanto, tanto que no me caben en la mañana, que no me entran en la pupila atenta, que los reservo a la noche para ser sólo suya y dedicarles el tiempo del mundo, el tiempo nocturno.

Nunca me acuerdo todo lo que hice dormida, las gentes que me visitaron, los idiomas que hablé, los amores que tuve, los cachetazos y esa cosa tan diurna, que es la desilusión. Podría contar con los dedos de una mano los sueños que se me quedaron en la lengua a lo largo de este casi cuarto de vida (en el mejor de los casos) que llevo por estos lugares.

Tampoco se me da bien el soñar con insistencia. Será que despierta también me aburro rápido y necesito pasar páginas, inventarme otras cosas, mudarme de cuento. Así que no tengo sueños repetidos, de esos recurrentes que a alguna gente le taladran la cabeza y así andan por los días y las noches, preguntándose ‘¡¿y qué carajo me estará queriendo decir?!’

Pues bien. Entre mis escasos sueños recordados y repetidos está el de los trenes.

La adolescencia ya me había pasado (y pisado) pero todavía me quedaban algunos de sus vicios, como el llevarlo todo hasta el colmo. Estaba enamorada sin que yo supiera cuánto. Tanto que se me escapaba. El amor, quiero decir. Y en el sueño estaba yo, sentada en un andén como el de ese pueblo de la infancia, viendo pasar los trenes, todos rápidos, cada vez más rápidos. Y yo quieta en un banco, mirándolos pasar, pasarme. Y por la ventanilla siempre asomaba él, de la mano de alguien más. Cada tren lo tenía en la ventanilla, de espaldas, dejándome en el andén.

El mismo abandono noche de por medio. Después para exorcizarme hice una canción que empezaba con trenes y terminaba con posibilidades, para dejar de verlo difuso, para llamarlo con la voz.

Pero fue muchos años después que volví a saber de los trenes. De él no supe nunca más.

Viajé, me fui lejos, por el aire, pero mi nueva casa quedaba a un tren de distancia. Un tren cómodo y en francés. Hice entonces, por primera vez, un viaje que repetiría meses y meses, de Lyon a casa, a mi cama, a mis amigos, a los bares verdes de la esquina.

Los trenes me fueron marcando las estaciones y los destinos. Fui viendo pasar en alta velocidad todo lo ajeno, tan de a poco haciéndose mío, con el fondo de la música mía viajando en un aparatito hecho en Taiwán.

A la estación de mi pueblo (ésta sí, llena, habitada, dinámica) íbamos durante el día a hacer viajes relámpagos para ver las luces de Lyon, y de noche a descargar la bronca. Cuando nos hartábamos de todo y la nostalgia nos chorreaba de las manos, cuando no alcanzaban el pucho y las cervezas con sus charlas bilingües, mi amigo el tano y yo salíamos de noche a la estación. Hacía frío y me acuerdo que caminábamos dibujando nubes de humo al hablar, de la casa, de los amigos, de esa cosa podrida de estar lejos y despertarse con un mal presentimiento.

Llegábamos, nos acomodábamos en el andén y apenas veíamos que se acercaba un tren, a toda máquina, de esos que no iban a detenerse, contábamos hasta tres y pegábamos el grito. Nos desgargantábamos detrás del sonido ensordecedor de la máquina que pasaba sin hacer caso a nuestra bronca, a nuestro dolor de distancia, a todo lo que nos hacía falta. Gritábamos hasta que pasaba el ruido y el tren, como si en el alarido nos sacáramos todo lo malo de encima. Y un poco que así era, porque volvíamos a casa más livianos, riendo entre dientes con chistes traducidos y anécdotas de otras latitudes.

Conocí estaciones remotas, resbalosas bajo la nieve, calentándome al sol. Esperando. Saliendo a fumar. Despidiendo y haciéndome despedir, con la lágrima apretada entre mi mano y el billete de ida.

Imaginé París dentro de un tren, a minutos de pisarla por primera vez. Me enamoré a primera, segunda y tercera vista de anónimos pasajeros. Escuché conversaciones ajenas. Jugué al culo sucio y al mercadito sobre las mesitas que tenían los asientos enfrentados.

Sentí incluso la muerte encima de un tren. Era una noche larga, que venía de un día más largo aún en que había cruzado la frontera española de vuelta a casa. En medio del camino y de la oscuridad todo se detuvo en el momento en que un tipo que no conocí decidió terminarse justo ahí, entre mi tren y las vías, en alguna parte entre Bourg y Villars. Se me hizo un nudo el pecho, pensando quizá en la vida y sus tropiezos, en las cosas que llevan y se llevan los trenes, adentro y por fuera, en mi sueño viajero y en el suyo, de último destino.

En fin, mi vida a bordo de los trenes. O al borde de ellos, no lo sé. Quizá lo mío sean las estaciones, no sólo el otoño sino también los andenes, la vida contada desde las vías, el viaje prometido o su eterna espera. No lo sé.

Pero a mí me persiguen los trenes.

No sé qué me querrán decir.

3 comentarios:

Unknown dijo...

hermoso tu relato sobre los trenes, no pude parar de leerlo hasta terminarlo, aunqeu en algunas partes me inspiro a soñar e imaginar cosas que nunca antes se habian cruzado por mi mente. me encanta!!!

India Ning dijo...

Algo tienen de mágico y poético, de ensueño y literatura. Y mira tú por donde, te tuve que abrazar -al fin- al bajar de uno de esos trenes.

La otra dijo...

Aprovechá los trenes, cuidá los trenes...pensá que de este lado hay alguien que los extraña mucho.
Vos lo dijiste, no por nada fue en un andén nuestro prometido abrazo...