sábado, 25 de septiembre de 2010

Bicho bolita

Va despertando.
Se reincorpora y comienza a caminar muy despacito. Todo está quieto, por eso no tiene miedo.
El bicho bolita le recorre lentamente las manos y los brazos. Y ella lo deja.
Al principio parece que se quedará allí, inmóvil y asustado, pero al final siempre pasa algún tiempo y su memoria de bichito, cortita como su cuerpo, olvida todo. Y el mundo vuelve a empezar.
La mano es un mundo que recién empieza.

Y mientras ella lo mira, expeditivo, ir sorteando los peligros y adentrándose a lo desconocido, piensa en sus cosas. Se acuerda de cuando los dos los coleccionaban en unos frasquitos plásticos de mermelada. Y al final siempre los largaban porque ellos querían bichos, no pelotitas, y del susto los pobres siempre se guardaban y no había cómo hacer que se abrieran otra vez.

Piensa mucho en él estudiando a los bichitos, mirándolos bien de cerca sobre su propio dedo índice, a ver si en los detalles estaba alguna verdad, algo que sólo vieran los más mirones, los nenes curiosos o los apasionados, como él. Piensa en él, apasionado, y el sacudón casi le hace perder su bichito, que ahora va ya cerca de la articulación de su antebrazo.

Pero no hay caso, ni para los bichos ni para ella: él es siempre un temblor, el segundo de la duda, y una falta de respeto al momento en que está.
Él es siempre el bichito bolita que se resiste a caminarla entera, toda ella, y quedarse por allá. Será por eso que los busca todos. Porque en alguno de los tantos estará y, más o menos decidido, acabará por dejarse guardar.

No hay comentarios: